Especial The Cure: Bloodflowers

Más de 20 años después de su debut, a la altura del 2000, está claro que alguien como Robert Smith tenía poco que perder y casi nada que ganar. La posteridad ya la tiene asegurada, sus canciones han logrado colarse en un buen puñado de corazones (por lo menos, de millones de personas) y él es un icono del pop de final de milenio. Mientras otros de su época se han quedado por el camino o han perdido la batalla contra el tiempo, Smith se mantiene, a la altura del cambio de siglo, en un atractivo plano: ya nadie le agobia, pero mantiene el status de megaestrella. Se le perdona, incluso, que hubiese sacado, cuatro años atrás, su peor disco.
Así que, con la calma que da saberse libre de presión y con la experiencia de toda una vida como músico, The Cure regresan en el año 2000 para el que es uno de sus discos más adultos, en el mejor sentido del término. Bloodflowers, al contrario que muchos artistas en esos años bisagra, suena extremadamente comedido. Smith lo presenta como un retorno a las raíces y los fans pican, sin duda porque mejora el nivel de su anterior disco. No mata, pero alimenta.
Puede que Bloodflowers, como casi todos los discos de The Cure, se guste de andar por el lado torturado de la vida, pero en muchas canciones suena sorprendentemente reconciliado con ella.
La etérea apertura de Out of This World va en esa línea: sus capas de guitarras temblorosas, pianos y leves marejadas emocionales se posicionan casi en el lado contrario del rock oscuro para grandes estadios de Wish o de las divagaciones de Wild Mood Swings. Tampoco suena doloroso, como en Disintegration. Emocionante en grado superlativo (y, por cierto, muy similar en tono y arreglos a la versión de Nick Drake que hicieron Los Planetas), la primera canción de Bloodflowers es un gancho estupendo y demuestra que Robert Smith sabe muy bien cómo hay que empezar los discos. En este caso, con la mejor canción del lote.
En sí, puede que Out of this World (youtube) sea engañosa. Casi nada es tan íntimo, tan pensado para el dormitorio en vez de para los conciertos como esa canción. Luego llegan los guitarrazos ligeramente grandilocuentes (Maybe Someday), los temas perfectos para esa comunión con su público en un escenario (Watching Me Fall). Pero, a cambio, The Cure también dejan singles tan hermosos como poco radiables (el espléndido The Last Day of Summer – youtube -) a la vez que pisan una y otra vez ese delicioso terreno de la madurez musical asumida sin aspavientos.
El problema de fondo de Bloodflowers no es tanto el sonoro como el lírico. De hecho, es el mismo que aqueja desde ocho años antes a cualquier movimiento de Robert Smith. Una vez superada la cima de Disintegration, un album imponente no sólo en lo musical sino también en sus letras, ¿puede seguir vendiéndonos la moto de que su vida sigue siendo una repetición de errores, de que sigue siendo el mismo adolescente en vías de crecimiento, de que la autoindulgencia es una forma de vida para un tipo con la vida más que resuelta y que ha llegado a la madurez (o sea, que no es Kurt Cobain)?
Si te crees el mensaje o de si eres capaz de desconectar de las letras para disfrutar de los discos, Bloodflowers te parece mejor. Como yo no soy capaz, lo veo como un disco decente para los Cure, pero que conecta muy poco con mi vida.
En cualquier caso, hubiera sido un gran cierre de carrera para The Cure, pero está visto que Robert Smith no sabe vivir sin escribir canciones.
Más en Hipersónica | Wild Mood Swings, Wish, Disintegration, Kiss Me Kiss Me Kiss Me, The Head on The Door, The Top, De Lament a Japanese Whispers, Pornography, Faith, Seventeen Seconds, Three Imaginary Boys.
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