Hipersónica

Nos hemos vuelto comerciales

Festivales (A favor)

festivales cara A
No hace falta ser muy cinéfilo para darse cuenta que es la intimidad y la oscuridad de la butaca de un cine el lugar idóneo para disfrutar al máximo una película. Pero si hasta al más entendido en la materia se le presentara la oportunidad de ver esa misma peli en una pantalla al aire libre, en la azotea de un edificio, en plena noche de verano, con la Acrópolis iluminada a escasos metros y pudiendo tomar una copa o incluso fumar un cigarro en medio de la proyección… difícilmente podría resistirse a esta segunda opción. Peor calidad de imagen y sonido, por supuesto que no son las condiciones óptimas de visionado, pero que queréis que os diga, el pasado verano pude ir al cine París de Atenas y os aseguro que esa película no la olvidaré en toda mi vida.

Exactamente lo mismo pasa con nuestros macrofestivales de música que hoy tanto criticamos y hace unos pocos años reclamábamos a gritos envidiando a otros países donde ya eran toda una tradición. Tampoco olvidaré aquel primer Doctor Music (el de la vaca, ¿os acordáis?), el primero de esas características que al fin se celebraba en nuestro país. Allí me fui con mis 24 añitos, una amiga y toda la ilusión del mundo por ver a Bowie, Lou Reed, Iggy Pop, Patti Smith, Blur, Sepultura, Moby, Massive Attack… Seguramente acabaría viéndoles a todos de forma individual (no se cuentas años y cuanto dinero hubiera tenido que emplear), pero también tengo claro que ninguno de ellos hubiera cambiado mi vida como aquella experiencia en el Pirineo, ni ahora tendría esos amigos que aún conservo de aquellos tres días mágicos en los que uno de mis sueños se hizo realidad.

Y es que un festival no es sólo lo que ocurre sobre el escenario, es mucho más. El ambiente, el buen rollo y sentimiento de hermandad, las vacaciones perfectas para todo melómano, el Disneyworld musical. Por eso no vale irse a dormir a casa, hay que vivirlo las 24 horas, desde el eufórico momento en el que cruzamos su puerta por primera vez, hasta la tristeza con la que desmontamos el chiringuito para regresar a casa rellenos de imborrables e intensos momentos y una pulsera arrugada en nuestra muñeca de la que aún no nos queremos despojar.

Ahora mis amigos se niegan a dormir en una tienda de campaña, a mi mujer (la amiga de aquel Doctor Music) ya no le hace mucha gracia estar tres días sin poderse duchar en condiciones o hacer cola cada vez que quiere ir al baño, y el niño ¿qué hacemos ahora con el niño?

Igual es que ya no tengo edad y no me he dado cuenta. Puede que los festivales sólo estén destinados al público más joven que piensa poco en incomodidades y mucho en disfrutar y pasarlo bien. A lo mejor hay grupos que encajan mejor que otros en este formato (pega bastante más ver a Franz Ferdinand que a Leonard Cohen en un festival) pero podéis estar seguros que si estoy allí y se me presenta éste o Tom Waits, yo no iba a protestar.

Igual es que una escapada a uno de nuestros festivales cada verano es una de las pocas cosas que aún hace que me sienta joven, pero seguiré acudiendo a la cita anual aunque sea con cachava y acompañando a mis nietos y siempre defenderé que los festivales son necesarios. Ahora sólo hay que decidir cuál toca este verano con el catálogo en la mano de todos los exóticos destinos que siempre hemos soñado y que este año viene con muchas más páginas.

¿Conciertos únicos, los de toda la vida? Por supuesto, todos los que se pueda, uno al día, el sábado sabadete o un par de ellos al mes, pero es que una orgía, es una orgía.