Hipersónica

Nos hemos vuelto comerciales

Pink Floyd – The Dark Side of the Moon (1973): bienvenidos a una nueva galaxia (1ª parte)

Hay discos a los que su fama les precede, discos a los que rodea un aura de misticismo que les convierte en referentes incluso para quienes no hayan escuchado ni una sola de sus canciones. Estos discos tan especiales, únicos e irrepetibles se pueden contar con menos dedos de los que tengo en ambas manos, y sin lugar a dudas The Dark Side of the Moon es uno de ellos.

Cualquiera con un mínimo de cultura musical conoce el octavo disco de Pink Floyd, lo cual lo sitúa en una posición un tanto peliaguda para todos los frentes: quienes ya lo disfrutamos podemos pecar de entusiastas y fanáticos a la hora de hablar de él, y quienes no tengan el gusto pueden sentirse abrumados por el peso de semejantes expectativas. Es el riesgo que tiene repasar uno de los mejores discos de la historia (¿el mejor, quizás?, no entraré en ese terreno por ahora) casi cuatro décadas después de su lanzamiento; pero aquí estamos, el álbum, vosotros y yo, dispuestos a hacerlo lo mejor posible.

No soy de esas personas capaces de marcar un grupo o un disco como mis favoritos, pues mis preferencias y sensaciones varían a lo largo de los años, al ritmo que madura mi forma de vivir la música. Pero planteándolo de otra forma, sí que diría que The Dark Side of the Moon es el disco que me llevaría a una isla desierta si sólo pudiera elegir uno para oír durante el resto de mi vida, así que sirva esto como aclaración antes de entrar en faena. Éste es para mí un álbum muy especial, que ha influido de forma fundamental en lo que hoy soy como amante de la música y como persona, y que por tanto no voy a tratar como un más.

Todo conducía hasta aquí

Como ya comenté anteriormente en este especial que estamos realizando, con la perspectiva que nos da el tiempo, es relativamente sencillo percibir los discos posteriores a Barrett como un camino que inevitablemente conducía hasta este momento. Ellos no lo notarían en su momento, pero de alguna forma creo que cada álbum previo era un paso que los acercaba más y más a su destino, a este disco que constituye en sí mismo una nueva galaxia sonora a años luz de cualquier otra cosa que se hubiera grabado antes.

Aunque se concibieran en una franja de tiempo relativamente próxima, el salto dado desde discos como Obscured by Clouds hasta aquí es sencillamente sideral, tanto en el plano técnico como en el puramente creativo. No se puede decir que los Pink Floyd previos pecaran de falta de ambición ni mucho menos (ya habían publicado sus temas más largos a estas alturas), pero lo que se atreven a hacer aquí sencillamente deja en pañales cualquiera de sus álbumes previos.

Es como si llegado a este punto hubieran sido capaces de derribar un muro que les rodeara (sé que esta expresión sería más apropiada en otro disco posterior, pero me viene bien ahora), abriéndoles así camino hacia un nuevo terreno creativo libre de limitaciones y fronteras, donde sólo podían aspirar a revolucionar el mundo de la música para siempre. Y lo consiguieron, vaya que sí. Richard Wright hablaría así de los trabajos previos a este álbum:

“Creo que cada álbum fue un paso que nos acercaba a The Dark Side of the Moon, de alguna forma. Estabamos aprendiendo todo el tiempo, y nuestra forma de componer iba mejorando.”

La alargada sombra de Barrett

A estas alturas de la película, la influencia de Syd Barrett en los sonidos de la banda era ya prácticamente inexistente, pues Pink Floyd se encontraban ya de lleno en una nueva etapa sonora completamente diferente. Pero su peso en las mentes y los corazones de los cuatro miembros de la banda era demasiado notorio como para que se olvidaran de él, y así se hace palpable en el concepto sobre el que gira todo este LP: la locura.

Con él, Pink Floyd se metían de lleno en el complejo terreno de los discos conceptuales, el cual seguirían moldeando y perfeccionando con sus posteriores esfuerzos. No fueron la primera banda en componer un álbum de este tipo, pues grupos como The Pretty Things, The Beatles y sobre todo The Who ya habían coquetado con el concepto como guía central de un elepé, pero el paso definitivo en esta disciplina se daría con esta oda a la locura, a los conflictos del hombre moderno y a la crisis humana de la civilización occidental.

Cada canción gira en torno a una situación del ser humano, que queda plasmada tanto en las letras como en los efectos empleados. De hecho, la banda ha expresado en algún momento que con los temas tratados en este trabajo pretendían hacerse más accesibles, menos divagantes y abstractos, para tratar ideas que todo el mundo pudiera comprender, asimilar y sentir como propias. Así expresaba Roger Waters sus motivaciones, más personales que colectivas me atrevería a decir:

“Pensamos que podríamos hacer algo que girara en torno a las presiones que personalmente sentíamos que te llevan al límite… la presión de ganar dinero; la cuestión del tiempo, el tiempo que pasa volando; estructuras de poder organizado como la Iglesia o los políticos; violencia, agresión.”

El comienzo del dominio de Waters

Roger Waters aún no ejercería en este disco el férreo control sobre todo el proceso creativo que llevaría a cabo en discos como The Final Cut, pero sí podemos decir que es aquí cuando comienza la etapa en la que polariza la mayor parte de la responsabilidad compositiva (y dicho sea de paso, la mejor etapa de la banda). Para empezar, es él quien firma todas las letras en esta ocasión, así que ya os podéis hacer una idea de por dónde van los tiros.

En este punto, eso no suponía un problema para el resto de miembros de la banda, quienes incluso verían con buenos ojos que el bajista dejara volar su creatividad a costa de un poco de dominio, siempre y cuando condujera a resultados tan excepcionales. La aparentemente idílica situación se rompería unos años después, desembocando en una lucha de egos que supondría, por enésima vez en la historia del rock, el fin de la formación; pero eso es algo que ya trataremos con detenimiento llegado el momento.

Volviendo a principios de los 70, hay que señalar que las labores compositivas en la parte instrumental aún estaban bastante repartidas en esta época, y de hecho se volvieron a emplear distintos retazos que cada miembro traía de trabajos anteriores para dar forma a estas nuevas canciones. Las fases más tempranas de The Dark Side of the Moon empezaron a trabajarse en 1971, y para el año siguiente ya contaban con una versión completa que tocarían en directo ante públicos reducidos; el trabajo de estudio se prolongaría hasta 1973, cuando ya dieron al conjunto la forma definitiva con la que hoy lo conocemos. Otra cita de Waters:

“Nunca me limitaba a sentarme y ponerme a pensar ideas. Las ideas venían a mí, y entonces yo pensaba… hmmmmm, no es una mala idea. En cambio, a veces escribir el último verso se convertía en una verdadera pesadilla.”

Todo cambiaría a partir de aquí

Habréis notado que he evitado hacer mención a las canciones que forman el disco, pero es que he preferido guardarme el repaso de temas para la segunda parte de este artículo, divido en dos por cuestiones de comodidad. No obstante, voy a saltarme ese paso intermedio para ir directamente al final, a hablar de la influencia y el peso que The Dark Side of the Moon tendría tras su lanzamiento, no sólo para la propia banda sino para el mundo de la música en general.

El disco se convirtió en un éxito instantáneo en el momento de su lanzamiento, contando además con una fuerte inversión publicitaria por parte de Capital Records que ayudaría a posicionarlo en el primer puesto de la lista de ventas de Billboard en abril del 73, un mes después de su publicación. Serviría también para lanzarles definitivamente al gran público, cosechando hasta la fecha quince discos de platino en Estados Unidos (The Wall le supera, con veintitrés), y siendo con sus cuarenta y cinco millones de copias despachadas el tercer disco más vendido de la historia a nivel mundial, sólo superado por Thriller y Back in Black.

El dinero entraba a espuertas en las arcas del cuarteto, quienes empezarían a permitirse ciertas comodidades y lujos en el apartado personal, pero a pesar de lo cual seguirían conservando su ambición e independencia creativa durante unos cuantos años más. Durante dichos años revolucionarían por completo el rock, sentarían definitivamente las bases del rock progresivo y se convertirían en una formación esencial a todas luces. Richard Wright y el éxito:

“No fue un intento deliberado de hacer un álbum comercial. Simplemente ocurrió de esa forma. Nosotros sabíamos que tenía mucha más melodía que los álbumes previos, y había un concepto que fluía a través de todo ello. La música era más fácil de absorber.

Muchas bandas son homenajeadas con versiones de sus canciones, pero el caso de este álbum es bastante curioso, porque lo habitual es encontrar versiones de todo el conjunto. Además de las que simplemente revisan los temas sin cambiar su esencia, algo que por ejemplo hicieron Dream Theater en directo, las hay que buscan ir más allá, como la versión fumeta The Dub Side of the Moon a cargo de Easy Star All Stars, la interpretación que hacen Voices en The Dark Side Of The Moon A Cappella, la versión en cuerda a cargo de The String Quartet o la más reciente charanga psicodélica de The Flaming Lips. En unos días, seguimos con la segunda parte del artículo.

Pink Floyd: Discografía