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Fleet Foxes en concierto en Bilbao (Santana 27, 24-11-2011): la perfección es muy aburrida

Fleet Foxes Bilbao 4Él es un grandullón que perfectamente podría responder al estereotipo de rockero yanqui que ha superado hace tiempo los cincuenta. Se le ve torpe hasta para apuntar con su antigua cámara digital que irremediablemente dirige una y otra vez hacia las primeras filas del público, imaginándose cuando él ocupaba ese lugar. Es incapaz de hacer nada sin ella a su lado, una de esas mujeres hippies cuyo aspecto físico se detiene a determinada edad y que fue la que le tuvo que convencer para venir desde EEUU a pasar unos días a Bilbao.

Pero ella se aburría, acepto encantada la invitación de no pasar otra noche en el hotel y conocer la vida nocturna de la ciudad pero a mitad del concierto de Fleet Foxes cambió de opinión y amablemente le soltó que para eso no habría salido de Alabama, ni siquiera hubiera abandonado los sesenta. Se fueron de la mano y nadie les echó de menos.

A mi me ocurre con los mercados de artesanía, voy a todos pero nunca he comprado nada. Yo, que soy incapaz de envolver un regalo sin que quede todo arrugado, admiro que alguien sea capaz de hacer esas obras de arte con sus manos, pero no entiendo por qué se empeñan en hacer todos las mismas vasijas, espejos y objetos de cuero a los que cuesta encontrar una utilidad en pleno siglo 21.

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Fleet Foxes son muy buenos, ya lo habíamos comprobado escuchando sus dos discos. Y en directo sonaron perfectos, nunca había vivido un sonido tan puro en la sala Santana 27. Ni un desliz, ni un acople, ni el más mínimo detalle que les hiciera bajar del cielo y poder comprobar que son humanos.

Robin Pecknold tiene una voz angelical pero el angelito del Belén siempre termina siendo la figura más sosa y suele tener más gracia el caganet o cualquiera de los Reyes Magos. En esta ocasión la magia en el escenario la puso Morgan Henderson para el que no hay ningún instrumento que se le resista: contrabajo, flauta, violín… El favorito sigue siendo Baltasar.

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Dieciséis canciones en una hora y cuarenta minutos de concierto, incluido un amplio bis en el que en buena parte apareció Robin Pecknold en solitario hasta que se fue incorporando el resto de la banda. Llenazo un jueves en una sala que el mes pasado con Cut Copy estuvo prácticamente vacía cuando yo pensaba que iba a ser precisamente al revés.

Oí entre el público todos los adjetivos que se te puedan ocurrir para definir la mayor de las grandezas y también me encontré mucha gente que estaba esperando a que alguien admitiera que se estaba aburriendo para subirse al carro sin que le tacharan de no tener ni idea.

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Yo admito, sin ningún tipo de rubor, que me aburrí, que disfruté ratitos como ‘White Winter Hymnal‘, ‘Battery Kinzie‘, ‘Mykonos‘ o ‘Montezuma‘ pero llegó un momento que me saturaron esos coros e imágenes de esas nuevas religiones que llegan para salvarnos y hacia las que siempre me pongo la misma coraza. Miré demasiadas veces el reloj y de repente todo me sonaba a coros de iglesia y estaba deseando oír ese “podéis ir en paz“.

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A lo mejor no he dedicado todo el tiempo que esta música tan rica en matices requiere o directamente no es mi estilo. Me resultaron demasiado fríos, monótonos, envueltos en un aire épico que funciona muy bien para un ratito pero estar flotando tanto tiempo me parece muy peligroso.

siete con sieteNo voy a hablar de originalidad porque hoy en día es muy difícil de encontrarla e imposible no recurrir a influencias del pasado, pero al final del concierto entendí perfectamente a la pareja de Alabama como, con todo el folk que llevarían en sus espaldas, supo dosificar la noche dejando que otros corran detrás de los zorros con fe ciega.

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