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Nos hemos vuelto comerciales

Redd Kross – Researching the blues: devolviendo la gloria al powerpop

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2012 debería de ser un año de mierda para publicar un disco como Researching the blues. Show World, el ahora penúltimo disco de Redd Kross, estaba bien donde estaba, acotando desde 1997 la época gloriosa del powerpop, cerrando por fuera la puerta de un periodo en el que el género había alcanzado gran popularidad (Weezer, Posies, Fountains of Wayne, Urge Overkill), pero que ya debía volver a su condición de subgénero, a volver a ser un arte menor. Y así se mantiene desde entonces, un estilo que se da por agotado, al que se le niega ya ninguna capacidad de aportación a la evolución de la música y al que por ello se suele tratar con condescendencia y sonrisilla ladera. ¡Si hasta la propia carrera de Redd Kross funciona como metáfora!

Puntales de su generación

Veamos resumidamente, que la historia tiene su miga: los hermanos McDonald comienzan como niños prodigio en la escena punk-hc de California, publicando con tan solo 15 años una obra fundamental para el género como es Neurotica (1982). Si uno se fija, las bases para la gran transformación ya estaban ahí, escondidas entre el millón de referencias a la cultura pop y trash americana.

Pero nadie predijo la magnitud del cambio que estaba por venir. Redd Kross firman por Atlantic, ni más ni menos, y publican en 1990 Third Eye, en el que no encontramos ya ni rastro del punk y el hardcore de su adolescencia. En cambio lo que escuchamos son melodías celestiales, pop de guitarras, bubblegum, angustia teenager, pasión por los Beatles, Cheap Trick o Raspberries… El cambio, por sí mismo, era de aplaudir, y el resultado está a la altura de sus referentes.

Third Eye se convertirá en el espejo en el que se mirará el powerpop en los años venideros. Lo que se conoce, vaya, como una obra maestra. Los dos siguientes discos (Phaseshifter, de 1993, y Show World, de 1997) son la continuación de Third Eye, tan buenos como éste, y conforman una trilogía de ensueño que, ay, no les sirvió para abandonar un culto más o menos holgado, pero que nunca terminó de dar el salto definitivo a la masa. Tras Show World el grupo entra en barbecho indefinido, con alguna reunión en directo esporádica, mientras que, desinflado el globo de los 90, su legado discográfico pasa a ser algo así como un jugosísimo secreto que, la verdad, nadie tiene muchas ganas de redescubrir. El powerpop ya no molaba.

Researching the blues: sabe más el diablo por viejo

Pero escuchamos Researching the blues, y ahora qué. Qué hacemos con semejante disco que nos jode toda la contextualización histórica. Habíamos quedado en estos últimos 15 años que los discos de powerpop ya sólo podían ser ejercicios de estilo con más o menos gracia, u obras maestras condenadas al culto underground (el Guitar Romantic de los Exploding Hearts muy especialmente). Esto es un disco de Redd Kross, ahora publican con el sello Merge, a lo grande, y el contenido es de los que hace temblar cimientos. Researching the blues, amigos, le mira a la cara a cualquier disco de la trilogía clásica de los californianos, y esto es rayar la cumbre del género, claro.

Siendo los ingredientes más que conocidos, eran dos las amenazas de una vuelta tan arriesgada: la demora como promesa de una mediocridad, por un lado (lo que se conoce como efecto Chinese Democracy); por otro, la posible inclinación a la parte más hard de su registro, como aventuraban las guitarras del single de adelanto.
Y lo cierto es que el disco comienza abundando en su faceta Kiss. Pero, para alivio general, con la pluscuamperfecta ‘Stay away from the downtown’ empiezan a florecer las estrofas increíbles y los estribillos gloriosos.

En canciones como ‘Meet Frankestein’ se muestran más Beatles que nunca; ‘One of the good ones’ y ‘Choose to play’ son, desde ya, dos de las mejores canciones de Redd Kross; y ‘Hazel Eyes’, para cerrar el disco, es el himno tapado. Ni rastro de madurez, ni malditas las ganas. La producción del disco se quiere Gran Pop y Gran Rock, reivindica sin rubor alguno las guitarras altas, los estribillos coreables vena en cuello y puño en alto. En cierta manera, es el disco más eufórico de Redd Kross, apenas deja espacio para medios tiempos (‘Dracula’s Daughter’), y en diez canciones y media hora resuelve cualquier duda que pudiera haber. Con suficiencia, a ver si creíamos que iban a volver para ensuciar nada.

Hipersonica vota un 9

Así que no vale ponerse contextualista con Redd Kross. Ni ahora ni hace veinte años. Porque nunca jugaron a ello, su ideal musical fue siempre atemporal y, seguramente, evasivo. Si en algún momento éste coincidió con las tendencias del momento fue mera coincidencia. Al fin, 2012 es un año tan bueno como cualquier otro para publicar este disco. Tan bueno como lo fueron 1990, 1993 o 1997, si tus herramientas son en esencia atemporales, si uno compone no desde un local de ensayo, sino desde una fábrica de chicles.