Hipersónica

Nos hemos vuelto comerciales

Come: el mejor grupo (que ya no escuchas) de los 90

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Come fueron un pequeño punto y aparte en pleno indie rock de los 90, una nota a pie de página para muchos. Mientras lo que triunfaba entre los críticos era el desparpajo loco de Pavement, las disgresiones post-rock o más tarde los miserabilismos del nuevo folk, ni Thalia Zedek ni Chris Brokaw encontraron el sitio adecuado para que su agitada forma de entender la tristeza fuese convenientemente escuchada.

Sus cuatro discos (y su single de debut) ponen de manifiesto que Brokaw, también batería de Codeine, y Zedek tenían rabia en su interior y una guitarra eléctrica demasiado cerca como para dejar pasar la oportunidad de desquitarse. Gracias a su inmensa negatividad, dejaron un magno legado y, tras sus pasos, la senda que iban abriendo se cerró con sólo unos pocos valientes siguiéndoles, pero sin que nadie los alcanzase.

Hoy, Zedek ejerce su cátedra de la soledad en discos solitarios, a veces dulces, a veces abruptamente eléctricos. Mientras, Brokaw se ha radicalizado en una experimentación guitarrera aunque, desde luego, ambos palidecen ante los logros conseguidos en su banda. Porque, desde su aparente normalidad, la música de Come era reveladoramente arriesgada. Yo, si tuviese que elegir a un músico para representar todos los matices de El grito de Munch, no lo dudaría.

Eleven: Eleven (1992)

Algunos de los primeros acordes de las canciones de Eleven: Eleven casi parecen los últimos de Slint. Pero las relaciones que unen ambos grupos no van más allá de las líneas invisibles que comparten algunas de las mejores bandas de EEUU de los 90. Un sonido rocoso, una rabia que ya no puede ser contenida, chorros de electricidad cayendo a plomo sobre tu habitación, sobre tus oídos. Bah, todos rastros de carmín, que diría Marcus.

Como debut, Eleven: Eleven es un portento: debutar teniendo las ideas tan claras y el estilo tan definido está al alcance de pocos, tal vez sólo de los mejores. Y aunque haya acordes, progresiones o formas de vocalizar que enlacen con otros grandes grupos del momento, la manera de entender el blues de Brokaw y Zedek es completamente distinta a todo. Por ejemplo, ‘Fast Piss Blues‘ es una inyección adrenalínica y eléctrica a la espina dorsal de ese estilo y también la constatación de que lo momentos más duros de los 90 no había que buscarlos en los estilos tradicionales (lo del Metal, en esta época, era de risa) ni tampoco hacía falta pasar por el aro del Grunge.

Oscuro (’Dead Molly‘ les emparenta con otra gran banda de la poca, Screaming Trees) abigarrado (’Brand New Vein‘ demuestra que Brokaw es un instrumentista perfecto) y con una atmósfera que no se puede cortar ni con rotaflex(‘Submerge’ lo deja claro desde el principio), Eleven: Eleven marca el camino que Come seguirán en su corta carrera.

Dont Ask, Dont Tell (1994)

El segundo asalto de Come ha sido tradicionalmente visto como el de la madurez del grupo, aunque no hace sino desarrollar las líneas maestras que el cuarteto había establecido en Eleven: Eleven. Si acaso, se observa una mayor necesidad de dejar respirar las canciones: en lugar de cargarlas con la electricidad incesante del debut, ahora utilizan también los silencios.

Letanías punteadas como las de ‘Arrive‘ son el quicio a un universo en el que la voz grave y cazallosa de Thalia Zedek (una Courtney Love menos exhibicionista) llena de tristeza cada nota que toca Chris Brokaw. Come podrían haber sido tan duros como Neurosis, pero encontraron su placer en conseguir que las emociones se cociesen a fuego medio.

Así, aunque parezca mentira, consiguen que su turbohardrock (las guitarras de ‘Finish Line‘ bien pudieran ser las del primer disco de Alice In Chains) no desentonen con la prístina pureza y la triste calma de ‘German Song‘.

Mientras Codeine habían dinamitado el concepto de velocidad en una canción, Come adaptaron los sonidos de los 90 al terreno del blues primario, componiendo los temas épicos menos coreables de toda la década. Sí, toda una contradicción de la que Brokaw y Zedek se zafan bien.

En cualquier caso, Don’t Ask Don’t Tell, sobreanalizado, puede resultar un disco algo lineal y con un tono que a ratos parece impostado. A día de hoy, si tuviera que desechar algún disco de Come, sería éste. Pero tal vez el error sea intentar comprender con el cerebro un disco que es, por encima de todo, visceral.

3. Near Life Experience (1995)

Disco imprescindible de los 90 y casi me aventuraría a decir que de la historia de la música, Near Life Experience es un golpe de genio absoluto en la carrera de Come. Quizás fuera la desaparición de su sección de ritmo habitual, que fue sustituida por diferentes percusionistas y bajista, pero el caso es que Near Life Experience es el disco más variado y a la vez más compacto de toda su discografía.

Un disco que se abre con la trepidante ‘Hurricane‘ no puede ser un disco malo, pero es que Near Life Experience condensa en apenas 30 minutos todas las caras de Come y del rock underground de los años 90. Canciones bellísimas casi en coma (’Sloe Eyed‘, ‘Weak as the Moon‘), resquicios de la rabia blues de sus anteriores obras (increíble lo de Bitten), temas que podrían firmar los Sonic Youth de Dirty (’Shoot Me First‘) y maravillas radiables (’Secret Number’) forman parte del menú corto, intenso e inigualable de un grupo necesitado de echar sal en sus numerosas heridas. Si no lo tienes en tu discoteca, no sabes lo que te pierdes.

Gently Down The Stream (1997)

El disco de despedida de Come es también su obra menos cohesionada, aquella que salta más de estilos y tempos y la más irregular. Eso, sin embargo, no hace de Gently Down The Stream un disco despreciable. Y es que, terminada la jocosidad de su propuesta, Come se aferran a la calidad y atractivo de sus canciones.

Una vez entregado EL DISCO (Near Life Experience era insuperable), Zedek y Brokaw retuercen los estilos. En ‘March‘ sacan una catedral barroca del noise de la nada, en ‘Middle Of Nowhere‘ se dedican a enseñar cómo creen ellos que puedes ser el slow-core y en ‘A Jam Blues‘ crean rock en estado puro: peligroso, asilvestrado e impepinable. Casi tan imprescindible como ‘New Coat‘, gozada con el ritmo subido que comparte matices con las buenas canciones de The Gun Club.

Si ‘Recividist‘ abre el disco con Brokaw al micrófono y gana sin sorprender, ‘One Piece‘ no deja de ser más de lo mismo, uno de los pocos momentos en los que se intuye que el camino del grupo ha llegado a su final.

Quizás ellos lo sabían y por eso dejaron de trabajar juntos. Sea como fuere, Gently Down The Stream contiene el epitafio insuperable, la mejor canción que nunca escribieran, la celestial ‘Saints Around My Neck‘. Su furiosa diatriba contra las supersticiones, sus ocho minutos de subidas y bajadas core, entre el show y el hard, entre Low y Mogwai, son el regalo definitivo para los oídos de un grupo único.