Manel – Atletes, baixin de l’escenari: sentados en el muelle de la bahía, sin mucho que hacer

Haz un buen single y échate a dormir.

Manel

En Cataluña hacía mucha falta un fenómeno como Manel. De hecho, hacía tanta falta que, lejos de sorprenderme el exitazo de 10 milles per veure una bona armadura (portadas en prensa generalista, triunfo en ventas incluso a nivel estatal, etcétera, etcétera), lo que cabía preguntarse (y resulta de nuevo pertinente ahora con este Atletes, baixin de l’escenari) era más bien cómo es que algo parecido no había ocurrido ya antes. Porque había pasado ya demasiado tiempo del temible sarao aquel del rock català y los Gossos, Lax’n’Busto y demás entes infumables no habían encontrado recambio: la música en catalán encontraba varios soportes interesantes en la primera década del siglo XXI (Mishima, Refree y demás), pero no dejaban de ser propuestas minoritarias, con lo cual casi toda una generación (una generación, además, mucho más combativa en muchos sentidos que las anteriores) se encontraba sin referentes en su lengua y tenía que tirar de los grupos favoritos de sus hermanos mayores.

Manel, a por todas

Y ahí es cuando entran en escena Manel, un grupo que, si no fuera por la honestidad y la humildad que desprende, casi parecerían haber salido del laboratorio: son de Barcelona, cantan en catalán, mezclan tradición y modernidad (ahí tenéis esa portada que parece mitad música de la Transición, mitad cartel de la serie Utopia), evitan meterse en jardines políticos demasiado comprometidos, vienen del indie para acabar triunfando entre las masas… Lo tienen todo, son ese grupo al que un día puede entrevistar Albert Om y al día siguiente el programa de modernos de turno que emita el 33 y cumplir en ambos. Era difícil que se les resistiese algo y, sin embargo, yo en este punto todavía pensaba que les faltaba un himno, una canción que los pusiera definitivamente en el mapa y les asegurase que esto no iba a ser cosa de un día.

Entonces anuncian la publicación de su tercer disco, con un título además que incluye referencia a un momento tan sensible como las olimpiadas de Barcelona 92. Lo hacen adelantando como primer single la gloriosa ‘Teresa Rampell‘ y ahí es cuando yo me digo “ya está, ya lo tienen, ahora el mundo es suyo”. Porque esta pletórica celebración del amor con ese toque inocentón de “ya llegó la primavera” no sólo es perfecta para vender un disco, sino que define con suma precisión el grupo que Manel es y debería ser, esa mezcla bien entendida de la cançó más clasicota y el pop de barbudos del barrio de Gràcia contada en clave ingenua (¿en qué teles ponen todavía videoclips, Guillem?), resumida de forma palpable y (ojo: importante) radiable. ‘Teresa Rampell‘ (y a ver si se me entiende esto) es catalana pero a pesar de ello es divertida, y ése es el gran triunfo de la canción y por supuesto del grupo que la lanza y se ve lanzado por ella.

No es single todo lo que parece

Ocurre sin embargo que llego al disco con las expectativas por las nubes y me doy con un muro al escuchar el resto. Me encuentro con un álbum que, a base de apostar por la austeridad, resulta soso y de tanto buscar ambientes plácidos, acaba tonteando a ratos con la somnolencia. Todo acaba resultando demasiado lineal, demasiado predecible, demasiado encerrado en su pequeño microcosmos. Y ojo, que Atletes, baixin de l’escenari si algo tiene es atmósfera: ese aire lánguido y melancólico pero no tristón, como de contar historias con un punto de nostalgia pero también un toque de socarronería para desengrasar. Y por momentos, esa atmósfera cristaliza en melodías agradables como la de ‘A veure què en fem‘ (cómo se agradecen esos coros y esos laralás en un trabajo con tan pocas alegrías para el cuerpo) o ‘Un directiu em va acomiadar‘, una interesante crónica de pequeñas cobardías cotidianas que cierra el trabajo de manera brillante.

6.2/10

Pero no es suficiente. A pesar de sus buenos momentos, Atletes, baixin de l’escenari se queda repantingado en su sofá de costumbrismo amable y apenas se levanta de vez en cuando para mostrar algo de músculo. Demasiadas canciones de mecedora, de poner de fondo en una cena de amigos para hacer bonito. Manel firman aquí su Sky Blue Sky, su Mirage Rock particular (o, por coger un ejemplo más cercano, su Agost), pero a mí, què hi farem, me interesan más cuando no se deleitan tanto en los atardeceres anaranjados. Si es lo que a ellos les apetece (y además les funciona), adelante, pero me parece demasiado pronto para andar sacando ya “el disco viejuno de Manel”. Con perdón.