Pixies – Surfer Rosa & Come On Pilgrim (1988): una estaca en el corazón de los 80

El primero e icónico trabajo de un legado adelantado a su época

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Los Pixies vuelven a estar en boca de todos. Mucho se ha hablado de la posibilidad de un hipotético nuevo disco, de la marcha de Kim Deal o de ‘Bagboy‘. No nos vamos a engañar, ya no son la máquina perfectamente engrasada de hace más de veinte años, pero a día de hoy, bastante tiempo después de su mejor época, tienen el tratamiento que merecen: el propio de una de las mejores bandas de la historia, el de una de las formaciones clave que darían forma al indie rock contemporáneo. Y aunque la mayoría sepa que el grupo ya no es lo que era, teniendo en cuenta que ya no está Deal, se percibe la ilusión de muchos al ver que están de vuelta: la prueba es que sus entradas para Madrid han volado. No es para menos. En 2013 se cumplen 25 años del lanzamiento de Surfer Rosa, momento en el que empezó el mito.

1986: año cero

En 1988, aunque dispersa, la escena independiente norteamericana estaba muy viva, empezaba a entrar en fase de ebullición gracias a debutantes como Galaxie 500 (paisanos de los Pixies) y a que otros grupos con algo más de recorrido, como Sonic Youth, lanzaban su obra cumbre en ese año: Daydream Nation. Años antes, otras formaciones como REM, The Replacements o Dinosaur Jr. ya habían abierto la veda para que otros grupos fueran partícipes en la creación de esa escena independiente. A pesar de los peldaños alcanzados, el underground aún no era lo suficientemente fuerte como para que las camisetas de leñador conquistaran el mundo. Faltaba ese punto de inflexión, una fórmula con la que poder cumplir tan importante misión. Llegaría el 21 de marzo de aquél año llegaría la publicación de Surfer Rosa de los Pixies.

Dos años antes, en 1986 y siendo unos desconocidos, telonearon en Boston a las Throwing Muses. La actuación de estos fue algo insólito. Gary Smith, productor presente en la sala. No había escuchado nunca a un grupo como ellos, eran cuatro tipos haciendo algo diferente. Quedó perplejo por su música casi extraterrestre, en la que el vocalista se desgañitaba spanglish, el principal guitarrista emitía sonidos inexplicables, mientras que la bajista y el batería tocaban con una sincronización perfecta. Jugaban en otra liga y Smith lo supo ver. Ellos tenían que ser los encargados de sentar los cimientos para construir el imperio del indie rock.

Les convenció para que entraran al estudio con él y de allí salieron 17 canciones (The Purple Tape), que posteriormente fueron enviadas a 4AD para que Ivo Watts-Russell, a regañadientes, acabara haciendo una selección de la que saldría Come On Pilgrim, el primer EP del grupo, en 1987. Al año siguiente, en 1988, los Pixies grabarían Surfer Rosa, su primer LP y el arma definitiva para empezar esa fase imperialista del indie rock, gracias a las efectivas fórmulas que después otros explotarían para llevarse la fama. El 21 de marzo de aquél año, con la publicación de Surfer Rosa (al que después se le añadiría el EP), empezó la (inconsciente) conquista. Visto desde la distancia, queda claro que ni Gary Smith ni Watts-Russell se equivocaron con la apuesta. Pocos grupos han dejado un legado tan importante con cuatro discos.

Loud Quiet Loud

Al igual que otras bandas del underground americano, como los propios REM o los Replacements, los Pixies se dieron a conocer en ámbitos más alternativos y juveniles, como los circuitos de conciertos y sobre todo las radios universitarias. Entre el alumnado traficaban sus cintas y quedaban sorprendidos al escucharlos por primera vez, suele ser una impresión bastante común la primera vez que los escuchas. Paralelamente a este universo alternativo, en la radiofórmula, en la superficie del mundo, Rick Astley, George Michael, Guns N’ Roses o Def Leppard dominaban las ondas y por ende el Billboard americano. Pero en pocos años, gracias a los propios Pixies y algunos grupos más, se verían arrastrados por el nuevo orden musical.

Pero independientemente de lo que ocurriera en la órbita de lo comercial y las ventas millonarias, en ese submundo que en poco tiempo asaltaría a las masas, los Pixies imponían sus mandamientos a golpe de ufología, religión y violencia. Como le pasó a Gary Smith y prácticamente a la mayoría, es prácticamente imposible escuchar por primera a los Pixies y quedar indiferente. La formación de Boston era algo delirante; no había nadie como ellos. Los Pixies crearon escuela.

Musicalmente no sólo eran impecables, sino que se salían por la tangente. No rompían radicalmente con lo que ya se venía haciendo en el momento, pero innovaron con nuevos postulados que a la postre definirían un sonido para las dos (o tres) décadas siguientes. En la guitarra principal estaba Joey Santiago, que sin duda es uno de los principales culpables del sonido de Pixies por su personalidad en la guitarra. Estridencias retorcidas, riffs elegantes o asesinos, punteos solemnes o tocar la guitarra con una lata de cerveza eran virguerías marca de la casa. Aunque siempre ha estado en un segundo plano yendo a lo suyo, cuando se habla de los grandes guitarristas, el filipino ha sido uno de los mejores guitarristas del indie rock.

Al otro lado del escenario estaban Dave Lovering a la batería y Kim Deal en el bajo, creando una simbiosis entre sus instrumentos para construir un sólido esqueleto sobre el que recibir perversos golpes. A pesar de que ella no tenía el peso en la composición que le hubiera gustado, su forma no tradicional de tocar el bajo le daba más personalidad al grupo. Y por supuesto aportaba sus coros, compaginados perfectamente en el área vocal junto a Black Francis, piedra angular del proyecto. Detrás de los grandes artistas suele haber mentes geniales, a menudo con cierta tendencia a estar un poco desequilibrados. Ese era Francis, el tipo lo mismo escribía sobre sus experiencias en Puerto Rico, que de mutilaciones o de religión; el chico que de repente empezaba a ladrar en medio de la calma y que sentía verdadero amor por el spanglish.

Todos juntos convergían en es fórmula que les hacía diferentes, el estribillo violento y repentino después de un tempo calmado. O viceversa. Combinaban la agresividad de Black Sabbath y la espontaneidad de Husker Dü con la melodía de los Beatles. Ese era el secreto. Loud Quiet Loud. Las guitarras haciendo eses; el estribillo ofensivo precedido por la tranquilidad. Y un gran sentido de la melodía.

Abrir un disco y que suene Bone Machine

Hay pocas cosas que sepan mejor que darle al play a un disco que no has escuchado y toparte con Francis cantándole a la infidelidad con la frescura de ‘Bone Machine’. Un torbellino en el que nos encontramos con todos esos rasgos definitorios que hicieron de los Pixies unos héroes para la juventud: la idílica relación entre batería y bajo, el riff eléctrico de Santiago, la letra cínica de Francis, los coros de Deal y ese estribillo que baja para después reponer el vuelo con el líder recreándose en sus gritos. Y después vuelven a la carga con la gore ‘Break My Body’ con los calambres de Santiago, el dueto, el punteo y el estallido final. Estos tíos le estaban pegando un toque de atención al rock de los 80, “espabilad tíos”. Lo dejaban por el suelo, invitándoles a la retirada. El futuro era suyo.

La locura manifiesta de Francis en ‘Something Against You’, el humor y su fijación por la violencia en ‘Broken Face’ o ‘Ed Is Dead’, la electricidad controlada de ‘Cactus’ y su ritmo simple pero efectivo… Una de las cosas por las que los Pixies me parecen tan importantes es no sólo por lo que significaron, sino ateniéndonos a lo más simple, por lo completo de sus discos. Ya en Surfer Rosa & Come On Pilgrim se mascaban un larga duración que disfrutar de arriba abajo sin excepciones. La creatividad del grupo para ofrecer algo distinto en cada canción sumado a los diversos registros vocales de Francis era una apuesta segura para elaborar discos de alta calidad, pero también extremadamente divertidos y viscerales, en este caso.

Funcionaban en pequeñas ráfagas, con pistas cortas que no tenían necesidad de ser extendidas, tan sólo en casos puntuales como la magnífica ‘Vamos!’, con Francis y Deal invitándonos a jugar por la playa mientras Santiago retorcía su guitarra. No sólo es su canción icónica en splanglish junto a la cabrona de Isla de Encanta, sino que es un espectáculo en directo. Es en esta parte donde el filipino viola su instrumento con cualquier artefacto que tenga a su alcance, ya sea una cerveza, el arco del violín o un cenicero si lo tiene a mano. Mientras él juega, el resto del grupo continúa ejecutando la melodía en un bucle cual autómatas, hasta que al señor le da por gritar. Cantar en spanglish, a quién se le ocurriría. Sólo a un tarado como Francis.

Enfrente de estos brotes psicóticos encontramos más momentos de locura en pequeñas dosis, como la salvaje ‘I’m Amazed’ y sus guitarras sin domesticar, o el fabuloso cambio de ritmo de ‘Nimrod’s Son’ a ritmo de pasodoble, acabando con un abrasivo punteo sobre el incesto. Maravillas que pasan por la cabeza del líder de los bostonianos. Aunque siempre nos quedará el saber qué hubiera pasado si Kim Deal hubiera tenido más peso en la composición, es cierto que Black estaba en estado de gracia y había que aprovecharlo. Más si compañeros de mente desequilibrada como David Lynch o Luís Buñuel le servían de inspiración. De ahí sólo podían salir locuras que se traducían a su caótica música.

La obra maestra: Where is My Mind?

Aunque en álbumes maestros como este no son pocas las canciones que se pueden rescatar, hay un tridente especial en la primera mitad del álbum. Empieza con ‘Gigantic’, la prueba de que Kim Deal podría haber aportado más piezas tan buenas como esta, y que por el ego de Francis, acabó llevándose a otros proyectos como The Breeders y The Amps. En ella se palpa la inocencia de Deal, cantando dulcemente para noquear a cualquier motero mohoso, con esa pegadiza línea de bajo y el punteo estirado de Santiago. La madre que los parió. Qué buenos eran. Con canciones como esta echaban una losa sobre el rock de los 80. Aunque cronológicamente no habían llegado, esto ya eran los 90; se estaban adelantando a su época. No obstante, no sería hasta años después cuando llegara un reconocimiento más masivo.

El segundo pepinazo es ‘River Euphrates’, con los arreones conjuntos de bajo-batería-guitarra en el estribillo, la letra simple sobre la franja de Gaza y el dejarse llevar por el ride, ride, ride mientras Joey Santiago hacía eses con la guitarra. Lo suyo no era tocar de una forma lineal, sino emitir aquél sonido que no esperabas escuchar. Una de esas canciones que no es quizá de las de cabecera en cuanto hits se refiere, pero que encanta a muchos, es una de esas canciones ‘secundarias’ que siguen impresionando a día de hoy. La influencia llega hasta hoy.

Y cómo no, cierra el tridente ‘Where Is My Mind?’, uno de esos temas que te obligan a dejarlos en bucle cuando los descubres. El surrealismo de Francis con la letra, sumado a ese riff lento pero solemne de Santiago (siempre sacando sonidos impresionantes), hacen de ella el himno por excelencia de los Pixies. Su pieza cumbre que si hubiese salido en 1995 podría haber tenido un efecto similar a Teen Spirit. Un tema que ya ha sido prodigado por tierra, mar y aire con el final de El Club de la Lucha, muchos remixes y el buen hacer de djs que tienen el gusto de cerrar el bar con esta canción para que se te vuelva a erizar el pelo una vez más.

Una letra muy inspirada de Black Francis, un riff de Santiago con un sonido depurado, de nuevo la conexión Lovering-Deal y por supuesto los grandes coros de la bajista. Ese ‘uuuuh’ es el momento emotivo en sus conciertos. Estos factores llevan a la culminación de un tema surrealista que dejaría atrás a todo el AOR y supondría un himno para los que lo vivieron en la época. Años después, vía Nirvana, la generación X, también lo haría suyo, aunque no fuera el que se expandió a las masas.

Surfer Rosa & Come On Pilgrim resultó una estaca en el corazón del rock de los 80, el gran avance que el indie rock americano necesitaba: la combinación entre la agresividad y la melodía que inspiraría a muchos otros después. Aunque este álbum no fue el máximo exponente de su fórmula sencilla pero efectiva, supuso un golpe de efecto que sorprendió también a muchos compañeros de generación.

Mediante este álbum salvaje y frenético, los Pixies cambiaron el mundo, a su manera, gracias a esos cambios de ritmo, a base de latigazos hardcore, pasodobles, coros asesinos y guitarrazos salvajes. No vendieron muchos discos, pero seguramente ayudaron a que muchos jóvenes de la época volvieran a creer en artistas del rock y a animarse a formar un grupo. Algunos de ellos son los que en los 90 se llevaron la gloria o que simplemente disfrutaban con su propia música, como habían aprendido de esta prolífica generación de honestos grupos.

9.5/10

Desde Nirvana hasta Arcade Fire; desde Radiohead hasta Veronica Falls; desde Sexy Sadie hasta Dolores, hoy seguimos viendo hasta dónde llega la influencia de los Pixies. Es justo rendirles homenaje a uno de esos héroes que escribieron en letras doradas, junto a otros conjuntos, los capítulos cruciales de la historia del indie rock. Quizá entonces, los Pixies no cambiaron el mundo pero sí lo revolucionaron para muchos jóvenes. Ahora, 25 años después del lanzamiento de Surfer Rosa & Come On Pilgrim, y en perspectiva, podemos decir que sí lo conquistaron.

Discografía de Pixies

Me gusta el chunda-chunda.