Standstill – Dentro de la luz: no se cambia al equipo que va ganando

Es una máxima en casi cualquier ámbito profesional. Los entrenadores son reticentes a hacer modificaciones cuando su equipo acostumbra a ganar. Intentan tocar lo menos posible. Lo mismo pasa si un periodista se fía de

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Es una máxima en casi cualquier ámbito profesional. Los entrenadores son reticentes a hacer modificaciones cuando su equipo acostumbra a ganar. Intentan tocar lo menos posible. Lo mismo pasa si un periodista se fía de una fuente que le ha proporcionado innumerables exclusivas (si es que a día de hoy siguen existiendo periodistas y fuentes), o si un médico ha conseguido estabilizar a un paciente con un determinado tratamiento. No tocas nada, no sea que la cagues. Standstill ha abrazado esta teoría, como demuestra este Dentro de la luz, si bien en el pasado a ellos ya les había tocado reinventarse. De aquella banda de hardcore que era aplaudida por crítica y gozaba de cierta (modesta) masa de fans, apenas queda nada ya. Vivalaguerra fue un giro de tal calibre que se podría comparar a una de esas fracturas de tibia que vemos por la tele. La que obliga al entrenador a cambiar el equipo que iba ganando.

“Dentro de la luz”, apuesta segura. ¿O no tanto?

La lectura fácil es la de que Dentro de la luz sigue la línea marcada por aquel extraño concepto del triple Ep de Adelante Bonaparte. Composiciones de tinte misterioso, como si Enric Montefusco jugase continuamente en casa a poner banda sonora a una peli de Tim Burton, pero sin puñetero lugar para el humor. Pero es que en este caso, Standstill aprietan todavía más la tuerca, casi hasta el extremo de perder rosca. No hay lugar para el más mínimo esparcimiento, y uno tiene que buscar un hueco en la habitación a través del cual se cuele un haz de esa luz proveniente de una lejana bombilla. La luz. No hay rincón para el ocio, o para el mero entretenimiento, que daban composiciones más agradecidas para las grandes audiciones, como el pretérito Adelante Bonaparte. Al contrario, la intensidad que habita en cada pared de Dentro de la luz nace precisamente de una contención perenne. Para decirlo claramente, si lo que buscáis es un disco fácilmente masticable, huid tan rápido como podáis. Si lo que queréis es, simplemente, dejaros seducir, bienvenidos, poneos cómodos.

Dentro de la luz se compone de doce canciones con varios elementos en común. Por ejemplo, el protagonismo constante de los coros. No entendidos en base pop, sino como coral, voces graves que visten canciones melódicamente casi desnudas. Apenas arreglos, apenas lugar para florituras. Por eso decimos que la apuesta, aparentemente continuísta, esconde, en realidad, infinidad de riesgos. Todos esos ingredientes: la melodía simplista, las voces corales, los escalofríos bajándote por la nuca, se muestran ya desde esa suerte de intro que es “Que no acabe el día”, y cuya letra resume el discurso que siguen muchas de las letras de Montefusco “¿cómo puede ser que no acabe el día?, nos vamos a quedar dormidos dentro de la luz“. Y como si esa luz fuese un laberinto por el que uno puede perderse, Standstill juegan a recuperar un especie de temores infantiles personados en la edad adulta, con una ruptura acústica notable en “Conjuro de todos los tiempos”.

Standstill: Luz, oscuridad, luz

A esa dupla magnífica como presentación, le acompaña “Adiós, madre, cuídate”, quizás, el mejor tema de Dentro de la luz, con unas guitarras especialmente inspiradas, y con Montefusco tremendamente acertado en las voces, y con una letra sencillamente fantástica. La confirmación, a golpe de tercer corte, de que Dentro de la luz mantiene esos rasgos diferenciales que se han ido trabajando Enric, Ricky Faulkner y los suyos. Ese juego de la equívoca luz que nos ha rodeado, cuando nuestra vida está, en realidad, repleta de oscuridad, como queriendo “Tocar el cielo”, pero ahogándonos mientras en el dolor, la huida. En el fango. Pero teóricamente, la banda viene anunciando que la intención de Dentro de la luz es cantar al amor, vieja aspiración pop. En varias de sus versiones, pero básicamente al momento en el que conoces a alguien que te cambia la vida, con el que quieres estar en un peligroso para siempre. Y ahí es donde entra, más que ninguna otra composición, la delicada “Pequeño pájaro”, con esa coral volviendo a darnos vuelta en la cabeza.

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Casi íntegramente instrumental, y aterradora, suena “Nunca, nunca, nunca”, poniendo a prueba la tolerancia a la ansiedad por parte del oyente, con un silbido electrónico taladrando almas y dando paso a “¿Puedo pedir?”, otro de los temas que Standstill nos habían adelantado, mientras iban presentando ya Cénit, su nuevo espectáculo, que recorrerá varios festivales durante los meses de verano, y que está siendo muy bien valorado allá donde ha parado. Una frase ñoña y manoseada hasta la extenuación y un tono machacón de batería es todo lo que necesita “Me gusta tanto” para construir una canción pop fantástica. Acercándose al final nos encontramos una joya inmensa: “Vuela, extranjero”, seguramente el mejor momento de este segundo acto de Dentro de la luz, aunque seguida muy de cerca por “La casa de las ventanas”, uno de los cortes más complejos y trabajados del disco.

8.5/10

Tan sólo queda ya el repaso mental a lo que hemos escuchado, una vez echa el telón a modo de epílogo “Un sitio nuevo”. Y lo que ha ocurrido en los últimos cincuenta minutos es que ha paseado por tu reproductor uno de los mejores discos del indie nacional de lo que va de año (¿el mejor?), un trabajo de una banda que vive de lejos su mejor momento, uno de esos instantes en que puedes disfrutar de que a un artista todo le salga bien, le salga bonito. Que escape hacia adelante como única forma de continuar. En resumen, un disco que tendréis que escuchar como asignatura obligatoria del curso de buenas maneras. Y ya si lo de escucharlo puede ser en directo, mejor.

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