Woodkid – The Golden Age: juntándolos a todos

Antony Hegarty, Dominique A, Kate Perry, Yann Tiersen, Sigur Rós, Lana del Rey y The Cinematric Orchestra. A todos ellos los puedes encontrar en Woodkid, si bien al único al que realmente vais a encontrar

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Antony Hegarty, Dominique A, Kate Perry, Yann Tiersen, Sigur Rós, Lana del Rey y The Cinematric Orchestra. A todos ellos los puedes encontrar en Woodkid, si bien al único al que realmente vais a encontrar en Woodkid es al francés Yoann Lemoine. A ellas porque son gente con la que habitualmente trabaja, en su faceta de director de videoclips. A ellos porque resulta difícil que sus nombres no nos vengan a la cabeza mientras suenan los temas de The Golden Age. Y a partir de ahí podéis ir tejiendo la telaraña que compone un disco de sonido intenso, cargado, elaborado. Incluso barroco. Lleno de cuerdas e intensidad, de voces y registros. De cortes llenos de angustia que dan paso a otros donde la cantidad de luz nos ciega. The Golden Age es, entonces, un amasijo de contrastes. No. Mejor. Un maravilloso amasijo de contrastes.

Lemoine juega en The Golden Age a mezclar cosas de forma terriblemente sabia. Uno encuentra folk, pop más convencional, crescendos, canciones con orquestas, campanas y ritmos militares acelerados. Eso, que a menudo podría ser entendido como falta de discurso concreto, en The Golden Age se convierte, con mano maestra, en un disco fantástico. Aquí cada canción es de su padre y de su madre, pero en todas se huele lo que podremos acabar denominando “sonido Woodkid”, con lo aventurado que esto resulta al hablar de un disco de debut (si bien Woodkid ya había lanzado un par de Ep’s, con canciones también incluidas en este disco).

Trabajándonos el discurso de The Golden Age

Esa voz de tono grave y lastimero es la que nos conduce por los muchos caminos distintos de Lemoine. Es esa voz en la que uno va buscando (sí, ahora viene ese sitio en el que siempre nos curramos comparaciones de mierda, de gente a la que el artista quizás ni haya escuchado atentamente en la vida), a Antony Hegarty. Ese dolor tatuado en todo lo que cantes. Independientemente de la letra y el mensaje. Siempre el matiz del que algo está dejando atrás, asumiendo que es imposible optar a lo contrario. Ese es el mensaje que va dejando, desde que voz y piano se mezclan al principio de ‘The Golde Age’, para dar paso a un arrebato de arreglos dignos de la mismísima Divine Comedy. Dan ganas de salir corriendo, de cabalgar a velocidad del rayo si tuviésemos puñetera idea de cómo. No sé exactamente el qué, pero aquí ya te han contagiado algo, sin darte cuenta. Quizás estabas dormido, o el mosquito ha aprovechado el despiste, pero ya eres víctima. Resistirse no aportará nada.

Por eso cuando las tétricas campanas de ‘Run Boy Run’ (uno de los temas ya conocidos, concretamente en su segundo Ep) dan el siguiente paso, te has absorto ya en The Golden Age. No para los tres cuartos de hora que dura, para siempre. Y ese crescendo del segundo tema es el testigo del secuestro. Lo bien que funciona siempre un crescendo en el pop. Rasgarnos las vestiduras para intentar inventar cosas, cuando están los crescendos, siendo el final de ‘Run Boy Run’ el afluente perfecto para ese inicio de ‘The Great Escape’, aceleradísimo corte que nos mantiene con el ánimo de seguir huyendo hacia ninguna parte, esquivando árboles al ritmo del eterno Neil Hannon y de un paisano de Lemoine, el grandioso Dominique A (imagínense a Dominique A interpretando ‘The Great Escape’, y díganme si eso no se acerca a la felicidad plena).

Después de tanta carrerita, de que el bosque desconocido que hemos pintado en sueños dibuje un final en un lago, paramos. Exhaustos, doblando el cuerpo y apoyando todo el peso del mismo sobre nuestras manos pegadas a las rodillas. Cogemos ‘Boat Song’ para aumentar el nivel de oxígeno, para hacer el muerto entre las corrientes del lago, al compás de unas trompetas sobrias y soberbias. La canción más sosegada del álbum. De un disco que decíamos, está lleno, repleto de arreglos, pero que maneja con cautela los desarrollos, por lo que un sonido potencialmente cargante acaba digiriéndose de maravilla. Prueba de ello, y de que no todo tiene que ser necesariamente barroco, es ‘I Love You’, otro de los singles que ha pedido la realización de videoclip (que para eso el chico sabe, y los hace bien bonitos).

8.3/10

Hablábamos de eclecticismo como línea de partida en The Golden Age incluye un par de cortes que suenan a bandas sonoras, principalmente ‘The Shore’, pero también esa intensidad escandinava de ‘Ghost Lights’, uno de mis temas favoritos de todo el disco. O al menos hoy, quizás mañana diga cualquier otra cosa. Mención especial merece, igualmente, el corte clerical de ‘Stabat Mater’, con teclados cargados, pesados, y giro agresivo tomando el camino de CocoRosie. Y sí, el enérgico ‘Cosquest of Spaces’ es ya el décimo corte, y todo se nos ha pasado volando, como uno de esos conciertos en los que el artista se ha retirado para que la audiencia pida el bis, cuando tú miras incrédulo el reloj. Ese bis tras el parón de ‘Falling’ está protagonizado por ‘Where I Live’, de nuevo austero, de nuevo desgarrador, de nuevo Antony & the Johnsons en la mente, y por ese nuevo single que es ‘Iron’. Ha estado todo tan bien, todo tan rico, que ‘The Other Side’ ya podría ser una mierda. Nos daría igual. Habríamos disfrutado del bosque surcado a toda velocidad como si de unos puñeteros enanos nos tratásemos. Si además, es otra pieza fantástica, no hace más que confirmarnos que hemos encontrado en The Golden Age a uno de los grandes protagonistas pop del año.