Diez discos relevantes publicados en agosto

A veces sí hay lanzamientos importantes.

Agosto

Agosto. Calor. No se mueve ni una hoja. Los informativos rellenan minutos y minutos recomendándonos que bebamos mucha agua mientras en las webs musicales hacemos lo que podemos. Avances de la avalancha que llegará en septiembre, retrospectivas, inventarnos grupos… En un mes en el que el que andamos secos de novedades todo vale. Pero no siempre ha sido así. Agosto no ha sido siempre un mes de parón en cuestión de lanzamientos musicales y de hecho algunos grandes discos salieron a la venta cuando apretaba el calor. Éstos son algunos de ellos.

The Beatles – Revolver
(5 de agosto de 1966)

Todo el mundo hace sus listas de los mejores discos, también el Vaticano. O al menos su periódico oficial, L’Osservatore Romano, que en 2010 decidió celebrar el comienzo del Festival de San Remo haciendo un ranking de los 10 mejores álbumes de pop de la historia y coronó como número 1 al disco que tuvo a The Beatles más de 300 horas metidos en un estudio. Fue prácticamente la primera vez en seis años que se tomaron su tiempo para hacer algo, lo cual se tradujo en una fascinante búsqueda de cosas nuevas (‘Tomorrow Never Knows‘) a pesar de tener que pagar los peajes de siempre (‘Yellow Submarine‘). Incluso George conseguía colar tres composiciones propias: algo, definitivamente, estaba cambiando en Liverpool.

The Stooges – The Stooges
(5 de agosto de 1969)

Iggy aún no conocía a David. Era todavía ese tarado de Michigan al que algún cerebro privilegiado de Elektra Records decidió fichar (aunque pronto se arrepentiría) y que ni siquiera tenía la autoridad suficiente como para negarse a aparecer acreditado como “Iggy Stooge”, lo cual le tocaba considerablemente las narices. Producía John Cale, la cara A se abría con ‘1969‘ y ‘I Wanna Be Your Dog‘; la B, con ‘No Fun‘: si uno escucha el disco, parece que nada podía salir mal; si uno lee algo de su historia se sorprende de que al final algo acabara saliendo bien.

The Beach Boys – Surf’s Up
(30 de agosto de 1971)

Las historias sobre Smile, su gestación y su muerte prematura son infinitas y hay que leerlas todas, las ciertas y las falsas, porque son igual de buenas. ‘Surf’s Up‘, la canción, había sido compuesta a dos manos por Brian Wilson y Van Dyke Parks y tenía que ser uno de los ejes centrales de aquel ambiciosísimo disco frustrado, pero se quedó en un cajón junto con el resto de sus compañeras hasta que, cuatro años después, fue rescatada y tuneada y acabó dando título a un disco de The Beach Boys no suficientemente escuchado, como casi todo lo que sucedió a Pet Sounds. Sólo ese asombroso ejercicio de pop recargadísimo y la magnífica ‘A Day in the Life of a Tree‘ justifican el viaje.

Bruce Springsteen – Born To Run
(25 de agosto de 1975)

El tercer disco, el que lo cambió todo, el que a día de hoy todavía sigue proporcionando algunos de los momentos más coreados en sus masivos conciertos, el que sigue siendo uno de los favoritos (¿el favorito?) de los fans, el que lo catapultó a la fama mundial. Bruce entendió que la única forma de ser una estrella era creérselo y así entregó un disco voluntariamente grandilocuente (que parece despedir ecos del reciente Phil Spector), fabricado con unos medios y una promoción mareantes y, a la postre, sencillamente grandioso.

The Cure – The Head on the Door
(13 de agosto de 1985)

Es fácil perderse en esa marea caótica, inabarcable y extremadamente irregular que es la discografía de The Cure. Si algo tan estimulante como Wild Mood Swings es permanentemente obviado o hasta vilipendiado, es sencillo que The Head on the Door pase desapercibido o sea apreciado como el mero receptáculo de ‘In Between Days‘ y ‘Close To Me‘ (gentes que decís que The Cure es “un grupo de singles”: no sabéis cuánto os detesto). Pero el disco que marcó el retorno del hijo pródigo Gallup, tiene mucho que rascar: después de tocar fondo en la oscuridad de Pornography y The Top, Robert Smith se abrió definitivamente al pop y comenzó a destapar el tarro de hits, asombrando a todo el mundo con una inspiración que no empezaría a decrecer hasta bien entrados los noventa.

Bon Jovi – Slippery When Wet
(18 de agosto de 1986)

Venga, venga, no te hagas el estrecho ahora. ‘You Give Love a Bad Name‘, ‘Wanted Dead or Alive‘, ‘Never Say Goodbye‘… Estadísticamente, si estás leyendo esta página es que a los 15 años estabas escuchando todo eso; tú y los 28 millones de tíos que se compraron el disco de una banda que por aquel entonces, y hasta New Jersey (1988), todavía jugaba al hard-rock (con vocación, sí, desmedida y desacomplejadamente comercial) y firmaba portadas alternativas que son en sí mismas documentos históricos y perfectos resúmenes de su década. Un disco que se permite que ‘Livin’ on a Prayer‘ sea un segundo single se merece aparecer en un top de lo que sea.

Metallica – …And Justice for All
(25 de agosto de 1988)

Se podría decir aquello de “el disco denso de Metallica”, pero aquí hay que andarse con ojo porque en cuanto uno menciona a Hetfield y compañía apenas pasan microsegundos hasta que un ejército de fans acude a corregir con bolígrafo rojo. El disco que llegó después del estallido de Master of Puppets y de la muerte de su bajista (y una especie de megacasting posterior) se tradujo en un álbum de temas largos y complejos tocados, por supuesto, a toda hostia. De cómo una producción austera y deslavazada puede acabar dando la personalidad necesaria y de cómo el disco de canciones imposibles de emitir en la radio acaba colándolas hasta en el Guitar Hero veinte años después.

Massive Attack – Blue Lines
(6 de agosto de 1991)

No todos los días uno se inventa un género. O un subgénero, un subsubgénero, una pseudoetiqueta o lo que carajo fuera aquello del trip-hop y el sonido Bristol. Aquello sería un invento efímero a día de hoy más que amortizado, pero casi estremece escucharlo hoy en día y comprobar su absoluta vigencia, su insólita capacidad para resistir sin problemas el tópico de “podría haberse publicado ayer”. Blue Lines sigue siendo un disco inquieto e inquietante, oscuro, fascinante y decididamente moderno, ahora que la palabra ha perdido todo significado a base de añadirle nuevos. Sigue siendo, en definitiva, la misma obra maestra.

Jeff Buckley – Grace
(23 de agosto de 1994)

Cuesta pensar que Grace saliera en verano porque cuesta (al menos a mí) escuchar Grace en verano. Porque éste es tiempo de color, de libertad, de conducir con el brazo por fuera de la ventanilla camino a alguna parte y Grace es introspección y camino tortuoso en círculos sobre uno mismo. Es una tarde de domingo gris, donde uno mira por la ventana, sólo ve calles vacías y entra en una espiral de quejidos que no puede conducir (y de hecho, no conduce) a nada bueno. Es, y eso es lo más doloroso, la prueba palpable de que cuando Jeff se metió en aquel río cantando ‘Whole Lotta Love’ nos dejó uno de los “qué hubiera pasado si” más difíciles de responder de la música.

The Strokes – Is This It
(27 de agosto de 2001)

Estamos en el año 2001. Toda la galaxia rock está ocupada por otras músicas. ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles niños pijos resiste todavía y siempre al invasor. ¿Y qué salió de esta historia? Pues depende de cómo se mire: se podría decir que poco (porque la broma de “The Strokes vienen a salvar el rock estuvo bien un rato y nos reímos todos, pero no pasó de ahí) o mucho, porque al fin y al cabo un grupo de chavales entregaron, después de darle una inteligente sesión de chapa y pintura a muchos lugares comunes del género, un disco redondo, de ésos que se escuchan del tirón casi sin pestañear y donde (si nos ponemos estupendos) cualquier corte podría ser un single. Un trabajo magníficamente intrascendente que sin embargo (de nada sirve cerrar los ojos y chillar muy alto) acabó por resultar muy relevante. Alguien tenía que serlo y les tocó a ellos. Pues muy bien.