Jóhann Jóhannsson – McCanick OST

Es irremediable. Notas ese fino hilo que recorre tu espalda a modo de escalofrío, casi a la vez que se rasgan, desde muy lejos, tan lejos que casi resulta imperceptible, las cuerdas de un violín.

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Es irremediable. Notas ese fino hilo que recorre tu espalda a modo de escalofrío, casi a la vez que se rasgan, desde muy lejos, tan lejos que casi resulta imperceptible, las cuerdas de un violín. Todo empieza a teñirse de un gris metálico y tu saliva se torna dolor. El escalofrío es la primera avanzadilla de lo que luego es tu cuerpo, dominado por un temblor resitente a cualquier terapia. Te encoges sobre tí mismo, buscas una postura fetal que hace un tiempo te consagraba a la calma, pero esta vez es imposible. El sosiego se ha alejado de tí para siempre. O cuando menos durante tres cuartos de hora. La importancia, o si tres cuartos de hora son mucho o poco tiempo que lo decida cada uno. La consecuencia final de aquellos gemidos de las cuerdas lejanas es que Jóhann Jóhannsson ha penetrado en tu interior, y su veneno pronto traerá a tí, irremediablemente, la muerte. El gozo de morirse así, sabiendo que los que viven sin conocerlo no viven realmente.

Jóhann Jóhannsson jugando contigo a su merced

Y los que vivís sin conocerlo sois vosotros. No es culpa vuestra, pero esa vida no os la merecéis de verdad. Jóhann Jóhannsson viene de lanzar la banda sonora de McCannick. No es que se dedice exclusivamente a ello, a musicar películas, pero quizás sea eso por lo que más se le conoce. Para guardar envueltos como oro en paño, por ejemplo, Copenhagen Dreams o Prisoners. En esto, es de los mejores del mundo, aunque casi nadie le haga puñetero caso. Vivir alejado de los escalofríos y el veneno, de la derrota y la muerte, de las quejas de los violines rasgados o la lástima de esa cuerda de piano que golpea en algún lugar que nunca adivinamos a encontrar es una opción. Es una opción válida. Pero a mí dejadme escoger el tormento. Las cosas más bellas fueron ejecutadas desde ahí, desde la desnudez del alma y la observación de la misma, sin tapujos, sin artificios, sin maquillajes. Jóhann Jóhannsson quitándonos las ropas que tenemos bajo las ropas y tocando su música directamente sobre tus vísceras.

McCanick OST es, como hemos dicho, una banda sonora. Como tal, tiene sus canciones separadas, sus títulos para cada canción, pero se hace algo ridículo diseccionarla en quince pedazos, e intentar analizarlos por separado. McCanick es uno de esos trabajos cavilados como ejercicio único, como trabajo homogéneo en el que los 42 minutos que dura (y que parecen 20) sean escuchados como si de una sola voz se tratase. Jóhann Jóhannsson bautiza a los temas con los típicos nombres que relacionan la canción con el momento de la película, pero se centra mucho más en llevarnos de viaje por un planeta en el que los presentimientos y percepciones son el único habitante real. En el que no necesitas más que uno de tus cinco sentidos para percibirte en plenitud de facultades, dueño de tu cuerpo. Sensación, ésta, equívoca. Aquí el único amo, también de tus creencias y tu cuerpo, es el propio Jóhann Jóhannsson.

McCanick: no sois dignos de entrar en su casa

Y en esa tierra de percepciones, la primera que ves, es la de la fragilidad. La ves, eso sí, a vista de pájaro. Sobrevolaréis el terreno sin osar nunca apoyar un pie sobre él, pues no sois dignos de ello. La fragilidad como figura de un débil ecosistema que precisa de nuestro cuidado, pero que entre ‘Morning Workout’, ‘Quinn’ o el piano de ‘Payphone’ acaba sacando un carácter que nos estremece en ese primer viaje por McCanick. Ese sabor amargo final de lo que parecía suave al deslizarse por tu lengua y paladar. Ese día claro de sol reluciente que ve cómo poco a poco el horizonte va presentando unas nubes que amenazan tormenta. Una tormenta que juega a aparecer y desaparecer, que desafía nuestra estabilidad en el aire mientras se suceden ahora ‘Chase – Subway’, ‘Exit’ o la escalofriante ‘Hospital’.

9/10

Tempestad que finalmente empieza a preparar ‘Stakeout’ para que ‘Car Chase’ empiece a azotarnos a su antojo, sabiendo que es imposible que en ese planeta se quede a vivir nadie que no sea del agrado del gran Jóhann, que encadena una serie de fascinantes piezas mientras McCanick nos va enseñando el aspecto del final, mientras ‘It’s Not Your Fault’ y ‘Simon’s Theme’ sacuden nuestra voluntad, de forma firme y violenta. La hacen añicos sin apenas necesidad de establecer un contacto físico real, simplemente con que ese sea su deseo. Como cuando apretando fuerte los ojos intentas concentrarte en algo para poder mover objetos con la mente. A McCanick remover nuestras entrañas le sale casi por inercia. Y al final, ‘McCanick’, el último corte, se decide a tocarte, a meter sus dedos en los vasos que entran y salen de tu corazón, para llevar a cabo la correcta circulación de tu torrente sanguíneo. Una vez introducidos, empujan firmemente hacia lados opuestos, los rasgan, lo destrozan, dejando un charco de vida eterna a sus espaldas. De vida y muerte. Larga vida a Jóhann Jóhannsson.