St. Vincent – St. Vincent

Más dura será la caída. Algún día. A todos les llega. Ese incesante ascenso. En tu trabajo, en tus novelas, en tus poemas, en cualquier aspecto de tu puñetera vida. Vas viendo cómo incrementas el

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Más dura será la caída. Algún día. A todos les llega. Ese incesante ascenso. En tu trabajo, en tus novelas, en tus poemas, en cualquier aspecto de tu puñetera vida. Vas viendo cómo incrementas el nivel, una y otra vez, y que, en algún momento, te pegarás la hostia padre. Porque toca, porque es inevitable. Porque necesitas seguir con tu trabajo pero atraviesas un momento desnudo de musas. Entonces tus fans te excusan como pueden, y los que te esperaban a la vuelta de la esquina con el cuchillo entre los dientes, se vienen arriba, salen a la luz y entonan el “esto ya os lo había dicho yo hace años”. Y como a Annie Clark, a.k.a. St. Vincent la espera se le hacía larga, ha decidido esperar un poco más. No será St. Vincent (el disco) la ocasión para ponerla a parir, ni siquiera para adivinarle un final. Y es que la de Tulsa ha vuelto a sellar un trabajo sensacional. Sensible y enérgico. Pretencioso y sencillo a partes iguales. Lleno de maravillosos contrastes magníficamente empastados.

St. Vincent ocupando de nuevo su trono

Veníamos de Strange Mercy. No diríamos que fue el trabajo que acabó de encumbrarla, porque la chica ya había girado con Sufjan Stevens, y de que un tal David Byrne quisiera grabar un disco a medias con ella. Ya vivía en el estrellato, pero Strange Mercy parecía asegurarle una habitación en la fama de forma vitalicia (si bien es cierto que no a todo el mundo conquistó, abajo tenéis la crítica que en su día hizo Kaoru). Y entonces da igual que no se necesiten más excusas para aceptar que St. Vincent es una de las indiscutibles figuras del pop de la actualidad, llega su cuarto largo en solitario y lo confirma, por lo que pudiera pasar. Por si algún escéptico no ha tenido todavía la capacidad de admitirlo. Rendíos ya, esta tía es la leche. Juega a camuflar sus temas, a vestirlos de blanco, luz o vandalismo. Todos los palos a su favor. Ella siempre tiene el as en la manga.

Así, con descaro y desvergüenza empieza St. Vincent. Con dos cortes de esos que aceptan la victoria como camino natural, y que mimetizan con ese cambio de apariencia física de Annie Erin Clark, teñida de rubio platino y con los pelos llenos de la energía de ‘Rattlesnake’ y ‘Birth in Reverse’, magníficas y con la insolencia típica del adolescente que se cree que todo lo sabe. Un inicio que vuelve a colocar las expectativas en el tan habitual alto listón, en el que ‘Prince Johnny’ cambia de registro, pero no de categoría: sobresaliente. St. Vincent disfrazándose, mientras de acerca el carnaval, de Lana del Rey pero mejorando las prestaciones de la misma. Se equilibra la balanza de la mano de ‘Huey Newton'(puestos a hablar de actualidad, mentar a los Panteras Negras durante la celebración de unas Olimpiadas parece muy oportuno): dos canciones osadas, dos más recogidas, por mucho que ésta se acerque al rock en ese giro final. Puede que hasta ahora, sólo ‘Huey Newton’ esté un poco por debajo de la magnífica media mostrada.

St. Vincent: haciendo de lo atípico tu casa

Pero la atipicidad de St. Vincent llega incluso a los singles. Ese sonido algo recargado, esos arreglos de viento vistiendo ‘Digital Witness’ incluso con cierto aroma de música negra. Un marco recargado, el ejemplo de por qué a Annie Clark se la mete a menudo en la etiqueta del pop barroco, del art pop. En todo caso, consigue lo que busca: que un tema laborioso se escuche de forma fresca, con facilidad y dejando un regusto agradable. Y en esa alternancia de St. Vincent, en el que nos llegan de forma muy ordenadas las bofetadas, una armada en mano derecha, otra en izquierda, ‘I Prefer Your Love’ se viste de balada ochentera, con menos éxito que ‘Prince Johnny’ pero manteniendo sobradamente el tipo, incluso mejor que la más descarada ‘Regret’ que poco o nada tiene que ver con aquel mítico tema de New Order.

Pero si algo acaba conquistándonos de St. Vincent es su posibilidad, su capacidad más bien, de ponerlo todo patas arriba. De abrazar la locura, de mandar las estructuras sonoras habituales a tomar por saco y sacarse ‘Bring Me Your Loves’ de dentro como quien ejecuta un movimiento aprendido por inercia. Fusionándose fantásticamente con el sonido reiterativo de ‘Psychopath’, que va haciéndose dueña de un crescendo poco presente en St. Vincent. Hay muy pocos peros en este disco. Pocas cosas que echarle en cara durante sus 40 minutos. Seguramente la mayor mueca de duda se nos quede al escuchar ‘Every Tears Disappear’, que poco (o nada) aporta a un conjunto que se defiende a la perfección en cualquier batalla. Más aún si le sumamos esa épica de la que hace gala la final ‘Severed Crossed Fingers’, diseñada para un fin de fiesta incontestable. Para sellar la cuarta victoria consecutiva de St. Vincent, a cada cual más contundente, más sobrada. Más dura será la caída… si es que llega.

8.2/10

Seguramente, como a todos, a St. Vincent le llegará la hora de hacer un disco que no esté a la altura. El caso es que hasta ahora no se adivina cuándo narices puede ocurrir eso. Desde luego, no ha sido en esta cuarta entrega, otra demostración de capacidades. Un trabajo en el que el art-pop, la esencia barroca, sigue brillando con luz propia, y con potencia cegadora.