Opeth – Morningrise (1996): los cimientos de una excelsa discografía

Death Metal Progresivo, referencia: aquí

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Orchid, Morningrise y My Arms, Your Hearse componen una olvidada trilogía a la que todos los que la amamos debemos reivindicar. Quien sabe si desechados, despreciados o simplemente ignorados por todos aquellos impúberes que piensan que la discografía de Opeth comienza en Blackwater Park (que no son pocos), los tres primeros álbumes de los suecos son un clarísimo avance de lo que desarrollarían en años posteriores, quizás con otras armas u otros medios, pero sin salirse en ningún momento de los límites marcados antes de 1998.

El paso de nacer asociados al mundo del Death Metal Melódico, no hay más que ver quién se encargó de producir los tres primeros álbumes de la banda de Mikael Akerfeldt, a vincularse posteriormente a Steven Wilson no supone en ningún caso un cambio mayor que en el rango nominal y en lo anecdótico, pues los renglones escritos por Opeth no se han torcido nunca ni la caligrafía se ha salido de ellos en ningún momento. No son pocos los decepcionados por lo ofrecido por la mítica banda sueca en su álbum Heritage, por la supuesta salida de tiesto que supone pasarse del Death Metal al Prog Folk de su último álbum. Estos pocos deben haber escuchado de forma muy ligera un disco como Morningrise, sí es que lo han hecho alguna vez.

Opeth son una banda cuya obra ha dado mucho pie al postureo fanático e intrascendente. Eso sí, esa inconsciencia no es causada por la propia discografía de los suecos, pues la misma no hace sino reventar todo y cada uno de los estúpidos postulados que el fan de chichinabo acaba vomitando. Hoy, Morningrise va a desmontar unos cuantos.

Más grande por ‘el cómo’ que por ‘el qué’

Lanzado solo 13 meses después de la aparición del debut de la banda, Morningrise es uno de esos discos que impactan en lo más profundo nada más cae en tus brazos. Esa enigmática portada que nos acaba conminando a desear visitar el Palladiam Bridge en Bath supone la puerta de entrada a un mundo enigmático y atrayente a partes iguales, un mundo en el que los detalles envelesan y las imperfecciones (que las hay) hipnotizan.

Descubierto por un servidor en tiempos en los que comprender a la perfección qué es lo que proponían Opeth estaba, probablemente, fuera de mi alcance, Morningrise fue colándose, poco a poco, en ese lugar al que acudir en busca de brutalidad sonora sesuda, de una visceralidad con poso alejada de modas pasajeras y que ya desde entonces sabía acabaría acompañándome durante muchos años. Compartiendo espacio-tiempo con algún que otro disco de Cradle of Filth o Dimmu Borgir (todos tenemos un pasado), Morningrise fue quedándose solo resistiendo las embestidas del paso del tiempo y del propio aprendizaje, no ya solamente por la menor exposición mediática en esos años de Akerfeldt y cía, sino porque lo que Opeth mostraban ya en su segundo álbum era una fórmula consolidada y que, a pesar de ello, no perdería fuelle en casi 20 años de carrera.

Sin embargo el latente espíritu Black Metal del álbum (que lo tiene más allá de la portada) acabaría compartiendo espacio con cierta deuda a la obra de Dan Swäno, uno de los genios que ha dado la historia del Death Metal, a pesar de que con el paso del tiempo he acabado desligando a Morningrise de un icono del género como Crimson. Evidentemente, si hablamos de ‘el qué’, es complicado establecer una línea de separación entre lo recogido por ambos álbumes, eso sí, si nos centramos en ‘el cómo’, las diferencias son más que palpables a pesar de la notable influencia ejercida por Swano en los inicios de la vida artística de Mikael Akerfeldt.

En cualquier caso, la labor de Swano a los mandos ha acabado dividiendo al seguidor de Opeth de toda la vida pues la colección incontestable que es Morningrise acaba quedando apocada en lo sonoro si se compara con el trabajo posterior realizado por Steven Wilson, donde se percibe mayor claridad y brutalidad en cada una de las áreas. Puede sea ésta una de las razones que ha llevado a la chiquillería a minusvalorar a este sólido conjunto, pero es imprescindible reconocer que aquel que vivió el segundo álbum de los suecos en directo quedó prendado del álbum con sus virtudes y sus defectos, siendo precisamente esa producción hueca y apagada en ocasiones un factor definitorio, una muestra de que muchas veces hace más el espíritu del álbum, lo que pretendida o no pretendidamente muestra, que lo que vemos a simple vista.

Escarbando más allá de lo evidente

Y es que Morningrise es un álbum que se define por su aroma, por esa sensación de estar abriendo un libro leído hace muchos años y que marcó una etapa de tu vida. De hecho siempre he ligado la sensación de abrir el CD del álbum con la de releer un clásico al que el polvo no hace sino sumar atractivo, olvidado durante largos espacios pero al que acudir de forma irremediable y voraz cuando la ocasión lo hace necesario.

Lo mejor de todo esto es que cada visita, cada nuevo redescubrimiento del álbum acaba ofreciendo una valiosa recompensa, una reafirmación de convicciones y un sometimiento de posibles escepticismos. Y todo ello a pesar de tratarse de una experiencia exigente, probablemente el mayor de los retos planteados por la discografía de la banda, y de todas esas voces empeñadas en dejarlo guardado en el cajón de las cosas olvidadas y minusvaloradas, voces que ignoran, quizás inconscientemente, que Morningrise es todo lo que pueden llegar a ser Opeth a pesar de presentarse como un álbum algo polarizado y ligado en cierta medida a dos mundos a los que ahora nadie osaría ligar a Mikael Akerfeldt y compañía: el Black y el Doom.

A pesar de la citada polarización el álbum ofrece plato para todo tipo de comensal, desde el ansioso por pepinazos Death Metal hasta aquel que espera encontrar referencias a la Psicodelia o al Prog primigenio de los años 70 (hasta a los posteriormente reivindicados Comus). El desarrollo estructural sigue la misma tónica presentada en Orchid aunque para esta ocasión los artificios parecen complicar un tanto el dimensionamiento de los temas en nuestra mente. A pesar de ello los cambios de ritmo o interludios fluyen con toda la facilidad que cabría esperar llegando siempre en el momento preciso, en la porción exacta para hacer ese click que despierta el rango de emociones y que nos hace levantarnos del sillón a aplaudir como posesos.

Un claro ejemplo de esto es lo que sucede en el final de ‘The Night and the Silent Water‘, una sección que es mucho más de lo que aparenta ser y en la que ese riff hipnótico y el rasgado susurro de Akerfeldt, como si procediese de una fosa abisal, es tan escalofriante como cautivador. Igual sucede con los dos puntos de inflexión mostrados en la más vigorosa ‘Nectar‘, en los cuales el riff que conforma la estructura del tema muta a una entidad cada vez más brutal, como si Akerfeldt pretendiese dejarnos sin respiración apretando cada vez más sus manos sobre nuestra garganta.

Sin respiración acabamos llegando a ‘To Bid You Farewell‘, ‘Black Rose Immortal‘ (el tema más largo en toda la carrera de Opeth) deja sin resuello a cualquiera, y que a pesar de ser la anécdota en Morningrise acaba convirtiéndose en uno más de los antecedentes que este álbum encierra, que no son pocos. Configurado como un increscendo acústico de tintes folk acaba desembocando en un puñetazo de Rock Progresivo en el que la banda se apoyaría para desarrollar posteriormente Damnation, uno de esos álbumes tan amados por la nueva hornada de seguidores del combo.

Un disco a reivindicar

De todos modos las palabras muestran no ser suficientes ante el huracán de sentimientos que Morningrise despierta cada vez que el oyente da al play. No es ni pretende ser un álbum perfecto, pero alguno de sus errores o estridencias (ese bajo Funk enamora y exaspera a partes iguales) actúan como ese defecto que nos pone los pies en la tierra, que nos recuerda que la perfección está sobrevalorada y que, en todo caso, cada uno tenemos nuestro propio concepto de ella misma.

9.6/10

Ahogado a veces, hueco en otras, Morningrise es de esos álbumes que, quizás, acaban dependiendo en demasía del contexto en que se lanzan y de la conexión con el que vive su nacimiento. Tras toda esta disgresión llego a entender porqué hay quien lo minusvalore pues Opeth serían más oscuros, más épicos y más prog en discos posteriores. Eso sí, es imprescindible recordar a todo y cada uno de vosotros que sin Morningrise no habría habido Blackwater Park, sin Morningrise no habría habido Damnation, sin Morningrise no habría habido Heritage

Y ese es un acierto que os he leído destacar muy pocas veces últimamente.

Especial de Opeth en Hipersónica

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Esas bombas nucleares están cogiendo polvo.