Conor Oberst – Upside Down Mountain

Hay un momento en el que toda vida va cambiando. Detalles como que te marchas de casa de tus padres para vivir en un piso compartido con colegas mientras te dedicas a intentar sacarte una

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Hay un momento en el que toda vida va cambiando. Detalles como que te marchas de casa de tus padres para vivir en un piso compartido con colegas mientras te dedicas a intentar sacarte una carrera universitaria que te dé un sito privilegiado en la cola del INEM. O a lo mejor que te casas con la persona con la que, seguro, quieres pasar el resto de tu vida. Incluso ese momento en que nace tu primer hijo (no hablo desde el conocimiento en primera persona, pero digo yo que será un momento importante). Todo tiene su repercusión. Pero el momento en el que en realidad algo cambia dentro de tí es cuando miras atrás y, de tus últimos veinte domingos, el 75% has optado por el plan de pelis, manta y sofá, cuando tú eras más de gestionar la resaca en cama, encomendándote al ibuprofeno y deseando que las horas fuesen borrando ese malestar interno. Madurar de verdad es eso, sentirte fresco un domingo. Claro que eso puede hacer que mires atrás con nostalgia de cuando en cuando, con sabor agridulce. Como Conor Oberst en Upside Down Mountain.

La madurez de Conor Oberst

El sexto disco de Conor Oberst debe conservarse en frío y ser degustado con todo el tiempo del mundo. Concretamente, con 54 minutos de tiempo para una escucha. Y luego, lo mismo para las siguientes, que harán falta. Domingos de sofá, libro y discos de Conor Oberst. No es que haya estado parado, ni mucho menos, pero sí es cierto que el de Nebraska llevaba cinco años ya sin acudir a la apuesta del formato en solitario. Claro que eso de grabar en solitario o con Bright Eyes u otros, en este caso, poco importa. El chico nos tiene acostumbrados a un buen nivel haga lo que haga, y con quien lo haga. No es una excepción Upside Down Mountain. Un disco que va de menos a más. Que empieza con canciones de corte pop, agradable pero no especialmente sustanciosas, de las que pasan sin molestar pero que tampoco recordarás más allá de media hora después. ‘Time Forgot’ abre el disco de forma notable, pero ‘Zigzagging Toward the Light’ no es gran cosa, e incluso cae en unos coros poco afortunados. Solucionado con un single resultón, con toque tropical, efectivo. ‘Hundred of Ways’ retoma el rumbo, pero nada realmente sustancial.

Pero siempre llega la madurez. En este caso, creo que la inflexión de Upside Down Mountain llega de la mano de ese pedal steel y del country de ‘Lonely at the Top’. Preciosa, tranquila, sin artificios, pero el primer paso más que serio del disco para hacerse valer. A partir de ahí, todo va viento en popa, todo funciona como un engranaje perfectamente engrasado, sin que nada chirríe. Desde la rabia contenida de ‘Enola Gay’ a esa maravilla frágil que es ‘Double Life’. Un inicio con dudas que se ha ido evaporando, difuminando en una memoria injusta, y que endereza su camino con mano de hierro, con sabiduría propia de un joven curtido ya en mil batallas inquietas. No es que nunca vuelvan a sentirse unas rodillas temblorosas. Por ejemplo, ‘Kick’ empieza tremendamente poderosa, pero luego se disuelve con frivolidad, sin tener la fuerza que prometía, quedándose un poco por debajo de las expectativas que parecían despertar aquellos primeros guitarrazos. De nuevo la calma para mejorarlo todo. De nuevo ‘Night at Lake Unknown’, jugando a la oscuridad, a la nana que parece ser y es, para volver a enamorarnos de Conor Oberst.

Upside Down Mountain y la traca final

Y entonces llega ese final fantástico. Esas cuatro piezas que, al terminar, te obligan a admitir que quizás no le hayas prestado la atención que merecía. Puede que porque el libro que ha acompañado tu tarde de domingo estaba muy interesante. Pero es difícil que alguna preciosidad como ‘You Are Your Mother’s Child’ no capte tu atención por completo. Merecimientos hace, pero sobre todo cuando se da la mano con ‘Governor’s Ball’, tema que bien puede ser el mejor de todo Upside Down Mountain. Un derroche de potencia, inadvertido hasta ahora, muchos cuerpos de ventaja sobre cualquier cosa que hubiéseis escuchado en el disco hasta ahora. Una fiesta que sigue con el arreón de ‘Desert Island Questionnaire’, otro regalo apetitoso y sobrado de carisma. Tan sobrado que ese sofá se te queda incómodo, cuando menos, para acostarte. Vitalidad absoluta, ganas de saltar para celebrar vaya usted a saber qué. Gracias por eso, Conor, gracias por esa concatenación de temazos uno tras otro, incluído ese final pausado de ‘Common Knowledge’.

7,1/10

Porque quizás sea eso lo más destacable de Upside Down Mountain. Un disco que parece hecho a contratabla, dejando los pedazos más sabrosos para el final, tras unos aperitivos que tampoco hacían adivinar un banquete especialmente notable. Un Conor Oberst recordando a Heminway como punto final, planteándose la diferencia que puede haber para muchos entre ser o no ser valiente, cuando en realidad eres lo mismo para todos. Un trabajo que posiciona a Oberst en un lugar en el que seguramente ya estaba antes de Upside Down Mountain. Que lo afianza, entonces. En el de los grandes del rock y el folk americano. Y sobre todo eso, americano. Puede que esa sea otra de las señales más propias del disco, ese sonido netamente americano en muchísimos momentos. De la madurez de un Oberst que parece, por instantes, una especie de Jeff Tweedy resucitado para la causa. Gran trabajo, Conor.