Opeth – Damnation (2003): el cambio tranquilo

En 2003 Opeth anunciaron cual iba a ser su futuro

Imaginad cómo de rico, de profundo, de complejo, de virtuoso, de condenadamente bueno en definitiva, tiene que ser un grupo para que plantee una ruptura como la que supone Damnation sin que parezca algo descabellado, sin que casi parezca algo sorprendente. Para que no sea un capricho ni una boutade, para que tenga sentido, para que puedas echar la vista atrás y trazar líneas de unión con momentos anteriores de su discografía (en lo musical, en lo temático y en lo estilístico) por larga que sea la distancia entre esos puntos y sin ni siquiera tener que retorcer demasiado los argumentos. Pues así, así de ricos, de profundos, de complejos y de condenadamente buenos, más o menos, son Opeth: sólo tenéis que escuchar este disco (por separado primero, en perspectiva respecto al resto de su discografía después) para haceros una idea.

Damnation, el reverso de Deliverance

En el capítulo anterior nos habíamos quedado en el verano de 2002 y allí tenemos que volver porque la historia de Damnation es también la de Deliverance: ambos son producto de las mismas sesiones de grabación, con Steven Wilson a la producción y sus labores (piano, mellotron y demás historias) y obviamente idéntica formación titular: Mikael Åkerfeldt (voz y guitarra), Peter Lindgren (guitarra), Martin Mendez (bajo) y Martin Lopez (batería y percusión). Åkerfeldt contaba de esta forma la idea de esta doble grabación en una entrevista en febrero de 2004:

Había empezado a escribir para lo que acabaría siendo Deliverance y Damnation. Estaba saturado y no me apetecía escribir, no sentía ningún tipo de inspiración.
Quería escribir música pesada, algo más pesado de lo que nunca habíamos hecho hasta entonces, pero al mismo tiempo tenía muchas partes y arreglos más tranquilos que no quería tirar a la basura. (…) Mi mejor amigo, Jonas de Katatonia, escuchó mis lamentos y fue él quien me dio la idea de hacer dos álbumes, uno más contundente y otro más acústico. (…)

En fin, que estaba tan emocionado que decidí que eso era lo que íbamos a hacer. De hecho, tan emocionado estaba que lo decidí antes siquiera de consultarlo con la banda. Pero cuando finalmente les conté mis planes, todos estuvieron de acuerdo con la idea. Eso sí, cuando tocó hablar con el sello hicieron falta más argumentos para convencerles… Básicamente, tuve que mentir un poco.

Mintió y negoció (los dos discos contaron como uno solo a efectos contractuales, con lo que el grupo perdió una suma considerable de dinero), pero al final se salió con la suya: en siete semanas, y no sin dificultades (Åkerfeldt ha declarado que esta grabación fue “la prueba más dura de la historia del grupo”), se grabó material para dos discos, que finalmente fueron editados como álbumes por separado: Damnation, la cara luminosa (es un decir) del resultado, se publicaría el 22 de abril de 2003, seis meses después de su otra mitad.

Cuando los gritos quedan atrás

Y se publicaría provocando un pequeño terremoto en lo musical, desatando encendidas discusiones entre fans, antiguos fans y nuevos detractores que todavía llega hasta hoy. Resumiendo en cuatro palabras: Damnation no es metal. Es un ejercicio acústico de rock progresivo (no demasiado ortodoxo) que acaba más cerca de Pink Floyd que de su tradicional diálogo con el death metal. Y sin embargo, como decíamos antes, el movimiento (por brusco que pueda parecer) no es un volantazo ni un giro de 180 grados: es un paso adelante más perfectamente coherente con su trayectoria hasta la fecha, tanto en lo musical como en su voluntad permanente de renunciar al estancamiento. Lo decíamos al hablar de Morningrise: sin él, por ejemplo, tampoco habría habido Damnation. Casi todos los elementos que hay aquí ya habían aparecido antes: lo que ocurre es que se les deja volar solos y se les lleva un paso más allá. No existe el concepto “ruptura radical” para una banda en permanente expansión como ésta.

En Opeth siempre habría convivido la dualidad, la interacción, el diálogo entre los dos mundos que representa este díptico: lo acústico y lo extremo, lo delicado y lo brutal, el ruido y la luz. El propio Åkerfeldt ponía de relieve esa dicotomía al hablar de la gestación de éste que es en realidad un doble álbum en términos de heavy y mellow, cortes más relajados frente a aquéllos llenos de intensidad. Lo que hace a este disco tan interesante es comprobar cuál sería el resultado si eliminábamos un elemento de la ecuación; lo que lo hace tan grande es comprobar que ese resultado es efectivamente magnífico.

El disco que debería gustar a todos

Visto desde la barrera de quienes a veces necesitamos que el metal nos lo den rebozado, con patatas y mucha salsa, resulta difícil entender que existan argumentos para negar Damnation. Porque no sólo es un perfecto banderín de enganche, capaz de atrapar al oyente no necesariamente especializado y hacerle retroceder para descubrir la grandeza de un grupo como Opeth, no sólo es que suponga un valiente y arriesgado cambio de registro solventado con maestría, no sólo es que su cantante brille como nunca justo en el delicado momento de abandonar los guturales… No, es simplemente que Damnation, venga de donde venga y venga de quien venga, es un disco simplemente sobresaliente: ambicioso, aventurado, denso, dotado de una personalísima atmósfera que lo hace realmente único.

Fascina ese aire de melancolía que atraviesa todos los temas, esa especie de tristeza tranquila (a mí Damnation es un disco que me transmite mucha paz) que toca la fibra huyendo de histronismos. Puede parecer, y sería el último refugio de los recelosos, un sesudo ejercicio disfrutable sólo cuando se asimila al completo (lo cual tampoco sería un drama: es su disco más breve), pero ni siquiera ése es el caso: la admirable ‘Windowpane‘, que abre juego con su inspirada guitarra y su elegante batería, o la bellísima ‘Hope Leaves‘ (el corte que tenéis que ponerle a cualquier ser humano para engañarlo y hacerle caer rendido ante Opeth), forman parte de un engranaje perfecto, pero funcionan también por separado como las excelentes canciones que son.

9/10

Damnation es, pues, un disco lleno de amargura (no en vano está compuesto bajo el shock de la muerte de la abuela de Åkerfeldt, a quien el cantante estaba muy unido) y rodeado también de un extraño halo de misterio, como si fuera la calma de una tempestad que nunca llega, como si las canciones fueran a estallar de manera violenta en cualquier momento, pero sólo dentro de nuestra mente. Lleno de música elegante y en absoluto evidente, adelantaría mucho de lo que luego llegaría en Heritage (aunque allí con un enfoque mucho más experimental) y supondría un ambicioso punto y seguido para una banda que en aquel 2002 no parecía tener límites.

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