Mission of Burma y sus dos primeras canciones: el inicio de todo lo que importa

Mission of Burma siempre fue un grupo al que todo le pilló a pie cambiado. Comenzaron a tocar cuando en Estados Unidos la evolución natural del Punk se había transformado en una poderosa escena Hardcore,

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Mission of Burma siempre fue un grupo al que todo le pilló a pie cambiado. Comenzaron a tocar cuando en Estados Unidos la evolución natural del Punk se había transformado en una poderosa escena Hardcore, propulsada fundamentalmente por el buen hacer de Black Flag durante su misma época, y los cimientos del underground posterior que auparía a grupos como Hüsker Dü, Dinosaur Jr. o Sonic Youth no eran más que, eso, cimientos. Pilares que ellos mismos contribuyeron a edificar en su corta existencia, en Boston, en los muy tempranos años ochenta, cuando el Post-punk inglés estaba en la cresta de la ola y el Punk se había transformado en proclamas políticas de corte más profundo, atmósferas tenebrosas y coartadas vanguardistas y experimentales.

Por ahí quisieron colarles, y aún muchos tratan de hacerlo a día de hoy. Por desgracia para todos ellos, el sonido de Mission of Burma siempre estuvo desubicado. Como explica Michael Azerrad en ‘Nuestro grupo podría ser tu vida’, editado recientemente en castellano, Mission of Burma vivieron un tiempo que no les correspondía. De haber aguantado, de haber surgido unos cuantos años después, su fama hubiera sido entonces total, y a día de hoy florecerían en las páginas de la historia de la música Pop con mucha más pompa de la que lo hacen, en caso de que tal cosa suceda. Pero su andadura es capital para entender todo lo que vino después, y para ello hay que recurrir al origen. A las dos primeras canciones que publicaron en el pequeño sello de Boston Ace of Hearts. ‘Academy Fight Song’ y ‘Marx Ernst’.

‘Academy Fight Song’: el himno por accidente

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Las dos primeras canciones de Mission of Burma aún hoy podrían pasar por sus dos mejores canciones. Hay quien opina que ‘That’s When I Reach for My Revolver’ ostenta ese título, o cualquiera de las presentes en Vs. (Ace of Hearts, 1982), su único disco antes de separarse —pasados los años volverían, y en 2012 nos regalaron un LP al que consideramos entre lo mejor del año—. Sea como fuere, pocas pueden presumir de ser tan influyentes como ‘Academy Fight Song’. Empezando por el grupo que realmente la popularizó gracias a sus giras a finales de los años ochenta: R.E.M., quienes encontraron en grupos como ellos y como Gang of Four, de los que fueron fans declarados, la inspiración, que no el espíritu, para sus primeros pasos.

La escena underground de Boston ya había alzado a Mission of Burma como su banda más señera y reconocible, gracias en gran medida a una presentación en directo monumental

No es casualidad que un grupo como R.E.M., de sonido algo más amable que las aristas ampulosas de Mission of Burma, versionaran ‘Academy Fight Song’. La canción resultó muy paradójica para un grupo que tenía fama de ruidoso y salvaje en sus directos. Aquí y allá, la pequeña escena underground de Boston ya había alzado a Mission of Burma como su banda más señera y reconocible, gracias en gran medida a una presentación en directo monumental, donde los tres músicos principales —Roger Miller, Clint Conley, Peter Prescott— y Martin Swope —nunca presente en el escenario— funcionaban como tres metrónomos desacompasados: perfectos, pero de forma un tanto aleatoria, cada uno por su lado. Azerrad recoge una de las críticas más comunes a Mission of Burma por aquel entonces: “serían muy buenos si tocaran la misma canción a la vez”.

Aquella maraña de ruido —fuerte, alto, duro— fascinaba a unos pocos y espantaba a muchos, en lo que sería una constante del grupo durante su breve existencia. Pero a la hora de llevar aquello al estudio, algo cambió. Fue la presencia e intervención de Rick Harte, meticuloso en las sesiones de grabación, la que hizo de ‘Academy Fight Song’ una pieza donde Mission of Burma perdían su potencia sonora en favor de guitarras más amables y un sonido más vendible. La guitarra eléctrica de Miller se dobló con acústicas y la melodía se resaltó suavemente en detrimento de los aires extravagantes e inquietantes de los que el grupo se revestía en sus actuaciones. Aires propulsados en gran medida por los loops introducidos por Swope en directo, disimulados en este single.

El estribillo facilón y memorable compuesto por Conley hizo el resto: canción que en manos de otro grupo de mayor nombre, o de otra época, se hubiera convertido en un himno imperecedero. Ahora está ahí, en un rincón, como esperando aún su lugar. Lo mismo que Mission of Burma.

‘Marx Ernst’: reivindicar el dadaísmo de verdad

La otra canción era la de Miller, cuyas composiciones, y esto es una constante visible también en el EP editado poco después y que, en mi opinión, es su mejor trabajo, Signals, Calls, and Marches (Ace of Hearts, 1981), eran más retorcidas y complejas que las de Conley. De claro poso intelectual y obsesionado en poner las cosas difíciles al oyente, Miller estructuraba sus canciones de forma extraña. Las dividía en mil secciones, incluía sonidos atonales, no permitía una aproximación leve y fácil que hiciera de las canciones algo pegadizo. En consecuencia, unido a la maraña de ruido de la que Mission of Burma gustaban de rodearse, muchos de sus temas eran verdaderos laberintos. Por aquel entonces aún más intrincados de lo que nos parecen hoy en día. La espontaneidad compositiva de Miller, sumado al aire dadaísta de sus letras, le ponía a un nivel… muy original, muy difícil de definir.

Aún hoy Mission of Burma, por todo lo explicado antes, son un grupo realmente complicado de catalogar. ¿En realidad qué estaban haciendo por aquel entonces? ¿Post-punk? Parece obvio que hay influencias como PiL y Gang of Four en buena parte de sus canciones, pero también que éstas iban más allá. Se valían del Punk, del puro ruido, de un modo que los dos anteriores no hicieron de forma tan notable. Pero tampoco cabían en el Punk, porque sus aires intelectuales y volcados hacia la complejidad les alejaban de él, especialmente de la escena Hardcore, donde no eran nada bienvenidos. ¿Rock? Claro que no. ¿Noise Pop, Indie Rock? Difícilmente podríamos hablar entonces de aquello. Nada, no sirve, esas categorías vacías pero útiles a las que llamamos géneros musicales no valen con Mission of Burma.

De esto Miller estará particularmente orgulloso, y también Prescott, quien decía por aquel entonces lo siguiente:

Mi idea de este grupo es joder lo que sea que la gente crea que vamos a hacer. No quiero satisfacer expectativas. Si creen que somos un grupo dance, no es así. Si creen que hacemos Art Rock, pues tampoco.

La vocación antisistema del grupo era su forma de ver la música. Por ahí vivieron y por ahí morirían, obviados por radios comerciales y público. Al final llenaron poco y vendieron menos. Normal: la cara B de este primer single del que hablamos hoy era una canción titulada con el nombre de un artista dadaísta alemán de los años veinte. El dadáismo, la corriente fabulosa que llevó a Marcel Duchamp a exponer un retrete como reto radical para las galerías de arte de la época exaltando las virtudes de la producción en serie e industrial, hablando de la belleza en lo mecánico mucho antes de que alguien le comprendiera. Mission of Burma también iban por ahí: el mecanicismo de la guitarra de Miller que sostiene sus estrofas, los cambios de ritmo precisos pero inconexos, la batería totémica de Prescott.

‘Marxs Ernst’, mucho más que ‘Academy Fight Song’, sonaba cruda y ruidosa, inquietante. Les definía mejor, aunque escuchada treinta y pico años después, tantos remedos mediante, no parezca tan impresionante. Lo era, como todo lo que hacían e hicieron después. Mission of Burma iniciaron su andadura en estas dos canciones estupendas, pegadizas y extravagantes, que demostraban su sintonía Pop —poco explorada dada su corta andadura y su querencia a trasladar su directo al estudio en Vs.— y su perfil complejo y repleto de ángulos, pero siempre desde el Punk, con el arte por coartada y el músculo y el ruido como vehículo expresivo. Un single que es imprescindible y que explica, en el temprano 1981, muchas de las cosas que más tarde sucederían en Estados Unidos. Y que después conquistarían el mundo.

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Hardcore will never die, but you will.

  • Alarch

    No los conocía… suenan interesantes, aunque supongo que, como dices, en su momento tuvieron que resultar mucho más impactantes. Hoy ese sonido juvenil, despreocupado, ansioso y de belleza deslavazada lo asociamos al “rock alternativo noventero”. Gracias por presentarme a uno de sus “padres”.

  • Tienen reservado un capítulo en el libro “Nuestro grupo podría ser tu vida”. La verdad que realmente lo tuvieron crudo por aquella época. En definitiva, ellos y tantos otros….