Dominique A – Éléor

Otro trabajo mayúsculo de Dominique A. Y van

Dominique A

Hay momentos en los que cualquier estupidez mundana roba tu atención. A Sam Mendes, por ejemplo, le pareció que gastar unos cuantos minutos de una película en filmar una bolsa de plástico moviéndose a merced del viento que soplase en un momento determinado valdría la pena. Tres lustros después toda una generación recuerda aquella bolsa de plástico. La vieja creencia de que hay mucha belleza escondida en las pequeñas cosas, llevada a la hipérbole. No se confunda este ejemplo con una denostación de la grandilocuencia. No hay una defición exacta de lo que es bello, de cómo llegar a hacer algo hermoso. Pero quizás conseguirlo entre lo diario, lo aparentemente vulgar, tenga más mérito todavía.

El Dominique más clásico también suena de maravilla

Dominique A alcanzó en Vers les lueurs, su décimo disco de estudio, unas cotas de inspiración máximas. Obviamente no era la primera muestra de inmensa calidad del de Provins, pero seguramente se trate del disco en el que la musa fue más intensa, más constante. Para quien escribe, no hubo nadie a su altura en aquel 2012. Desde entonces ha quedado escucharlo una y otra vez, agarrarlo muy fuerte, para que no se escapase. Sabías que no se repetiría, que era un momento que se da tan solo una vez, y que la inmensa mayoría ni alcanza. Mientras, Dominique se entretenía lanzando su primera novela, dándose un tiempo de asueto y decidiendo con cautela su siguiente paso. Viviendo el undécimo álbum como si fuese el primero.

La carrera del francés siempre se ha caracterizado por visitar terrenos poco usuales en su país. Seguramente Ané no es el primero en repensar la chanson desde una clave más cercana al pop anglosajón, pero puede que sea su mejor exponente. Hasta hoy. Dominique A ha abrazado en Éléor (Wagram, 2015) el concepto más clásico de la música de cantautor del país vecino, si bien es cierto que cosas tan hermosas como aquel adelanto de ‘Au revoir, mon amour’ no son exactamente las protagonistas del hilo argumental del disco. Empieza la cosa con la marca de la casa, con el pop vehemente y entusiasmado de ‘Cap Fevrel’, con ese punto intenso que maneja Dominique como ningún otro, sin caer en la trivialidad ni para verla de lejos. Y con ‘Par le Canada’ como muestra de que quedarte mirando lo habitual, captando una nueva belleza una y otra vez, es posible. El Dominique de siempre, el sobresaliente.

Seguramente Ané no es el primero en repensar la chanson desde una clave más cercana al pop anglosajón, pero puede que sea su mejor exponente.

Sueltas una sonrisa con las guitarras de ‘Nouvelles vages’ y con ese inicio de pop encantador que se genera en ‘Central Otago’. Al final esa calma prometida no es tal, sigue la profundidad y la pasión, con el encanto habitual, sin necesidad hasta bien entrado el disco de acoger aquella introversión de ‘Au revoir, mon amour’. Y aún así es momentáneo. Ese temor a abandonar la comodidad conocida por un mundo nuevo, de que nos muevan del sillón en el que estamos confortablemente instalados, es ocasional. Como si Dominique A escogiese, además del comentado, el otro tema más pausado para dar a conocer este trabajo, cuando el fondo potente es el de siempre. Quizás, eso sí, con más protagonismo para las orquestaciones, muy presentes durante todo el disco y especialmente sobrecogedoras en cortes como ‘L’Ocean’, otro de los grandes nombres de Éléor, ahora sí, absolutamente clásico. El Dominique A más tradicional que, quizás, hayamos conocido jamás.

8.2/10

Faltaba en Éléor otra de las facetas que más nos gusta de Dominique A. Esa en la que nos inquieta, nos incomoda. Adopta un punto más oscuro y angosto, más asfixiante, y lo convierte en su cómodo hogar. No podía faltar aquí un corte como ‘Semana Santa’, seguramente más recogido que aquel glorioso ‘Convoi’, pero el ingrediente necesario para acabar de convencerte del todo. Para disipar unas escasas dudas que, por si los más escépticos, el trío final se encarga de finalizar. Da igual que busquemos la energía de ‘Passer nous voir’, o el ensimismamiento final del tema que da nombre al disco o de ‘Oklahoma 1932’. Éléor acaba siendo, de nuevo, como siempre, otro trabajo mayúsculo. Uno de esos que, desde la simpleza y la austeridad (perdón por la palabra), acaba creando cierta adicción, haciendo que vuelvas a él una y otra vez. No, no es tan inmenso como Vers les lueurs. Pero eso ya lo sabíamos.

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