La insoportable levedad de Giles Corey o cómo aprendí a amar la afectación

Un Dylan con referencias dark-folk

Corey

Más allá de discos y canciones, la historia de nuestra relación con la música se teje en torno a momentos, segundos concretos. La entrada de una batería por aquí, aquella sección de vientos que aparece de fondo, aquel puente de guitarra que conduce a este otro lugar inesperado, etcétera. Uno de mis instantes favoritos de los últimos años es el crescendo evidente pero igual de emocionante de ‘Blackest Bile’, segunda canción del álbum debut de Dan Barrett en su encarnación de Giles Corey. La espiritualidad, la luminosidad combinada con la profunda afectación oscura y depresiva de la lírica, la percusión de fondo que resuena en las cuatro esquinas del corazón. Todo. Una canción por la que enamorarse toda una vida.

Y resulta paradójico que así sea dada la impostación en la que se sumerge Barrett a la hora de narrar los rincones más tenebrosos de su alma. Giles Corey (Enemies List, 2011) supuso un bálsamo para todos aquellos que anhelábamos sin descanso la continuación de Deathconsciousness (Enemies List, 2008), aquel incunable de la nueva encarnación del Shoegaze/Post-punk/Industrial cuyo camino sólo ha sido continuado, con paciencia y esmero, por The Unnatural World (Enemies List, 2014). Resulta, en fin, que aquel Dan Barrett que se presentaba en solitario optaba por sumergirse en lo más doloroso de su propia psique, explorando terrenos como la muerte, la depresión o el suicidio, todos ellos ya incluidos en la temática de Have a Nice Life, sí, pero aquí proyectados hasta la verdadera pasión.

¿De qué está hablando Giles Corey cuando canta lo siguiente? ¿De una metáfora, de una abstracción, o de su propia vida, de sus sentimientos reales, de emoción tangible?

All around me
In the air hangs a wreath
Of blackest bile, and smoke
That only I can see

I open up my heart
And let it all in
And it kills all my love
And hope for everyone

‘Blackest Bile’: un libro abierto

Es complicado discernir lo real de lo irreal en todo lo que siempre ha rodeado a Barrett, un hombre que ofreció continuación a Giles Corey en Deconstructionist (Enemies List, 2012), ¿un disco temático sobre sus propios intentos fallidos de suicidio? El caso es que toda la parafernalia emocional de la que se rodeaba aquel primer disco de Giles Corey funcionaba como la seda en canciones tan bellas y clásicas, con todos los matices que a este adjetivo le caben, como ‘Blackest Bile’. El resonar de una guitarra acústica tocada con toda la simpleza y delicadeza del universo, un poquito de reverb envolviendo la voz del vocalista, sintetizadores creando capas atmosféricas de fondo. A Giles Corey, a Barrett, siempre se le ha resumido a vertientes trágicas y difíciles de la música contemporánea, pero lo cierto es que en este Giles Corey estuvo muy cerca del Folk elemental.

De hecho, ‘Blackest Bile’ se parece bastante a un Mangum, y por tanto al Dylan del Blood on The Tracks, empachado de referencias Dark Folk, Martial Industrial y Neofolk

De hecho, ‘Blackest Bile’ se parece bastante a un Jeff Mangum, y por tanto al Dylan del Blood on The Tracks (Columbia, 1975), empachado de referencias Dark Folk, Martial Industrial y Neofolk, salvando todas las distancias que cada lector quiera interponer en esta comparación. Pero el volcado emocional en bruto, sin apenas cortes, del alma del compositor queda reflejado con tanta minuciosidad y pasión en ‘Grave Filled With Books’ o ‘Spectral Bride’ del mismo modo que lo hacían Neutral Milk Hotel en ‘Two-Headed Boy’ o ‘In The Aeroplane Over The Sea’. No es una cuestión de sonoridad sino de sinceridad para con el oyente, para con uno mismo.

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En su particular proceso de abrir las compuertas de su alma y presentarse como un libro abierto, un tour de force que le ha llevado a proyectos siempre grandilocuentes y atormentados —las canciones de Giles Corey superan con frecuencia los seis minutos—, Dan Barrett ha sido capaz de escapar del cliché de la impostación. Esta canción, ‘Blackest Bile’, no sería sino un manojo de ideas obvias que rozarían el paroxismo y el ridículo en manos de artistas más frívolos. Irreal o no, Barrett traspasó los límites del cliché y se adentró, con una fuerza bellísima en los cuatro últimos minutos finales de canción, en el terreno de la celestialidad. Giles Corey, ‘Blackest Bile’, me enseñaron a amar la afectación. Y estas líneas no son sino un pequeño agradecimiento por segundos, instantes tan brillantes como estos.

A todo esto, por supuesto, hay que añadir el componente lírico, que se conjuga a la perfección, en un contraste dulce-agrio perfecto, con la estructura de ‘Blackest Bile’ —y por extensión del resto del LP—. Barrett tira de metáforas de una profundidad tan excesiva y barroca que sólo pueden resonar con sinceridad cubiertas de una inmensa brillantez y calidez compositiva. ‘Blackest Bile’ habla de la profunda soledad, aires del fin del mundo, humos oscuros que destruyen los pulmones y nada, absolutamente nada que ofrecer a los demás.

All around us
Hangs an air of darkest doom,
And it flows out my lungs
And slowly fills the room

I open up my heart
And stick my fingers in,
But you will never want
What I have to give

Y funciona. Te lo crees. Caes rendido ante un ejercicio de funambilismo, ante un equilibrio tan complicado —también a nivel sonoro, la canción parece estar a punto de derrumbarse en cualquier momento— como el que Giles Corey cuadra en ‘Blackest Bile’. La bilis más negra. La insoportable levedad del ser, tan fútil, tan prescindible en su individualidad. La emoción más pura, más bella.

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