Juegos malabares a la sombra de una encina, Ryley Walker

Walker anza la pelota al aire mientras intenta que continuemos mirando la que tiene en la mano.

Ryley

En pleno corazón de la Sierra de Guara existe un pueblo llamado Lecina cuya fisionomía no tiene nada de especial. Su único punto de interés se encuentra en sus alrededores, a la derecha de la pequeña e irrelevante carretera que conduce a sus escuetas, olvidadas calles. Allí, resplandeciente entre un sinfín de árboles de toda condición, se encuentra una encina milenaria. Su existencia data de la época medieval, cuando en el Pirineo se hablaba la lengua aragonesa y los reyes cristianos labraban tierras improductivas anhelando latitudes mejores, más al sur. Hoy la encina ha crecido hasta convertirse en un monstruo de mil millones de ramas. Sus hojas verde oscuro se entremezclan con el siempre azul cielo de Guara, con las suaves colinas degradadas en verde y los cañones ora anaranjados, ora rosados formados por el río Vero.

El otro día paseé una vez más por aquella sierra deshabitada y pensé en el ejercicio de juegos malabares que porta Ryley Walker con graciosa letanía. La mezcolanza de colores compuesta por los árboles, el firme, la roca, el agua y el cielo de Guara se parece en mi imaginación a la belleza saltarina y quebrada de las melodías acústicas de Walker. Del mismo modo que la virulencia de un cañón o un barranco irrumpe en la singular anatomía de la sierra, Walker matiza su discurso Folk con notorias distorsiones. Al mismo tiempo, mientras la serenidad de la encina se despliega con calma sobre las casas diminutas de Lecina, Walker se aferra a las enseñanzas de Crosby, Stills, Nash & Young y compone canciones a contraluz, bañadas por un sol dorado que mirado de perfil resulta tramposo y observado de frente siempre destella.

El juego de sombras y luces al que Walker se somete en Primrose Green camina entre dos aguas, bebe de referencias apócrifas y venera los nombres clásicos, en un discurso tan osado como convencional, tan atrevido como conservador

El juego de sombras y luces al que Walker se(nos) somete en Primrose Green (Dead Oceans, 2015) camina entre dos aguas, bebe de referencias —no tan— apócrifas y venera los nombres clásicos. Es tan osado como la erosión que durante millones de años ha hecho de Guara un paraje inaudito y tan convencional como la pasmosa tranquilidad con la que las gentes del lugar, sus construcciones humanas, perviven en el horizonte, escamoteadas entre monte y monte. Walker intenta sonar moderno —la banal autoindulgencia eléctrica de ‘Sweet Satisfaction’— sin causar demasiado sobresalto en la casa de sus ancestros —los arreglos de ‘The High Road’—. Guiña un ojo al clasicismo —los perceptibles aires Jazz de ‘Love Can Be Cruel’— mientras entona un discurso vanguardista —esa progresión final de ‘On The Banks Of The Old Kishwaukee’—.

Lanza la pelota al aire mientras intenta que continuemos mirando la que tiene en la mano. Primrose Green aspira a abarcar un todo que, por defecto, siempre le va a resultar grande. Y sin embargo, al igual que la mezcolanza brusca y calmada que hace de Guara un rincón natural inigualable, Ryley Walker encuentra el modo de engañarnos. Su truco es efectivo, porque todos los elementos del juego se combinan con pasmosa efectividad. Sostiene diez platos sobre un palillo posado sobre su frente mientras pasea el gorro de ventanilla en ventanilla. Es virtuoso y elemental, traidor y continuista, personal y común. De algún modo, es campestre y urbano, pero mucho más campestre que urbano, dotando a su discurso, al final, de más continuidad que herejía, de más personalidad que mediocridad. En según qué momento, Primrose Green es una maravilla, un prodigio. Quizá deformado por la sombra de la encina, pero prodigio al fin y al cabo.

Hardcore will never die, but you will.