Eleventh Dream Day, una historia de supervivencia

Uno de esos veteranos del indie rock que se han impuesto al paso del tiempo con coherencia

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El año pasado tuvo lugar uno de esos acontecimientos casi irrelevantes que pasan desapercibidos para el conjunto del respetable. Lógico, por otra parte, cuando la cosa va de unos tipos que tampoco es que hayan sido muy famosos a lo largo de su carrera, a pesar del ruido y las buenas canciones. Una historia bastante común en el espectro independiente. La cosa iba con Eleventh Dream Day, que dieron a luz el año pasado a Works for Tomorrow (Thrill Jockey, 2015), su décimo trabajo en casi treinta años de actividad.

Esos desconocidos que tocan al lado de tu casa

Quizá esa sea una de las claves, que su momento de mayor efusividad productiva fue a finales de los 80 y durante los 90; en los 2000 estuvieron bastante más parados. Eleventh Dream Day ha sido uno de esos grupos que se sumaron al indie rock cuando aún estaba en pleno desarrollo, cuando las formaciones que pusieron las primeras piedras de toque aún eran jóvenes y era el turno de darle forma a ese nuevo sonido que debíar conquistar el mundo. Algunos de ellos siguen en activo —o hasta hace poco—, y son a los que podemos considerar los definidores del indie rock moderno, los que perduran en el imaginario colectivo. Por el camino han caído bastantes en el olvido a pesar de su calidad e independientemente de que hoy sigan en activo, continúan en sellos importantes pero ya pasan totalmente desapercibidos. Uno de ellos es el caso de Eleventh Dream Day, supervivientes de los 80s que importan y sepultados por la sombra que proyectaban en los 90 quienes se beneficiaron de las fórmulas de sus predecesores, y con unos 2000 bastante irregulares. Un grupo, en definitiva, cuya interesante trayectoria e historia merece ser rescatada.

Coincidieron en época con alguno de los grupos totémicos del afilado rock que florecía desde el underground americano. Como tantos otros, e inspirados por Neil Young —le versionarían en su EP de 1989—, pues cada país barre para casa como es lógico a la hora de las influencias, en 1986 publican su primer EP, de homónimo título, con esa tendencia folkista del maestro sureño y ya con la grandísima guitarra del principal eje del grupo, Rick Rizzo. Ya desde sus primeros años, junto a la batería y vocales protagonistas de Janet Beveridge Bean y el bajo de Douglas McCombs (Tortoise, Brokeback), estaban acostumbrados a construir muy buenas canciones, como esos grupos que ya en su primer disco parecen tocados por una varita mágica. De hecho, su primer LP, Prairie School Freakout (Amoeba, 1988), recoge las cualidades de su primera referencia para explotarlas: ciertas dosis de épica, canciones que fluyen solas por su actitud (‘Coercion‘), el acierto de los duetos chico-chica (‘Sweet Swell‘), algo de country alternativo asomando por el retrovisor… Tenían mucho que decir.

El salto a Atlantic y los puñetazos en la mesa

Tanto, que sólo un año después abandonan Amoeba y fichan por una multinacional, nada más y nada menos que Atlantic, de acuerdo a la tendencia que empezaría aquellos años de las multis cazando a los grupos del underground que despuntaban. Con Beet (Atlantic, 1989) el grupo confirma su estado de gracia y su trayectoria ascendente, con un álbum bastante completo que incluía temas soberbios como ‘Testify‘ y sus guitarrazos blueseros compaginados con postulados más indie rock que desarrollarían más explícitamente años después, cuando las líneas maestras del estilo ya habían quedado netamente configuradas. El disco discurre con bastante intensidad, con ramalazos country propios de unos Meat Puppets desbocados y más electrificados, dejando temas de buen rock ochentero como ‘Axle‘ o la rescatada de su EP Wayne (Amoeba, 1989), ‘Go (Slight Return)‘.

Sólo un año después del debut abandonan Amoeba y fichan por una multinacional, nada más y nada menos que Atlantic, de acuerdo a la tendencia que empezaría aquellos años de las multis cazando a los grupos del underground que despuntaban

Dos años después llega Lived To Tell (Atlantic, 1991), un disco no tan inspirado como el anterior, pero con los mismos cimientos, en el segundo corte de hecho hay otra hostia blues con el slide, ‘Dream of Sleeping Sheep‘, los duetos entre Rizzo y Janet Beveridge y buenas dosis de punteos afilados. No obstante, y de nuevo, como les pasó a otras bandas —el eterno sambenito—, ni con este ni con el anterior LP habían vendido muchos discos, a pesar de contar con buenas opiniones entre la crítica. Así que intentaron hacer un esfuerzo para cambiar la situación, durante la gira de ese segundo disco abandona la formación Baird Figi y se incorpora Wink O’Bannon. Con el cambio, el grupo intenta jugarse el todo por el todo con El Moodio (Atlantic, 1993), su disco menos country hasta la fecha, y en el que viran hacia fórmulas que han popularizado el indie rock años antes. Algunos cambios de ritmo, un sonido menos cargado y algunos jits para despeinarte como el que te da la bienvenida, ‘Makin’ Like A Rug‘. Aunque Janet Beveridge y McCombs le meten profundidad a los temas, es un disco en el que priman las guitarras, y en el que más expanden estas su guitarheroísmo, con algunos dejes de Dinosaur Jr. en ‘Motherland‘, pero sobre todo construyendo uno de los mejores y más solemnes punteos de los 90, el de ‘Murder‘. Un tema en el que todos se pliegan ante Rizzo, y del que no sólo destaca el virtuosismo —que per sé puede ser un gran coñazo—, sino su acople a la melodía. Una auténtica joya.

La hora de volver a casa

Pero, en efecto, no sirvió de nada en cuanto a ventas, aunque sin embargo, volvieron a exhibirse como un grupo de raza dando lo mejor de sí y cómo suena el buen indie rock, pero después del esfuerzo en vano con esa apuesta, acaban su contrato con Atlantic. Es entonces cuando vuelven de nuevo a un sello independiente, esta vez Atavistic, donde publican Ursa Major (Atavistic, 1994), un álbum que después sería reeditado por City Slang, casa de Superchunk, Sebadoh, Seam o Yo La Tengo. Y precisamente respecto a estos últimos, cabe decir que este es el álbum más yolatenguista del conjunto de Chicago; en él, ya sin ningún atisbo de posible presión, ofrecen una versión más sosegada, potenciando una distorsión que en lugar de morder también puede acariciar.

Es, sin duda, uno de sus mejores discos; un LP que se va expandiendo de menos a más, pasando por momentos de viajes cósmicos (‘Flutter‘), pasajes con intensidad marca de la casa (‘Orange Moon‘) y despidiéndose con perlas solemnes (‘Exit Right‘) con una Janet Beveridge fabulosa en lo vocal, algo común en este disco. Este es uno de los lanzamientos favoritos del grupo de su amigo Ira Kaplan, y una de las joyas que esconde la década. En este momento de su discografía, Eleventh Dream Day son un grupo cojonudo, en un estado de forma exultante, golpeando fuerte a pesar de haber abandonado con la multinacional y reciclando su sonido hacia un indie rock más elegante. Parecía que podían hacer lo que querían.

En este momento de su discografía, Eleventh Dream Day son un grupo cojonudo, en un estado de forma exultante, golpeando fuerte a pesar de haber abandonado con la multinacional y reciclando su sonido hacia un indie rock más elegante

Tras grabarlo, Wink O’Bannon abandona la formación y el grupo decide tomarse un parón que sus integrantes aprovecharían para dedicarse a su vida personal o bien a otros proyectos musicales. En el caso de Doug McCombs, a Tortoise. Tres años más tarde fichan por Thrill Jockey, el sello en el que siguen desde entonces, y publican Eight (Thrill Jockey, 1997), un álbum en el que aún siguen patentes algunas reminiscencias yolatenguistas y que, en general, está invadido de la profundidad y la ambientación que trajo de la mano McCombs al regresar de su paso por Tortoise. No es un disco tan inspirado como el anterior, pues era bastante complicado, pero aún tenía latigazos dignos de J. Mascis y algún tema como ‘Insomnia‘, que trae de vuelta al grupo fresco y aguerrido de los inicios de década. No obstante, a partir de aquí el nivel de los discos iría dando bandazos, pues el tiempo no perdona a nadie.

El efecto 2000

Y así es como los de Chicago entran en la nueva década con Stalled Parade (Thrill Jockey, 2000). Ahora se ha acabado aquello de salir a casi disco por año y cada uno de ellos tiene que ser más reposado, las ideas ya no salen con la misma facilidad y es preciso esmerarse para no perder fuelle. Y sorprendentemente, este LP tiene bastante solidez, conjugando algunas premisas de años anteriores como los tempos más lentos, aunque menos adornos guitarreros y un sonido bastante compacto. Aquí entra en juego también el papel de Mark Greenberg, nuevo integrante de la formación que se encarga del teclado y de otros arreglos. No es desde luego un álbum que irrumpa en tus oídos con la fuerza de antaño, pero se mantiene digno, con temas de reposado indie rock canónico como el que cierra el LP, ‘Way Too Early On a Sunday Morning‘. La próxima referencia del conjunto tardaría la friolera de seis años en llegar, Zeroes and Ones (Thrill Jockey, 2006), su trabajo más pobre hasta la fecha. Un disco que nace en un contexto que tampoco es fácil, son los años en que dentro del espectro guitarrero que vale la pena, todos los ojos están puestos hacia los grupos que han resucitado Nueva York o a los revivalistas que llegan desde las islas británicas. Y en medio, unos tipos como ellos a los que conoce poca gente, con su tabarra viejuna de hace más de una década; un trabajo que sólo existirá para los fieles.

Por si no fuera poco, además no están nada entonados, con algunas canciones que son básicamente refritos, con el automático puesto para cubrir expediente e incluso parece que con cierta desidia salvo excepciones. En resumen, pocos intentos, o quizá es más correcto decir ideas, para arrancar de sus instrumentos los sonidos que desearían. Y de nuevo, otro ciclo largo para sacar la secuela. En 2011 llega Riot Now! (Thrill Jockey, 2011), que va encaminado a intentar recuperar la enjundia de la primera década de los 90. Un disco irregular pero aceptable para lo que se podía esperar, un honorable esfuerzo por recuperar el espíritu y que conllevó canciones dignas, con unos renovados duetos vocales, momentos de guitarra para noquear al personal y efectos de teclado que esta vez no estaban tan metidos con calzador. Estaban en el camino.

El renacer

Y al fin llegamos al año pasado cuando se publica Works for Tomorrow (Thrill Jockey, 2015), un disco en el que vuelve a haber dos guitarras con la incorporación de Jim Elkington. Esto le da más músculo y presencia, lo que sumado a la gran producción y al buen estado en el que vuelven los miembros del grupo de Chicago, hacen que este sea un ejemplo del perfecto equilibrio entre el indie rock de siempre y cómo debería sonar un grupo veterano. Con la libertad creativa de siempre que les da el sello y la consciencia que ellos mismos tienen de sus carencias y virtudes, sacan lo mejor de sí mismos, ajustándose a su estado de forma y sin querer abarcar más de lo que pueden. El resultado, algún tema solemne y melancólico como ‘The Unknowing‘ que seguramente no se hubieran imaginado grabar hace treinta años, y algún zarpazo fiero para marcar territorio como ‘End With Me‘. Curiosamente, en 2015, tres décadas después de seguir en activo, el grupo se ha sobrepuesto a esas bandas más jóvenes que les habían sepultado mediáticamente algunos años antes; hoy, la mayoría de ellas artísticamente irrelevantes.

Eran conscientes de que lo suyo siempre ha sido una carrera de fondo, y ahí es donde se hacen fuertes, componiendo sin presión y sin tener que demostrar nada a nadie

Eleventh Dream Day es un grupo cuya primera etapa, la más prolífica, roza lo brillante, con canciones como puños y discos tan buenos que les hicieron subirse a una multinacional casi a las primeras de cambio. Aunque luego volvieran a un sello pequeño para allí facturar una de sus mejores obras, durante aquellos tiempos estaban en su propia cresta de la ola. No venderían mucho, pero ellos únicamente se han debido a sus ideas, con las que siempre se han mantenido fieles, lo que les hizo superar el bache de los 2000, donde estuvieron cerca del abismo, pero siguieron adelante. Porque eran conscientes de que lo suyo siempre ha sido una carrera de fondo, y ahí es donde se hacen fuertes, componiendo sin presión y sin tener que demostrar nada a nadie. Que en 2015 pudieran publicar un álbum tan honesto y notable después de lo que han pasado debe ser gratificante, se lo debían a sus seguidores. Y a ellos mismos. No sabemos hasta dónde llegarán, pero con su longeva e interesante trayectoria, totalmente coherente, ya han dejado el listón bien alto. La suya es una bonita y casi heroica historia de cómo imponerse al paso del tiempo, pero sobre todo una valiosa lección de cómo manteniéndose fieles a sus ideales siempre han seguido hacia adelante. Una historia de supervivencia.

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