Cobalt – Slow Forever

Las fronteras entre géneros de metal son insignificantes para estos cafres.

Slow-Forever

Desdichado para toda la eternidad le toca vivir el resto de su existencia al pobre Bruce Banner, condenado a llevar consigo esa pesada carga que sólo él puede soportar y debe contener a toda costa. De lo contrario, con la más mínima perturbación seria, al menor descuido, de su interior puede brotar una furia encolerizada, un espíritu animal aniquilador capaz de arrasar con todo lo que le rodea. Una vez desatado, es casi imposible de volver a retener, y el caos generado alcanza dimensiones inimaginables. Él, pobre desgraciado, sabe de las posibles consecuencias en caso de fallar su autocontrol, por ello vive temeroso a perderlo, vive atemorizado que el más mínimo traspiés desate ese espíritu animal y, posteriormente cuando vuelve a su estado habitual, tenga que presenciar las consecuencias de sus acciones más salvajes.

Pero por otro lado, una vez liberado de sus ataduras es cuando realmente disfruta.

Y este desafortunado aunque en el fondo peligroso personaje ha sido capaz de ganarse el cariño de tantas personas, muchas deseando seguir degustando sus aventuras y desventuras, pero especialmente ese momento donde su furia interna se desata. Qué nos moverá a sentir fascinación por los instintos más primarios y salvajes de algunos individuos. Supongo que se lo podríamos preguntar a Varg Vikernes un día que pasemos por su granja de Francia. Über-Europeísta primero, nazi después, también racista, antisemita y hasta posible terrorista. Y llegado a un punto, logró causar admiración. Al menos musicalmente, cuando canalizaba todo ese instinto animal que le lleva a veces a querer someter a media raza humana y lo empleaba para hacer cosas como Filosofem (Misanthropy, 1996).

Cobalt, desatando el animal que llevamos dentro

Pero hace tanto ya de aquel trabajo y de cuando Vikernes era musicalmente relevante. Mucho tiempo. El metal extremo, y más en concreto el black metal, ha encontrado nuevas vías para desarrollarse, evolucionar y hasta dominar. Muchos de los artistas y trabajos musicales más interesantes e importantes de este lustro han provenido de allí, todos con un punto en común, que es el género, pero con vías y sonidos diferentes para el mismo objetivo: expandir límites. Deafheaven o Panopticon -unos haciendo uso del pop y otros del folk- lo hacen a través de la vía de la emoción, Inter Arma -con el sludge y el progresivo- lo hacen sumergiéndose en terrenos más cavernarios y tenebrosos, mientras que Leviathan -death metal e incluso dark folk (!)- lo hacen mediante la locura y la enajenación.

Ahora es cuando toca hablar de cómo Cobalt entran en esa ecuación. Su ejercicio en el black metal está alejado de ser excesivamente purista, jugando mucho con las fronteras del género de igual manera que lo hacían las bandas del párrafo anterior. Con el black metal articulando el mensaje, el aporte más directo y notorio lo hacen géneros como el punk, el sludge/doom psicodélico -hola Neurosis– incluso el country en ciertos puntos. Este último estilo no sorprende tanto, teniendo en cuenta que una de las dos mitades del grupo, quizá la más importante, es Erik Wunder, mente de la que surge también un grupo como Man’s Gin.

La comunión de todos esos sonidos alcanza una simbiosis como pocas se han visto en el metal. Casi literalmente podemos afirmar que hay muy pocas cosas que suenen como suenan Cobalt en Slow Forever (Profound Lore, 2016). No ya sólo a nivel de calidad, donde demuestran una superioridad abrumadora sobre decenas de miles de grupos del rollo, sino a la conformación de un estilo y una identidad propios. Hablamos de que a los pocos minutos de una barbaridad como es ‘Hunt the Buffalo’ alcanza ya un nivel que es inconfundible e imborrable en tu memoria. No piensas en influencias, en grupos en los que se hayan inspirado para dar forma a lo que está sonando y nos está maravillando. Piensas que están consiguiendo en pocos compases lo que a muchos les cuesta carreras enteras conseguir.

Un sello propio.

Y el sello de Cobalt no es algo estático. Es mutante, va evolucionando conforme se va desarrollando el disco, aunque no quiero decir ni mucho menos que en una canción hagan una cosa y a la siguiente otra. Todo es plenamente identificable con ellos, todo es parte de su sello, desde la cafrada padre de ‘Ruiner’ pasando por la monstruosidad titánica de ‘Beast Whip’, la abrasiva intensidad de ‘King Rust’, la exquisita ‘Breath’, la enfervorecida ‘Cold Breaker’, la tormenta de ganchos de ‘Elephant Graveyard’, la inmensa ‘Slow Forever’ y acabando en la demencial ‘Siege’. Todo es puramente Cobalt y todo sacude con una contundencia feroz.

Pero Slow Forever es un disco que va más allá de lo meramente sonoro -que es muy importante y sobresale bastante en esa faceta, ojo- y alcanza ese escalón que han logrado los Deafheaven, Panopticon, Inter Arma o Leviathan de la misma manera que ellos: desatando sus pasiones más intensas y viscerales. En el caso de Cobalt, lo logran desatando su puro instinto animal, ese que tanto logra fascinarnos incluso aunque seamos el objetivo de esa rabia. Se dejan la piel, el corazón si hace falta, con tal de que hasta el último grito, incluso aunque esté en la capa más interna de su ser, salga disparado por la garganta o sea plasmado en forma de riff estruendoso. Se dejan hasta el último aliento para que este disco plasme su lado más salvaje.

Y disfrutan enormemente haciéndolo.

9.1/10

Me cuesta explicar de manera racional cómo semejante animalada ha conseguido conectar conmigo a un nivel tan profundo. Cómo Slow Forever, con sus pocas concesiones al oyente desde el propio sonido a la duración -más de una hora de álbum-, me ha enganchado con tanta fuerza que si me paso demasiado tiempo sin escucharlo, siento un enorme vacío. Cobalt acaban de firmar uno de los discos esenciales de este año, de este lustro, y no hablo ciñéndonos únicamente a la circunscripción metalera. Me entretendría un poco más perdiéndome en palabrería que alabase las virtudes de un álbum de esta magnitud, pero creo que lo mejor que puedo hacer es dejaros a vosotros mismos que liberéis vuestro lado más animal con este disco de fondo. No merece menos.

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  • Guscifer

    Un buen grupo y no de ahora, hacia siete años que no quitaban disco y pensé que se diluyeran pero aquí estan de vuelta.