Wire, el oasis dentro del movimiento punk [Camino al GetMad 2016]

Repaso a la coherente trayectoria y a la discografía menos conocida del mítico grupo londinense

wire

Contenido ofrecido por el GetMad Festival.

Hay ciertos grupos que sea por el motivo que sea, quizá no haber tenido en su momento un éxito apabullante como el de sus compañeros de estilo y generación, no han quedado guardados en el imaginario colectivo a pesar de todo lo que han aportado. Uno de ellos son Wire, una de las formaciones más talentosas de toda la generación punk inglesa de finales de los setenta. Mediante sus límites difusos entre el post-punk y el art punk, la banda liderada por Colin Newman fue un punto y aparte dentro de aquella generación. Sin grandes alardes, provocaciones o postulados políticos muy explícitos, Wire es sin duda uno de los grupos clave dentro de la amplia escena punk. Fogosos como casi todos, pero elegantes e imprevisibles como nadie.

Tres discos históricos

Dejaron su peso en la historia reciente gracias a sus tres primeros discos, y por eso se les seguirá recordando y reconociendo, pero sin duda, más allá de aquellas obras maestras, ya fueran en forma de disco totémico o temas eternos, hay mucho más. De hecho, si los ingleses han sobrevivido a todo aquél movimiento que tan pronto claudicó a pesar de sus principios, es en gran parte a su capacidad de reinventarse continuamente. Su evolución ha sido constante a lo largo de su carrera, lo cual no significa que haya estado exenta de —sonados— tropiezos musicales, pero como se suele decir, el que no arriesga, no gana. Wire han mantenido siempre su propia personalidad, publicando lo que les daba la gana, ajenos a cualquier presión o tendencia, haciendo creativamente lo que han querido.

Atendiendo a su periodo de actividad, podemos dividir su obra en tres etapas. La primera es obviamente la seminal y heroica trilogía formada por Pink Flag (1977), Chairs Missing (1978) y 154 (1979); un tridente único dentro de la esfera punk y una de las más brillantes en décadas. Tras finalizar esta, no volverían a publicar en largo hasta 1987, época en la que no estuvieron tan inspirados como en sus primeros años pero en la que siguieron demostrando buenas maneras after punk. Unas maneras que fueron languideciendo hasta su último trabajo, ya en 1991. Aquí vuelven a entrar en un hiato, y de nuevo, como el primer parón largo, pasó una década prácticamente hasta su vuelta al estudio, que fue en 2003. Y desde entonces siguen en activo. De hecho, mañana se publica Nocturnal (Pinkflag, 2016), una vez más, desde su propio sello.

A pesar de que hemos hablado de ellos por encima en algunos post concretos (aquí o aquí), los tres primeros álbumes de Wire merecen un repaso propio cada uno por todo lo que supusieron, por ser esa rara avis que iba a contracorriente dentro de la esfera punk. Lo único que tenían en común podían ser esas píldoras de dos minutos y acordes sencillos, aunque ellos sabían contrarrestar ese canon con punteos elegantes y minimalistas, cambios de ritmo impredecibles y mucha ira contenida. Así que dejando para el futuro esa tarea, esta vez nos centramos en esos dos regresos que protagonizaron los londinenses, tras estar en sendos casos varios años con el proyecto madre parado —mantuvieron su actividad a nivel individual—.

El regreso y el cambio de piel

Tras la separación, en 1985 les invitan a juntarse para un concierto en Oxford. Causalidades del destino, deciden seguir adelante, y así es como llega en 1987 The Ideal Copy (Mute, 1987), el álbum que abriría la nueva época y en el que tanto en este como en los venideros se percibe esa constante necesidad de Wire por dar un giro creativo en cada una de sus etapas en activo. Aquí tiran de la electrónica con teclados o como recurso para procesar sus guitarras y además viran por postulados más new wave; postulados, que por cierto, ya habían medio abierto con algunos de los temas de su época dorada. Una época dorada que no sería igualable a esta nueva, claro, pero en la que a pesar de haber actualizado su sonido a uno más propio de aquellos años, el combo inglés seguía mostrando quiénes eran.

The Ideal Copy es, después de la cúspide en los setenta, el trabajo que mejor aguanta el tirón. A pesar de esos nuevos añadidos, siguen con esa coraza pesada que golpea repentinamente y ese aura oscura de brillantes temas como ‘Ambitious‘ o ‘Over Theirs‘. Todo marca de la casa, como el minimalismo inherente a su música, presente en la hipnótica y adictiva ‘Drill‘. Aunque entraron tarde en ella, Wire aguantaban bien a la nueva década, al igual que hicieron un año después con A Bell Is a Cup Until It Is Struck (Mute, 1988). Aquí no se mostraban tan efectivos como en el curso anterior, pero sin duda seguían manteniendo la pulsión en esa difusérrima, casi inexistente, línea que separa a la new wave del post-punk ochentero. Bien con ese reverb eterno de ‘It’s a Boy‘ o con la electrónica de ‘Follow The Locust‘, el grupo seguía mostrándose como una formación excitante, creativa, capaz de reinventarse para seguir viviendo a contracorriente.

Lo único que tenían en común con el resto de punks podían ser esas píldoras de dos minutos y acordes sencillos, aunque ellos sabían contrarrestar ese canon con punteos elegantes y minimalistas, cambios de ritmo impredecibles y mucha ira contenida

Aunque pasa en todas las familias, también en la suya; mantener el nivel siempre es difícil. Y más cuando se es rehén, consciente o inconscientemente, de toda la carrera que llevas a tus espaldas. Afrontaron el final de la década con algún álbum retocado del directo y entran en los 90 de la peor forma posible, a destiempo. Siguiendo los pasos de sus largos anteriores, la electrónica gana más peso y Manscape (Mute, 1990) es bastante synth, lo que salvo algunos temas puntuales, desvirtúa bastante lo que han significado Wire a nivel sonoro. A nivel creativo, es obvio que siguen mostrando su versatilidad, a pesar de que aquí entran en su etapa más mediocre. Además, con un sonido que poco a poco se iría difuminando esos años en pro de otros movimientos. ¿Podía ir la cosa peor? Por supuesto, ahí está The Drill (Mute, 1991), un LP prácticamente synth pop con algunos ramalazos experimentales e incluso horteras difíciles de justificar. Habían ido tan a contracorriente toda su vida que ahora habían retrocedido cinco años en el tiempo. El declive era obvio, así que tomaron la decisión correcta finalizando su carrera. O eso parecía.

Si no puedes ser el de antes, mete un guitarrazo

Afortunadamente para Wire, la historia no sólo guarda segundas oportunidades, sino también terceras. Más de diez años después, hechos ya todos unos veteranos de guerra, vuelven sin tonterías: a guitarrazo limpio. Además, yendo más lejos aún con esos valores de independencia que siempre han predicado; desde entonces, lo han publicado todo con su propio sello: Pinkflag. Send (Pinkflag, 2003) es el punto de partida de este nuevo periodo, con la distorsión por bandera y reminiscencias de tiempos pasados a la hora de afrontar los ritmos de batería y esos bruscos cambios de sonido. Le daban casi al noise aunque mantenían también ciertos postulados de oscuridad. Un trabajo englobado dentro de un nuevo contexto, el actual, en el que su tiempo ya había pasado. A raíz de aquí facturarían, como siguen haciendo ahora, discos que generalmente suelen interesar a los seguidores de toda la vida y a la vez sirven para darse a conocer ante nuevas generaciones, ya sea vía actuaciones en festivales o vía estos nuevos álbumes. Una buena forma de adentrarse en su discografía clásica.

A diferencia del segundo regreso, que fue a menos ya en sus últimos coletazos, estos nuevos tiempos se definen por la irregularidad, y mientras que Send era un disco bastante decente como vuelta, aún expresando el carácter y la actitud de la formación, Object 47 (2008) es un álbum más discreto y que además estaba cortado por los mismos patrones, por lo que esta vez habían estado más desafortunados en el plano compositivo. Algo que cambiaría años después por ejemplo con Red Barked Tree (2010) y sobre todo con Change Becomes Us (2013). Se bajaron del carro de las gruesas capas de distorsión que lo impregnaban todo para llegar a una simbiosis entre un post-punk más aguerrido y algún zarpazo indierocker. No les fue mal, sobre todo a tenor del segundo álbum. Desde luego no es comparable a décadas anteriores, pero es una de esas muestras de cómo no arrastrarse por estudios y escenarios siendo un grupo veterano. Wire siempre han mantenido su personalidad e independencia, y en estos continuos volantazos sonoros se ve.

Como han hecho siempre, en esta nueva etapa han estado virando levemente buscando un sonido en el que asentarse, y a pesar de que ya lo han hecho desde el lanzamiento de Red Barked Tree, la propia fórmula empieza a mostrar símbolos de agotamiento, como es normal dentro de un grupo que lleva en activo tanto tiempo. A pesar de tener temas bastante salvables, Wire (2015) es un álbum que pasó sin pena ni gloria el año pasado, ya quizá sólo para el disfrute de los más acérrimos del grupo, como lo será Nocturnal Koreans (Pinkflag, 2016), que precisamente se estrena mañana y tras una escucha —superficial— parece inferior.

En los últimos años se han bajado del carro de las gruesas capas de distorsión que lo impregnaban todo para llegar a una simbiosis entre un post-punk más aguerrido y algún zarpazo indierocker

Aunque siguen en activo, el tiempo creativo de altos vuelos de Wire ya pasó hace tiempo. Durante estos últimos años se han mantenido con dignidad gracias a sus constantes cambios, a sus ganas por seguir adelante y hacerse un hueco en la actualidad. Que lo hayan hecho con trabajos más o menos conseguidos, ese es desde luego otro debate. Donde no se les puede rebatir nada, y por eso han sido los grandes supervivientes del movimiento punk —si es que los grupos más puros del punk les consideraban como tal—, es en su independencia, en su burbuja sonora siempre ajena a las modas, en sus pocas ganas de exhibir pose, tan del estilo en sus años de mayor efusividad. Por esa capacidad de renacer con otras coordenadas musicales en cada década y por supuesto por todo el legado que dejan atrás, merece la pena ir a verlos en directo. Y más si es en sala, donde sus capacidades instrumentales salen ganando. A pesar de que los tres miembros originales que quedan, Colin Newman, Graham Lewis y Robert Grey sean unos sesentones —desde 2010 cuentan con el guitarrista Matt Simms—, hacer una visita al GetMad es una buena ocasión para ver sus furiosas actitudes en directo junto a algunas de sus canciones más emblemáticas.

Larga vida a Wire.

Me gusta el chunda-chunda.

  • Wan

    Habéis puesto siempre el mismo tema de youtube o es cosa mía??

    • Cosa tuya.

      • Wan

        Ahora sí que veo un tema diferente en cada vídeo, antes eran todos el mismo, Ambitious