El tamaño sí importa (LXXVII): ‘A Story of This World’, de Circuit des Yeux

Sobre soledad, arraigo folclórico e introspección cálida, gélida pero cálida.

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Cuenta Thrill Jockey, su sello discográfico, que antes de grabar In Plain Speech (Thrill Jockey, 2015), su maravilloso quinto disco, Haley Fohr se embarcó en una larguísima gira en solitario a lo largo de Estados Unidos y Europa. Una soledad plena, pura, vacía de músicos de acompañamiento, de representantes o incluso de conductores que le transportaran de un lado a otro de los continentes. No resulta complejo entrever el espíritu de su soledad en las líneas maestras que tejen las canciones de In Plain Speech, y muy especialmente de ‘A Story of This World’, el antepenúltimo corte de más de siete minutos, de acompañamiento puramente acústico, que supone la cima creativa de Fohr y la joya mejor escondida de la carrera de Circuit des Yeux.


‘A Story of This World’ refleja emocionalmente la soledad a la que Fohr debió someterse, voluntaria o involuntariamente, durante sus largos paseos cruzando el corazón de América del Norte y de Europa. La canción se compone únicamente de su deslumbrante voz barítono, un ligero acompañamiento a la guitarra y diversas capas de arreglos de cuerdas. Por ahí no cuesta imaginarse a Fohr sola frente al volante, reposando la inmensidad del paisaje estadounidense o los místicos espacios europeos vacíos de población, islas demográficas en un continente, por lo demás, dominado por el ser humano. Una historia de este mundo, relata Fohr, cuyo tono incurre en los registros agridulces del corazón, casualmente aquellos que mejor sientan a la conducción sin compañía.

Maleable como todas las grandes canciones, ‘A Story of This World’ es un ejercicio de introspección plena donde elementos tan espirituales y abstractos como la exaltación de la soledad o el temor a la nostalgia parecen vertebrar el intenso espíritu de sus minutos

Es In Plain Speech un alegato místico sobre la dulzura y el terror, a partes iguales, revestido de fríos colores pastel y de registros sonoros que acuden a Fairtport Convention —y su ‘A Sailor’s Life, claro; en muchos momentos, de hecho, la voz de Fohr recuerda con cierta nostalgia a Sandy Denny—, al dramatismo teatral de Jeff Buckley —pero mucho menos opulento a nivel instrumental— o a la oscuridad acústica del Neofolk menos ensimismado. Resulta brillante durante sus nueve cortes, sí, pero en ningún momento tanto como en la recta final de ‘A Story of This World’, cuando cambia el patrón rítmico de la canción y Fohr, ya desposeída de ataduras, se embarca en una exaltación elegante y soberbia de todas las emociones contenidas en el disco. Sucede a partir del cuarto minuto, puro diamante, cuando la ansiedad —el oro que se oxida— revienta por las cuatro esquinas de sus cuerdas vocales.

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Maleable como todas las grandes canciones, ‘A Story of This World’ es un ejercicio de introspección plena donde elementos tan espirituales y abstractos como la exaltación de la soledad o el temor a la nostalgia parecen vertebrar el intenso espíritu de sus minutos. A mí, durante los últimos meses, me ha servido como refugio y remanso de paz allá cuando estuviera al punto de ebullición, con los nervios descuajeringados, o cuando la empapada melancolía me pusiera el estómago del revés. Fohr entona notas grises y melodías decaídas, pero lo hace con tal prodigio de talento que sus guitarras y arreglos —este es el primer disco, por cierto, para el que ha contado con músicos de estudio en colaboración— siempre logran avivar la hoguera de mis entrañas. Es una delicia, quizá, incomprensible para aquellos que no sientan la misma perversa fascinación por la soledad y sus infinitas posibilidades reflexivas.

Sea como fuere, son siete minutos inconmensurables.

Hardcore will never die, but you will.