Frost* – Falling Satellites

"In the grand scheme of things life is really short, so make the most of every moment you get" — Jem Godfrey, a propósito del nuevo disco, en esta entrevista. Cuando Frost* irrumpió en el negocio

Frost

“In the grand scheme of things life is really short, so make the most of every moment you get” — Jem Godfrey, a propósito del nuevo disco, en esta entrevista.

Cuando Frost* irrumpió en el negocio de la música todos nos quedamos con las patas vueltas. ¿De dónde puñetas venía esto? Eran, literalmente, un vendaval helado que sonaba como no había sonado nunca el rock progresivo: bueno sí, Genesis durante un tiempo. Su debut los convirtió sistemáticamente en abanderados de la vanguardia, responsables del cambio, autores del mismo, deudores si no lo hacía. Una década después, un montón de blogs y reports de doble lectura más tarde —Jem Godfrey, líder del tinglado, ha sabido ilustrar con humor y sapiencia ese Mass Appeal para con los fans, aunque su voluntad por enseñar cada progreso le ha jugado malas pasadas en cuestión de derechos de autor—, el grupo aparece haciendo del silencio arma arrojadiza y de la veteranía post-hit, en tiempos acelerados, un seguro de vida. Ni lo uno ni lo otro tienen mucho que ver en el discurso interno del disco, por suerte.

Jem Godfrey es a lo musical lo que Charlie Brooker a lo visual: un tipo británico que ha derrumbado, mediante exposición tangible y no constructos intelectuales, todo cuanto venía deformando la realidad, bien por alambicada, bien por conveniencia contractual. Frost* es más un altavoz para comunicar un mensaje que una agrupación musical per se. Y su mensaje, como los tiempos que corren, es mutante, esquizoide, a veces fácil de asimilar —«venimos a transformar un género rutilante y aburrido de sí mismo»— y a veces indescifrable —«la música no existe»—. Con ‘Falling Satellites’ (InsideOut Music, 2016), tercer álbum de estudio, uno se cuestiona hasta estas coletillas periodísticas acomodadas: ¿es un disco de estudio o es un estudio en forma de disco?

¿Un disco de estudio o un estudio en forma de disco?

La banda es menos banda y más projecto de Jem. En ‘Falling Satellites’ es tan importante el fondo como la forma

Tras una intro propia del arena rock —‘First Day’—, que podrían encajar perfectamente entre los escarceos de Losers, la banda de Tom Bellamy, cualquiera dudaría de si lo que viene es un disco de house. Suerte que Godfrey, alma mater y buen amigo de Bellamy, es muy de tirar muros en cuanto se presta ocasión. Desde aquí ya se pone de manifiesto que esto es Frost* como podría ser otra cosa. La banda es menos banda y más projecto de Jem. La producción y mezcla, más autoconscientes, insinúan ese deseo manifiesto porque el oyente escuche en primer plano los cientos de trucos y recursos que el productor británico es capaz de lograr con el sonido —que en álbumes anteriores siempre fue parte de un todo, un segundo plano al servicio de la composición—. Se deja claro, así, el primer mensaje: en ‘Falling Satellites’ es tan importante el fondo como la forma, aquello que se cuenta por mor de cómo se cuenta.

Y, ¿ahora qué? ¿Adrian Belew experimentando con los tempos? ¿Unos The Police rehidratados? ‘Numbers’, segundo corte del disco, nos cuenta una historia. Su primer verso, para ser exactos. «30 second paradise, saving up you pay the price». ¿Cuál es el ese precio? El tema sigue: «Send the soldiers out to war, never seen our kind before; Coming under fire we’re near alive don’t stop it now. Numbers, we’re numbers. Death is for the breathing, life is for the leaving». ¿Tenemos a un productor acomodado experimentando con la empatía social, a un demagogo jugando a escribir letras intensitas o a un músico contemplando a vista de pájaro su ecosistema desde dentro, el viejo mundo derrumbándose? Y, a renglón seguido, lo siguiente: «Numbers need numbers feed numbers breed numbers», que recuerda irremediablemente al «Happy With What You Have To Be Happy With» de King Crimson. Segunda referencia.

Frost 2

Me explico. Éste es el tercer álbum que publica Frost* para InsideOut Music, sello alemán que en la década de los 90 aupó a lo más granado del género, la casa con mayores talentos progresivos por metro cuadrado del mundo. Actualmente es subsidiaria de Century Media Records y ésta, a su vez, debe cuentas a Sony Music Entertainment. Previo al reajuste discográfico de 2012, InsideOut jugaba en el bando contrario, con EMI, quien bailaba para Universal Music Group. Esta danza de nombres es intencionado: aunque parezca que semejante marasmo de cuerdas no afecta al producto final que llega a las tiendas, la cosa es bien distinta: Jem tiene un acuerdo contractual de 3 discos, firmado a las formas antiguas. Y Jem ahora es libre, claro.

La teoría dice que este álbum es un cajón de sastre de maquetas y temas amontonados, no necesariamente descartados

La teoría dice que este álbum es un cajón de sastre de maquetas y temas amontonados, no necesariamente descartados —ya veremos cómo, a juzgar por ‘Heartstrings’, las demos pueden resultar en los mejores temas— para liquidar el contrato y empezar de nuevo. Una serie de matices aquí y allá, arpegios e ideas directamente trasladadas de otras épocas —a todo el mundo le pesan 8 años de silencio— para, por un lado, quitarse la espina: engrasar la maquinaria publicando. Y, por otro, limpiar ese background digno-de-CD que todo músico necesita sanear en algún momento de su carrera. Que le pregunten si no a Aphex Twin, tras su gestalt y retorno loco, o a Moby, tras regalar 4 horazas de drones. Sigamos con lo estrictamente musical, retomando el último estribillo de ‘Numbers’: «Numbers, we’re numbers. Years you wasted dreaming, waiting for the meaning. Numbers, we’re numbers. Time that you were leaving, seeing is believing».

El tercer corte, ‘Towerblock’, podría ser un revival de ‘Black Light Machine’ —en referencia al álbum MillionTown (InsideOut Music, 2006), su primer trabajo—. Es una canción de sinergias, consciente de las tendencias que disparan proyectos menores (David Maxim Micic, Project RnL) en escalas mayores (Haken o Periphery), un tema que se rompe y reconstruye una y otra vez, donde el provinciano dirá «anda mira, dubstep» y el curado de espanto asentirá con firmeza y poco más. Vuelve la guerra como un leitmotiv: «This space was a battleground, this place was a war». Vuelve la pérdida de algo irrecuperable como tropo que articula todo un discurso. Y lo único que nunca vuelve es el tiempo.

Laberinto

Vamos ahora con ‘Signs’, otros 6 minutos donde, por fin, la banda compuesta por Jem, John Mitchell a la guitarra (Kino, Arena, Lonely Robot o It Bites), Nathan King al bajo (vinculado a Level 42 e It Bites) y Craig Blundell a la batería (músico de gira de, entre otros, Steven Wilson), parece mostrar visos de permeabilidad, recordando precisamente a esos reformulados It Bites —no en vano Mitchell asume las voces y la estructura cambia a esa fórmula tan suya de estrofa-estribillo, sin pasar por puentes, desarrollándose posteriormente—. Frost* es popular por haber creado escuela pero también por ser sumatorio de un montón de instituciones británicas. Una forma de conclusión de lo que podría entenderse por “Rock Progresivo” en pleno siglo XXI; por los inventores mismos del género. A partir del tercer minuto entra en escena los Muse alla 2001 y recogen el testigo y… no, es broma. De hecho, Muse sólo se limitaron a regurgitar el formulaico rock de estadio —Def Leppard, Queen— en formato y nodo político. ‘Signs’ es, curiosamente, la canción que mejor define la composición de la banda, plagada de armonías vocales, narración profusa e imperceptibles saltos de escala. Ni los mejores momentos de Muse engarzan con los peores de Frost*. A cada cual lo suyo.

Lights Out’ supone la primera ruptura conceptual con “los viejos Frost”. O no. Un capricho ligero en forma de balada dream pop, canon con la estética de ‘Toys’ o ‘Snowman’. Lean la estrofa final: «Dead of night, I think I must be dreaming. I close my eyes. Sleep tight». Rimas fáciles donde la cantante Tori Beaumont hace los coros a Godfrey. Llevamos 4 de 5 canciones con un fade out narrativo como colofón. Pero este sí es un punto de inflexión. Ahora viene una suite de 32 minutos llamada ‘Sunlight’. Sólo que es mentira. Se trata de un MacGuffin que parte el disco en dos y sólo comparte unos segundos en escala y tono.

Algo falla cuando la versión en directo suena más auténtica que la grabada aquí. Hablo de ‘Heartstrings’, el vídeo que teníais de cabecera y que recoge un tema descolgado desde hace 4 años entre las partituras de Godfrey. La banda ha insistido en que ésta fue la primera piedra sobre la que se construyó el álbum, aunque esta versión incluye una lánguida coda instrumental escrita ex profeso y un par de ajustes armónicos. Líricamente es un portento. Instrumentalmente es un tema ideal para radiar y presentar a los medios. Aún con todo, le falta músculo y el pulso de un buen desarrollo. Joder, que estamos hablando de virtuosos.

Closer to the sun’ encaja como un guante en la sonoridad de la banda, una mezcla entre el Brian Transeau más pop y el Jessy Ribordy —de la banda de Oregon ‘Falling Up’— más indie. Hacia la segunda mitad irrumpe, durante 24 compases, un solo de Joe Satriani al que le sigue el propio Jem al railboard en perfecta sintonía, quizá tras las experiencias de girar juntos durante el G3. Con un sonido milliontownizado, Godfrey y compañía parecen sentirse a gusto con una canción que, fuera de como funcione en directo, es demasiado dependiente de sus arreglos de estudio, de representar un arquetipo que puede no encajar con las ambiciones y posibilidades de la banda. El cierre, ya atestado de noises de vinilo y ecos panoramizados, bien podría ir firmado por The Chemical Brothers o unos Archive en sus primeros años. Lo mejor está por llegar.

Crocodiles

War in the numbers, this childhood of mine
6 years of Septembers, best days of my life
I remember the lights from the fires in the sky
They brought us together and taught us to hide

The Raging Against The Dying Of The Light Blues In ⅞’ reitera el Frost* más cínico y posromántico, la capacidad mutante de Godfrey en aglutinar toneladas de conceptos y conectarlos mediante un hilo casi invisible. Esto es lo que persiguieron Pure Reason Revolution y otras bandas hermanas y pocas veces alcanzaron. En el último tercio se dispara un ejercicio de técnica por parte de Blundell, y el colapso instrumental desemboca en una revisión de la melodía principal de ‘Heartstrings’. Pero ya hemos cruzado por esos elementos que hacen de Frost* una banda imprescindible para leer nuestros días: «Same river, same ocean, same life again. Seen seldom relations. Driving in rain. The sum of existence, the years we lost. We all fall back to earth, ashes and dust».

Como decía, el tema que sigue, ‘Nice day for it…’ entronca con ‘Heartstrings’ y revisa el legado de la banda. «Let me be closer to the sun». Como Ícaro, Frost* quiere volar, y Jem Godfrey de la oquedad que impone ser productor al servicio de. Estos Frost* desatados de último ciclo dejan descolocado a cualquiera: hemos estado escuchando una patraña, un juego de espejos, donde Adam Holzman se da la mano con Tony Banks. ‘Hypoventilate’ contesta a ‘Hyperventilate’ pero no como los fans esperan —un clúster de dos minutos lleno de pads y colchones barriendo frecuencias—. El disco no hace sino crecer y todas estas viñetas adquieren forma precisa: ‘Falling Satellites’ narra la vida y recuerdos de un tipo hacia el final de sus días, como un extraterrestre que cae en el planeta Tierra y empieza a recordar su lugar de procedencia.

Sin embargo, su estancia, de un año de duración —donde las estaciones están servidas como metáforas de las etapas vitales—, llega a su fin. ‘Last Day’ confirma la teoría: «Handprints in old concrete. Ghosts we leave behind. Fingers with no feeling. This world I leave behind». Uno de esos grandilocuentes pianos acompañan a voz desnuda los versos de cierre. Sin embargo, para quienes dispongan de la versión limitada, aún quedan 10 minutos de música, escondiendo algunas de las claves troncales.

Temas

Lantern’ es la primera bonus track y vuelve al tono de ‘Snowman’ o la citada ‘Lights Out’. En ‘British Wintertime’ Godfrey recuerda sus horas de estudio alejado de su familia, volviendo a las texturas cálidas y pausadas que crecen en dimensión poco a poco. Esta es una canción importante para él. Yo tiendo a compararla con ‘I Talk to the Wind’ —incluso hay un ligero guiño— por la mitología de la misma: nace de la nada y arrambla con todo. El mejor cierre posible del disco y tal vez la mejor conclusión hasta la fecha. Este es un disco en apariencia más conservador, a sabiendas de esos seguidores que dieron la espalda anhelando un retorno estricto al debut discográfico. Tras unas escuchas, se antoja más arriesgado que ‘Experiments In Mass Appeal’. Incluso mejor disco.

Frost* es más un pretexto escapista, huidizo, que una banda per se

Me quedo con un puñado de dudas: o bien algunas canciones han cambiado de nombre, conservándolo otras —’British Wintertime’ estuvo desde el principio, como ‘Numbers’, pero ¿dónde quedan ‘Exhibit A’, ‘Clocks Go Back’ o ‘Heart Of Violence’?— o realmente Jem Godfrey tiene entre manos otro disco en ciernes, un EP, una suerte de segunda parte, un lanzamiento paralelo, algo. Sea como fuere, con una base firme de fieles frosties, cada nuevo disco se antoja evento cultural del año. Por desgracia, Frost* es más un pretexto escapista.

8,1/10

Una década en la que ha pasado de apoderado de la industria a encontrarse sin trabajo, de la primera paternidad a llevar a sus hijos al instituto, de comer hamburguesas desde The Cube (su estudio) a ponerse a dieta por prescripción médica. ‘Falling Satellites’ funciona como palmario canto al “carpe diem, memento mori” —la propia portada muestra un laberinto con muchas falsas salidas y una única verdadera—, donde esa meta final es la muerte. Pero Frost*, tema tras tema, se encabezona en recordarnos la primera parte de dicha locución latina. Porque, total, es la que nos debería importar. La otra ya vendrá cuando tenga que venir, inevitable.

1985. Escribe cosas a todo volumen desde su cuartel general.

  • Saludos…

    He empezado a leer pero al llegar al segundo párrafo sonó mi sentido arácnido y he sentido el impulso de darle a la bolita del ratón para abajo y abajo y abajo… y me ha entrado vértigo. Lo que he visto me supera. Me suena que ya me ha pasado esto antes por aquí (pasar de todo e ir a mirar la nota ya que estoy aquí abajo) e igual me paso de listo pero juraría que con el mismo redactor. Si es el mismo, seguro que me repito. Algo de contención y otro poco de condensación no te vendría mal en mi modesta opinión. Igual el texto está de puta madre pero recorrerlo así a pelo, acojona y tira mucho para atrás. De gratis no lo leo entero ni loco.

    Nos vemos.