Messenger – Threnodies

¿Los nuevos reyes del prog? Vamo' a calmarno

Mancha

A veces llegamos a los discos con un escepticismo mezquino. Cada obra supone una posibilidad de descubrimiento, pero estamos agotados del perpetuo bombardeo informativo, de la montaña rusa del hype. Y acabamos por vomitar sarcasmos en Twitter a medio digerir. No es fácil hacer crítica cuando sientes que todo está en constante permuta, que juzgar cualquier cosa la mata un poco.

Cuando, hace exactamente dos años, recibí el aviso de «escucha esta banda, es la nueva revolución», me limité a ignorarla. Mi respuesta al debut de Messenger, Illusory Blues (Svart Records, 2014) fue… que no tenía respuesta. ¿Quién hace caso a esos comentarios en clave comercial? Pues bien, he llegado a este Threnodies (InsideOut Music, 2016) con el silencio de la ignorancia y, sinceramente, ha sido la mejor de las decisiones. Porque lo habitual es componer una figura sobre lo que ya conoces, valorar comparando y otras perezas accidentales.

Therenodies es un disco muy bueno. Es coherente, sólido, está bien diseñado y bien parido. Por sí sólo puede poner en el centro de la diana a una banda novel. Se bambolea entre el pop manso de ‘The Pineapple Thief’, el art rock de Gazpacho y, sin avisar, salta al space rock de Hawkwind, o a ese tipo de stoner deprimido propio de Graveyard. Hay que tenerlos bien puestos. Messenger hace bien tantas cosas que es difícil enumerarlas. Está claro que no sólo son compositores, creativos. Son también melómanos, devoradores de música.

La misma crítica que les otorgó el premio Limelight, concedidos en los Progressive Music Awards, que los nominó a ‘Best New Band’, dice que Messenger son una banda madura, que sabe llevar sus influencias a buen puerto, combinarlas, darles el empaque de quien se ve reflejado y las asume como suyas. No lo creo. Para hacer un calco a Beardfish en el tema Celestial Spheres ya está la propia Beardfish que también anda floja de inspiración pero llevan componiendo desde 2001, con nueve horas de música a las espaldas. O, a renglón siguiente, publicar una balada folk como Nocturne, que bien podría entrar en los discos de la última etapa de Opeth, cuando Opeth llevan reformulándose desde hace otras dos décadas.

Digo con esto que a Messenger no le falta inspiración, casi al contrario. Madurez sí. Que a la banda británica le sobra talento y buen gusto, pero que todavía no han dado lo mejor de sí mismos. ¿Qué es lo mejor? Una versión más concreta y contenida, tomando distancia de ese período de experimentación florida que viven en la actualidad. No cualquier banda puede presentarse al mundo como Änglagård, dando una versión final de su sonido desde el primer álbum. Coger lo mejor de cada banda no te asegura el futuro. Aunque… a Led Zeppelin le funcionó.

Es fácil hablar de madurez cuando tienes en las filas a Jaime Gómez Arellano, brillante productor —Cathedral, Ulver o Ghost están en su currículum de trabajos— e ingeniero de sonido colombiano que, en este disco, asume las labores de baterista. Su vasto conocimiento ha arrastrado el mejor sonido de Parabellum o Masacre al Londres nocturno, rodeándose de las mentes más eclécticas de toda Europa. O a James Leach, bajista de Sikth, una de las mejores bandas del underground progresivo, y de Krokodil, proyecto con aires de superband donde compartía plantilla con el baterista, también de Sikth, Dan Foord. Y luego estaría Barnaby Maddick, guitarra y voz, miembro de Purson, uno de los pocos grupo de doom oscuro en la escena londinense, y quien aporta esos coqueteos psicodélicos y proto-punk propios de Black Sabbath, tan presentes en el tema Crown Of Ashes, mi favorita del disco.

Messenger

Pareidolia, como aquella dichosa canción de sus tocayos Haken, se desenvuelve entre territorios de hardrockeros de alto octanaje y Balearic Blue se enrosca en la cabeza con coros a lo David Gilmour, brumosos y llenos de esa fuerza calma que el británico perdió hace cuarenta años. Es asombroso comprobar con qué poco prejuicio sacan estos chicos lo mejor de Uriah Heep o Kansas, de Necromandus, o cualquier locura psicodélica de cabecera, y la ponen en contexto dentro de su universo.

La clave de todo el corpus de influencias, anhelos y aspiraciones de Messenger está en su cover, esa bonus track relegada al último (y secreto) lugar

Y, después, el colofón. El cover que nos regalan al cierre del disco da la clave de todo el corpus de influencias, anhelos y aspiraciones de Messenger. Song Slowly Song son tres minutos del olvidadísimo Tim Buckley, uno de esos genios a la orilla, majestuoso cantante, compositor huraño, y padre del funesto Jeff Buckley. Esa canción resume la capacidad de hacer vanguardia con un puñado de melodías en apariencia inocentes, de llevar cualquier idea hasta un terreno más cerebral. Porque si algo puede achacársele a Messenger es su concentración intelectual, su epilepsia de referencias.

7,5/10

Threnodies —que traduciríamos como “lamentos”— es un ejercicio mutante. Si lo estás escuchando ahora mismo sabes que, en algún momento, te va a saltar un guiño a Pink Floyd y, seguido, otro a Jefferson Airplane. Espero que, entre nombre y nombre, Messenger no se quede como un mero apellido, un apunte al margen. Porque Threnodies es mi sorpresa inesperada. Y, en lo que llevamos de año, ha superado a todas las otras promesas-previstas-vendidas-con-antelación. Uno nunca sabe cuando le dicen la verdad, pero creo que estos 50 minutos de los mensajeros son el mejor regalo que puede recibir un oído escéptico.

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1985. Escribe cosas a todo volumen desde su cuartel general.