Big Ups y todos tus discos favoritos de post-hardcore

Recordar a lo mejor de todo un género y no quedar como una banda clon.

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La fina frontera entre homenajear con buen gusto a tus referentes y quedar como una banda cliché que repite patrones sin aportar. Con géneros donde el margen de maniobra y de innovación es tan estrecho, la cosa se vuelve más complicada. En el caso del post-hardcore, rara es la banda actual a la que no terminemos asociando con alguna banda clásica del estilo. Eso no tiene que ser malo per se, porque siempre se puede llegar a dar una vuelta de tuerca a las señas del estilo para dar forma a un estilo que, aunque no sea renovador, sí sea propio. Todo es cuestión de saber manejar a tus referentes y no dejar que estos te devoren.

¿Pero qué pasa cuando una banda decide mezclar a todas nuestras bandas preferidas en una coctelera caliente a punto de estallar? Pues que salen cosas como Big Ups. Los neoyorquinos se han empapado bien a los clásicos, y se nota. Pero no se conforman con poner el foco en unas cuentas de coordenadas cercanas, si no que se mueven sin pudor por (casi) todo el espectro abarcable por el estilo. De Big Black a Fugazi. De Minutemen a Drive Like Jehu. Conforme van sucediéndose los temas, el grupo va saltando de uno a otro sin perder el hilo en ningún momento, para no dar la sensación de estar ante una marea de nombres que se suceden ante nosotros sin dejar poso alguno. La fluidez con la que navegan entre referentes permite que el trabajo no se les escape de las manos.

La otra seña de identidad que marca a este grupo es su capacidad para volarlo todo por los aires -no interpretar esto como un comentario peyorativo-, de ir removiendo el sonido para hacer que este estalle en nuestras caras. Por supuesto, no es una característica única y que no podamos encontrar también en grupos como, por ejemplo, METZ. De hecho, su primer disco, Eighteen Hours of Static (Tough Love, 2014), recurre a figuras similares a las de los canadienses, sólo que con menos noise y más concreción para hacer canciones de gran pegada.

Imposible no pensar en nombres como el de Steve Albini cuando suenan cortes como ‘Justice’, por ejemplo. Pero aunque la tónica más dominante termine siendo esa, también son capaces de romperte la cadera con la bajada de revoluciones en ‘Wool’, la calma antes de la tempestad propia de Slint para luego desatarse al más puro estilo Drive Like Jehu en el tramo final. El cuarteto es capaz de manejar bien todo esto a base de no dejar que los nombres los devoren y también preparando la base sobre la que ir formando su propia identidad.

El paso adelante necesario para ese desarrollo de su propia personalidad lo han logrado dar con Before a Million Universes (Exploding In Sound, 2016). La paleta de matices se expande, más nombres se cuelan entre sus guitarras y dejan respirar a esos ecos del Spiderland (Touch and Go, 1991) mostrados en el debut. El primer tema ya suena como una de esas pedradas que hace tantos años clavaban Helmet y ahora ni sueñan con lograr hacer. A partir de esa apertura de abanico es donde el grupo logra crecer, mostrándose sólido en su versatilidad y funcionando sin estar recordando continuamente a las bandas a las que acude.

Esa consolidación de la fórmula, camino de ser ya un sello propio, y su capacidad para abrirse a más posibilidades a elevado el techo de Big Ups. Dada su juventud, podemos esperar cosas aún más grandes de ellos en el futuro. Por el momento, son todo un cañón y merece la pena totalmente darles una oportunidad. Porque nunca es mal momento para escuchar todos tus discos favortiso de post-hardcore en uno solo. Así que coged el bidón de gasolina más cercano y prended fuego a la habitación al ritmo de los neoyorquinos.

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