El palacio de Linares – Ataque de amor

Chico conoce a chica, chico se obsesiona con chica y lo cuenta todo en las canciones previas y posteriores a 'Pinta de Tarao'.

linares

Algunos de los discos que más me gustan me han tenido siempre viviendo entre la adoración absoluta y un sentimiento de vergüenza. Me han colocado contra la espada y la pared: me han desarmado por lo sincero, o por lo demasiado lúcido. O por los propios artistas que los tocaban, y sus excesos musicales o estéticos. Me han encantado pero nunca me han hecho sentir cómodo.

Así es como me hacen sentir El palacio de Linares con Ataque de amor: llevo en torno a tres meses enganchado al disco, pero aún me sigo descubriendo con cierto sonrojo, con un “aquí se han pasado de frenada”. Tanto que he acabado por llegar a pensar que, pareciendo un disco sincero, es en realidad una Ópera bufa pop. Es a la vez un acertada disección de perder la cabeza por (des)amor y un choteo más que sano sobre tener que convivir con todo eso en la Era Internet.

Quizás lo que me pasa es que sé, a ciencia cierta, que tengo que dar gracias por haber pasado la adolescencia sin tener una red social a mano. Aquello habría sido una mala combinación.

He hablado de una ópera bufa, porque, por ejemplo, es imposible enfrentarse a ‘Los peces‘ desde una perspectiva totalmente seria. Si vas ceñudo a esa canción de contagioso ritmo clásico, te planteas que sí, que el mundo está lleno de maldad, “los hijosdeputa que no se callan en los conciertos”.

Es cierto, menudos hijosdeputa.

(Aunque alguna vez lo fuimos nosotros).

Pero, claro, no puedes seguir el análisis sin ser mala gente o ser, directamente, un psicópata: “El mundo está lleno de maldad, las chicas guapas que no me miran cuando yo la miro”.

En mi cabeza, El palacio de Linares son Espanto recogiendo el “Pinta de Tarao” de Los Punsetes y haciendo junto a Los caramelos de Charlie Mysterio un disco del antes y el después de aquel tarao.

Está todo lleno de pistas: desde el primer segundo, en que el protagonista se despierta antes que su ligue y, además de dedicarse a mirarla embelesado (como en ‘8‘ de Los Planetas), coge un compás y le empieza a tomar las medidas. “Ataque de amor flipante”, dicen, pero ahí está, imaginando cómo disculparse si la otra persona se despierta.

Es bonito, sí. Y es desasosegante. Como cuando confiesan aquello de que la mejor hora del día es la de “acostarse, mirar por la ventana, masturbarse y ordenar la semana”. A priori, no parece mal plan de soltero, pero “no me gusta dormir porque me quita el sueño, porque me quita tiempo”. La canción tiene un tono entre lo fantasmagórico (esas voces) y lo cristalino (ese punteo). Es como oír a unos Galaxie 500 deliberadamente insomnes, repasando obsesivamente los planes que llevar a cabo “si fueses mi novia”.

Ataque de amor es un dechado de situaciones desarmantes, frases maravillosas (como cuando aparecen el italiano de abajo y sus carbonara; qué portento para hacer fácil algo tan difícil como escribir buenas letras de forma natural), y cancionacas pop no sólo por la música, sino por todo lo que las rodea (los torrents, el Football Manager). El palacio de Linares nunca deciden fingir que son naif: no hay ni una sola pizca de eso.

Y, en fin, no podrían serlo: ‘Hemos quedado‘, donde, al parecer, Tinder (o lo que sea para que este tarao) acaba por juntar al protagonista con su transitoria media naranja, y ahí andan, clavándose los dientes en el hombro y en la frente. Como excusa, al menos, Patrick Bateman podría decir que era fan de los Genesis, que es mejor motivo para hacerse psicópata que ese “Ay, no sé, que es que he cumplido los 30”.

No hay ni un respiro en este disco de amor psicopático: ‘La melena‘ comienza como canción de desamor a lo Donosti (LBV), pero poco a poco se va desvelando, entre caricias, que la estampa no mola tanto: “me da un poco de palo reconocer que atusarte la melena me produce algo de pena”. No te soporto y podría ser, simplemente, tristeza.

Podría. Pero viene justo después de ‘El Puzzle‘, una canción en la que electrifican un listado de todas las cosas que alguien hace por AMOR… tras ver sólo una foto de tus dientes por internet. O de tus piernas. O de tus manos. O de tus ojos. Diferentes fotos, diferentes chicas, recomponer un puzzle de fotos el fin de semana. ¿Tengo pinta de empezar a hablar y perder el control y mirarte mal, taparte la boca, rasgarte la ropa, guardar tu cadaver en el desvan, coleccionarte, saborearte, hacerme un traje con algunas partes?

En Hipersónica siempre habíamos sido más de los Nuevos Hobbies por su querencia indisimulada por el trazo más clásico. Con Ataque de amor, un disco muy autoconsciente (‘Senteemienties‘ está todo el rato viéndose, cantándose y tocándose desde fuera de sí misma) ya no.

Los discos que más me gustan, en fin, son aquellos capaces de cerrarse a sí mismos con un resumen que, a la vez, te descoloca todo. En eso, la absoluta maestría de pop triste que es ‘Recto y Quieto’ no podría hacerlo mejor. Recto no sé, pero roto y quieto sí me deja. Es uno de los discos del año, si es que eso, en este entorno donde a los 10 segundos de tuitear algo ya nadie te lee, aún tiene sentido.

O uno de los discos de MI decada, que eso, al menos para mí, sí lo tiene.

(Podéis saber más sobre ellos en su selección de canciones para Un marino en la orilla)