El tamaño sí importa (XCII): ‘The Dream’, de Thee Oh Sees

La hostia de seis minutos que no se agota nunca.

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Buena parte de los congregados allí no sabía lo que estaba por llegar, pero otros éramos más que conscientes de la tormenta que estaba por llegarnos. El lugar: la KM Disco de Benidorm, concretamente el festival Fuzzville. El motivo: el salvaje historial en directo que atesora una banda como Thee Oh Sees. Capaces de hacer volar por los aires un escenario al aire libre, qué no pueden ser capaces de hacer en una sala cerrada donde impera el calor y las notas retumban en las paredes, un escenario muy propicio para ellos. Sin embargo, no todos esperábamos recibir, nada más empezar, la primera hostia.

Pero vayamos más atrás en el tiempo. El grupo californiano tenía otros músicos en su roster, quitando a John Dwyer, el pilar inamovible sobre el que se sustenta todo, y su estilo no era tan bestia ni tan rotundo. La banda da varios bandazos en varias direcciones, dominando especialmente la psicodelia y los sonidos cacharreros lo-fi. Entonces es cuando surge 2011, el año de su punto de inflexión marcado por un disco que, a día de hoy, sigue siendo su mejor trabajo y uno de los mejores discos de rock de estos días.

Ahí es donde sueltan la hostia.

Recorrer de arriba a abajo una y otra vez un disco como Carrion Crawler / The Dream EP (In the Red, 2011) siempre es un placer. Principalmente porque es inagotable, como los propios Oh Sees en directo, y segundo porque contiene sus canciones más animales, más divertidas y más adrenalínicas. Quedarse con sólo una resulta muy complicado, pero una de ellas ha sido capaz de ganarse la admiración y el cariño de miles y miles de personas, esa es ‘The Dream’.

A priori, Thee Oh Sees no es una banda cuyas canciones cumplan el requisito principal para figurar en esta sección, a menos que acudamos a su versión más psicodélica y tranquilota -’Sticky Hulks’ que hubiera sido muy válida para ser protagonista hoy-. ‘The Dream’ no sólo cumple el requisito de superar los seis minutos de duración, lo hace siendo un viaje acelerado de feroz garage punk que logra mantener el empuje durante todo el trayecto. Dwyer aporreando su guitarra como si no hubiera mañana, hablando sobre sueños sangrientos y disfrutando de su propio sube y baja, dejándonos completamente noqueados. Una dosis de pesadillesca diversión que siempre entra bien y que siempre estás deseando escuchar en uno de sus conciertos.