Fuzzville 2016: dos días de sangre, sudor y purísimo desenfreno

Otro año más, uno de los festivales más apasionantes del país.

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Pocos festivales nos dejaron el año pasado con tan buen sabor como el Fuzzville, un pequeño evento organizado en Benidorm y enfocado de forma casi exclusiva al Garage Rock y al Rock ‘n Roll de nuevo cuño. La idea era simple: reunir a un elenco selecto de grupos nacionales e internacionales, amontonarlos en un cartel trepidante a lo largo de dos días y encerrar a las decenas de asistentes en una antigua sala de la ruta valenciana, la KM, mientras pierden kilos y kilos de peso por los poros y se zambullen en litros de cerveza y kilos de comida rápida. ¿El resultado? Os lo contamos en su momento: una gozada.

No esperábamos menos de este año, y no ha vuelto a defraudar. Quizá el cartel ha estado ligeramente por debajo de la media del año anterior, aunque ha contado con una incorporación bárbara en forma de Thee Oh Sees, pero ha sido un detalle menor: en líneas generales, los conciertos han vuelto a ser tan trepidantes como acostumbraron doce meses atrás, y el aspecto del festival ha sido inmejorable, culminado dos noches consecutivas con una sesión DJ estelar. Sin más, aquí va nuestra crónica.

Mohorte

Las veleidades de un viaje tan largo por carretera de Zaragoza nos hicieron perdernos el primer plato fuerte del día, La Luz, pero llegamos justo a tiempo para entrar en Guida, los italianos que se empeñaron en revivir aquel ajado espíritu del 77 y que, con una pose eminentemente Rock, lo hicieron a las mil maravillas sobre el escenario principal. No es mi parte favorita del pastel y no es la clase de grupo que me interese en mi día a día, pero en directo ofrecieron un sólido desempeño: a esas horas el ambiente estaba ya cargado, la sala era una caldera total y la gente comenzaba a entonar con el espíritu del festival.

Ideal, pues, para que la mayor parte de nosotros nos desplazáramos acto seguido (y previo paso por barra y por terraza para refrescarnos tras el insoportable calor de la KM) al escenario pequeño, una delicia para todos aquellos que amen codearse frente a frente con sus grupos favoritos. Allí tocaban Los Claveles, que a priori eran un grupo raro para un festival como el Fuzzville: animados sólo a ratos, con múltiples medios tiempos y con canciones que, como ‘Ojos’, resultaban demasiado lentas encadenadas entre cosas tan abrumadoras como ‘Estación de autobuses’ (que sonó regular) o ‘Las inquietudes de Blanca María’. La recta final solucionó toda clase de dudas al respecto: el encadenado de ‘La Ruta Destroy’, ‘Estafas’, ‘La Pena Negra’ y ‘Mesetario’ es una cosa insueprable, predispuesta para la locura.

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Sucedió lo que tenía que suceder con estrofas pensadas para convertirse en himnos generacionales (“pronto no volverá a ver brillar la luna de Valencia” y, bueno, la totalidad de ‘La Pena Negra’, que todos la sufrimos al día siguiente tras los innumerables chupitos de tequila): pogo, saltos, botes, fiesta, sudor a cascoporro. Un comienzo titubeante para un cierre en hermandad berreando “las noches no son para dormir”.

No lo eran, no. Acto seguido tocaban Mujeres en el escenario grande, así que lo sensato era desplazarse de nuevo al hornillo para, previo paso de nuevo por la barra y por la concurrida terraza (siempre repleta de asistentes menos interesados en los conciertos del momento, y a salvo este año de las incomodidades de las tormentas veraniegas), encomendarse a la liturgia regular de Mujeres, un grupo que nunca, nunca falla en directo. Aunque falló uno de sus miembros: los barceloneses se presentaron sobre el escenario sin el guitarra solista (con sorna incluida: “Estamos hartos de solos”), lo cual mermó sus capacidades. El sonido de Mujeres resultó más plano y directo, y en las canciones de aspecto más garagero el truco funcionaba (porque son buenísimos), pero en aquellas más pausadas o más melódicas los punteos se echaban en falta. Mucho. Pese a todo, el elenco de canciones es tan insuperable que ni siquiera un hándicap así les tumba: ‘Vivir sin ti’, ‘Aquellos ojos’, ‘Lose Control’, etcétera, y el casi cierre final con la versión de ‘No Volveré’ de Kokoshca, que nos puso a todos del revés.

¿Al final? Pues bastante bien. Les vi unos meses antes en Zaragoza, con la banda al completo, y sonaron mejor. Pero escasas cosas se pueden echar en falta de un concierto tan vibrante.

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En fin, empalmamos de forma casi directa (aunque bastante lateral) con Ángel y Cristo, y llegamos en plenitud de condiciones a la no menos plena actuación de Nobunny, que estaban quemando de nuevo el escenario grande. A estas alturas de la noche el calor se había apoderado de todo el mundo y era complejo acercarse a menos de seis filas al escenario principal y no notar un espeso mando de calima cayendo sobre tu cabeza. Todo el mundo tiraba de abanicos improvisados o, mejor aún, se dejaba llevar por el sudor. Nobunny casaban a la perfección con la estampa derretida de la KM: extravagantes, vestidos de conejos, tocando a toda velocidad y cuadrando una actuación a pedir de boca. La inclusión de Nobunny parecía el colofón perfecto a la escena surrealista en la que el festival, al igual que el año pasado, se convierte cuando las horas se amontonan sobre las espaldas. El calor ejerce de psicodélico improvisado y difumina la realidad, excelente cuando la noche se cruza en el camino de todos.

Se nos escapó la noche entre Las Membranas y Hollywood Sinners y terminamos disfrutando de la suavidad elemental de Annie Villamarzo y Turista Bang Bang, que nos condujeron hasta casi las seis de la mañana con la leve sospecha de que aquella buena gente no quería que fuéramos a los conciertos de las tres de la tarde del sábado. Pese al evidente boicoteo de nuestros planes, los cumplimos.

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Y allí aparecimos, en la Sala Rockstar dispuestos ver a Sen Senra y Los Bengala. Benidorm lucía tan apocalíptica como siempre: espantosos bloques de hormigón por doquier y hordas de ingleses sin camiseta y repletos de horrendos tatuajes abalanzados sobre pantallas gigantes (jugaba el Manchester City contra el Manchester United, de modo que el ambiente era clásicamente británico). Tocó primero Sen Senra, al que no tenía especialmente escuchado, y entró en mis oídos aún titubeantes de la noche anterior como la seda: Rock ‘n Roll de toque oscuro, interpretado a las mil maravillas, con un flow tremendo y aportando ese golpe de nervio que, desde mi punto de vista, hace de Allah-Las un grupo algo soso (aunque delicioso en directo). Sen Senra no lo tenia todo (podía resultar plomizo y monótono, por ejemplo), pero sí la clase de Rock suave pero de corte turbio que viene a las mil maravillas en una sala como la alicantina y a una hora tan poco propicia para un concierto como las dos de la tarde.

Además, ejerció de anticipo ideal para (nuestro) plato fuerte del día: Los Bengala. Una barbaridad, otra vez. La expectativa de no sudar gracias a la generosa climatización de la sala se perdió como lágrimas en la lluvia cuando ‘Sé a dónde voy’ comenzó a sonar. A partir de ahí, Los Bengala encadenaron las canciones estratosféricas de Incluso Festivos, pensadas para ocasiones como esta. El público estuvo relativamente pausado hasta la traca final, con ‘Jodidamente Loco’ y ‘No hay amor sin dolor’, los himnos que acostumbran a cerrar sus conciertos. Hubo versión de Los Saicos, intensidad con ’65 días’ y adelanto de su segundo disco, Año Selvático (y que sonó a las mil maravillas). Tuvieron que tocar con otro batería dada la lesión en la clavícula de Borja Téllez, que en su lugar procedió a hacer de frontman-showman para deleite del personal.

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Previo descanso en el cámping nos preparamos para la traca final de nuevo la sala KM, ya por la tarde. Retomamos nuestra aventura con The Kids en el escenario principal. Fue posiblemente el concierto más anodino y decepcionante de los dos días, una de las pocas faltas que se pueden marcar en este Fuzzville 2016: sonaron mal, el concierto careció de vibración de cualquier tipo y dio la sensación de que su tiempo ya había pasado. Salimos de allí un tanto alicaídos y nos topamos con La Moto de Fernán en el escenario pequeño, y aquello fue como la noche y el día. A mitad de camino entre lo que hicieron Los Bengala por la mañana y un concierto de Hardcore en los sótanos de Minnesota, La Moto de Fernán puso el escenario del revés, tocaron a una velocidad endiablada y lograron ensimismar en la pura locura a todos aquellos que tenían delante. Fue un aperitivo perfecto para la traca gorda de la noche: Thee Oh Sees en el escenario grande. Muerte. Sudor. Felicidad.

Pasan los conciertos, se amontonan en el recuerdo, y las sensaciones siguen siendo las mismas. Al igual que en sus discos, da igual cuántas veces hayas visto o escuchado a Thee Oh Sees en directo: al final, siempre cumplen las expectativas, nunca logran arrastrarse por la monotonía. Ya sea abriendo a tumba abierta con ‘The Dream’ y obligando a todo dios a pelearse en el pogo o cerrando con diez minutos de improvisación nerviosa: Dwyer hace de la euforia, la expresividad sonora y la entrega absoluta atributos esenciales para su concepto de profesionalidad. Thee Oh Sees son profesionales, tocan como profesionales, son una máquina engrasada que repite sus compases año a año, y sin embargo, por algún talento natural, logran parecer armónicos y expresivos como la primera vez, en absoluto artificiosos o prefabricados. Eso tiene un mérito indudable. ¿El concierto? Salvaje: no he sudado tanto en mi vida, todo el mundo terminó sin camiseta y ni siquiera ‘Sticky Hulks’ sirvió de reposo.

Previo paso por el cámping para prácticamente cambiarnos toda la ropa (todas las prendas estaban chorreando, parecían pasadas por una bañera, pantalones incluidos: fue una cosa alucinante), tocaba reposar el chute adenalínico de Thee Oh Sees y un concierto, otro más, excelso, brutal. Lo hicimos después ya dentro del Fuzzville con la gratísima sorpresa de Radioactivity, a los que no tenía controlados, y con los magníficos Terbutalina, un jolgorio sobre el escenario pequeño de divertidísima factura. El cierre de conciertos lo ofrecieron Los Chicos, ideales para poner punto y final a un festival que siempre avanza a una velocidad al punto del colapso. Frenético y convertido en una gran hermandad, el Fuzzville es el aquí y el ahora de los festivales en España.

Black Gallego

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El cartel de este año a priori parecía (un poco) menos potente que la edición del año anterior, pero el Fuzzville volvió a resultar triunfante gracias a virtudes que ya podemos contar como señas de identidad: primero, es un festival que cuenta con bastante encanto que logra transmitir el buen rollo por el ambiente incluso en las condiciones más adversas -el calor sofocante en el escenario principal volvía a ser protagonista-, y segundo es capaz de encontrar grupos divertidos hasta debajo de las piedras, por lo que es muy complicado encontrar un concierto que se pueda calificar como malo.

Por determinadas circunstancias, el grupo que se encargó de darnos la bienvenida a nosotros a la Villa del Fuzz fueron los italianos Giuda con su gamberro glam rock. Mostraron mucha actitud y garra hasta en las canciones menos notables, sus guitarras eran todo un chute de energía y la presencia de su frontman fue arrolladora y no fue la más carismática de la noche del viernes porque le salió un duro competidor más tarde. Pero antes de hablar de ello pasaremos un rato por el escenario Rufusville -estupendo homenaje al fallecido Paco Rufus– para ver cómo Alsa nos lleva a todas partes. Seguramente mi compañero se encargará de relataros con los más ornamentados adjetivos el concierto, pero yo, como representante de ese grupo de gente más corriente que empieza dos metros más atrás de donde acaba un pogo de Los Claveles, puedo resumir nuestra impresión en un “lo pasemos bien”. Es imposible no contagiarse del espíritu de temas como ‘Estafas’ o ‘Mesetario’ y negar la evidencia a menos que te empeñes en dejarte la venda sobre los ojos.

Toca pasar al que para mí fueron los grandes triunfadores de aquella primera noche. Mujeres lo tenían todo para petarlo, incluso con la impactante ausencia del guitarra solista -que se terminó notando- que les redujo al formato trío. Estos tíos sudan energía, alcohol y rock’n’roll, no pueden evitarlo como tampoco pueden dejar de contagiarlo. Con el acelerador bien pisado durante casi todo el concierto, el grupo nos sacudía continuamente latigazos vitalizantes y adrenalínicos, incluso cuando rescataban sus canciones más ye-ye como ‘Aquellos ojos’ o la irresistible ‘Vivir sin ti’. Fue un no parar de diversión y hooliganismo, cerrado a las mil maravillas con esa versión de la estupenda ‘No volveré’ de los Kokoshca.

Antes mencioné que el cantante de Giuda se quedó cerca de ser la actuación con más carisma de toda la noche, pero entonces llegó Justin Champlin disfrazado de su alter ego Nobunny y dejó el listón inalcanzable. Su actuación se fundamentó principalmente en el derroche de personalidad del frontman -a las canciones en sí les costaba un poco más llegar a ese nivel- y nos dejó una buena sonrisa en la boca. Se encargaron de mantener el entusiasmo unos Las Membranas resucitados, aunque con más moderado acierto que con auténticos flashes de calidad. Sin embargo, estuvieron más certeros que unos Hollywood Sinners que optaron por la vía más rápida y más punk, pero no llegaron a ser tan llamativos.

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Al día siguiente tocaba pasarse por la sala Rockstar ya en plena Benidorm de manera temprana. Conciertos tan tempraneros no suelen motivarme, pero había una buena razón de peso para pasarse por allí pasado el mediodía. Tras el agradable calentamiento de Sen Senra, nos fuimos desplazando lo más cerca posible para vivir lo más intensamente posible la descarga eléctrica de Los Bengala. Qué animales. Ni la lesión de clavícula de su batería era capaz de frenarles e ir escupiendo su feroz y salvaje rock garagero, recorriendo de arriba a abajo su inagotable Incluso Festivos (Wild Lion, 2015), motivándonos a venirnos arriba por completo con piezas del calibre de ‘Sé a Dónde Voy’, ‘65 Días’, ‘Máquina Infernal’, ‘Jodidamente Loco’, ‘No Hay Amor Sin Dolor’ o su fabulosa versión del ‘Creo que te voy a dejar (Bueno, no sé)’ de El Niño Gusano.

Entrando ya en la noche en la KM Disco, fuimos a ver si el resurgir de The Boys iba a ser tan satisfactorio como el de otros veteranos que deslumbraron el año anterior como The Kids. No llegaron a ese nivel, pero un caramelito de power pop rara vez suele venir mal y los ingleses cumplieron bastante bien, a pesar de la sensación de que quizá les faltaba un poco más de gasolina. Es posible que dicha gasolina se la robaran La Moto de Fernan, una de mis espinitas del año pasado que me quedé con las ganas de ver, ya que se dedicaron a rociarla por el escenario Rufusville para incendiarlo. Su estética es puramente rock’n’roll, pero se les nota demasiado que por su venas corre el espíritu de Black Flag. Tocaron a una velocidad infernal, sin casi tiempo al más mínimo descanso, y arrollando con todo a su paso, dejando una de las actuaciones más potentes y sólidas del festival.

Uno de los primeros nombres en ser anunciados fueron los imprescindibles Thee Oh Sees y todos los que los conocíamos teníamos claro que iban a ser los dominadores absolutos de todo el festival. Si en un festival al aire libre como el Primavera Sound ya son una apisonadora, en una sala como la KM ya iba a ser para volarlo todo por los aires. Y lo corroboraron. Hoy en día se pueden contar con los dedos de una mano las bandas con un directo tan brutal como el suyo. Y lo mejor de todo es que nunca cansan. John Dwyer y los suyos no venían con la intención de hacer prisioneros y lo demostraron al comenzar con la bestial ‘The Dream’. A partir de ahí, el despliegue de intensidad fue incesante, con el público entregado en un pogo continuo y demoledor aderezado con un buen mar de sudor -el calor del escenario principal no fue precisamente una ayuda- que nos dejó molidos y destrozados, pero totalmente satisfechos. Se pasaron el festival. Ahora sólo cabe preguntarse cuándo tocará el próximo concierto.

Una vez recuperados, los gallegos Terbutalina se encargaron de volver a ponernos el ritmo en el cuerpo y el rock en la sangre. Lo suyo también es la vía rápida, como tantos grupos de este festival, pero ellos la emplean bien para canalizar sus eléctricos impulsos. Sin complejos y sin enormes pretensiones, sólo punk tocado muy fuerte y a buena velocidad para que la diversión no pare. Algo que quizás nos faltó un poco con Los Chicos, intentando que su actuación fuera arrolladora pero quedándose un poco en las buenas intenciones. Estuvieron correctos, pero sin grandes alardes. Tras todo esto, ya estamos deseando ver qué nos tienen guardado para su tercera edición.

Fotos | Blue Indigo Studio