Kevin Morby, alcohol ligero, Bojack Horseman y el esquivo, vacío ideal de felicidad

Ninguna botella de vino ha sido fulminada durante la creación de este artículo.

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Escribir es terapia, siempre lo ha sido y siempre lo será. En el fondo de su corazón, Camus, Márquez y Cervantes sólo aniquilaban los fantasmas internos que sus vidas, sus entornos, habían ido creando a lo largo de los años. Escribir es conflicto y, en muchísimos sentidos, drama, un drama no siempre escenificado en el resultado de los textos, pero sí, al menos en mi caso, en los demonios internos que chocan, se saltan los dientes y se abren en canal mientras las palabras se deslizan sobre el teclado. No compongo, pero quiero imaginar que el proceso de creación de una canción también es así. Una lucha a muerte entre uno mismo y uno mismo, la peor y más desesperada batalla que la humanidad ha visto desde el origen de los tiempos.

Yo llevo mucho tiempo sin escribir sobre escribir, que es lo mismo que escribir sobre uno mismo. De modo que llevo mucho tiempo alejado de la terapia. En su defecto he recurrido al vino, a la contemplación espiritual y a la música. En el largo periodo de sequía creativa he encontrado al menos un disco que ha explorado todos los caminos filosóficos en los que llevo inmerso desde que la (in)madurez emocional e intelectual atacó mi espina dorsal: Singing Saw (Dead Oceans, 2015), de Kevin Morby. Las mismas dudas, la misma exploración interna, los mismos espacios vacíos que amenazan al presente desde el pasado, la misma mezcla frugal de alcohol, una bienvenida y artificial paz ambiental y ligera épica embadurnada de psicodelia.

Sucede que he pasado meses enclaustrado en el laberinto de canciones como ‘Black Water’ o ‘Drunk on A Star’, hasta el punto de ensimismarme en Morby y en mí mismo en modos que tan sólo había explorado años atrás. Cuando la terapia está ausente, sus sustitutos a menudo son más exagerados y consistentes, más falsos pero también más destructivos. Es posible que haya construido todo el armazón teórico en torno a una ilusión, pero no puedo evitar encontrar paralelismos en la particular obsesión que Morby desprende sobre la figura del “destroyer” y de la destrucción, tanto en ese “destroy the destroyer” de ‘I Have Been to the Mountain’ como en, claro, ‘Destroyer’, la historia de alguien cuyas pisadas sociales son la exuberante liquidación de todo lo que le rodea.

La historia de BoJack Horseman.

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No hay casualidad aquí: cuando en la recta final del décimo capítulo de la segunda temporada de BoJack Horseman comienzan a sonar los acordes instrumentales de ‘Parade’, sin duda la más brillante composición de Morby en su anterior disco, la serie cobra un cariz casi mesiánico, revelador en su verdad amarga y solitaria de la vida. BoJack observa el mundo reconstruirse a su alrededor, ensamblarse a partir de pedacitos de dolor que habían sido arrancados de vidas una vez estables, quizá felices. De fondo suena la charada funeraria de Morby, en una canción que habla de buscar ideales perdidos ya en las tinieblas de la memoria y de sumergirse en un desfile mortuario e impostado hacia aquello que llaman amor, aquello que llaman felicidad.

Tanto BoJack como Morby llegan a la misma breve, sucinta y descorazonadora conclusión: la felicidad es una construcción social. Olvídate de ella, es una ramera

En el universo de BoJack, la felicidad, el amor que suele ir asociado a la misma por convención social o por imposición propia, es tan sólo búsqueda, errática investigación. En ‘Parade’ de Morby, la muerte ejerce de simbología de tales convenciones e imposiciones, de tiránica obligatoriedad. Sólo vas a ser feliz si dejas de buscar aquello que llevas buscando durante años, intenta comprender BoJack, disfraza de forma sublime y dylanesca Morby. Y como pedir a cualquier ser humano que abandone su particular dramaqueenismo, la desesperanza vital que tanto sentido de superación otorga a los días —y tanta tristeza, claro, pero he ahí la respuesta—, es pura ilusión, una tarea quijotesca, tanto BoJack como Morby llegan a la misma breve, sucinta y descorazonadora conclusión: la felicidad es una construcción social. Olvídate de ella.

Supongo que el dibujo de espacios de idealización a través del alcohol y de la evocación onírica es lo que hace de Singing Saw un disco tan poderoso y empático. Y el mismo motivo por el que un alegato del amor tan adolescente y dulcificado como el realizado por Angel Olsen en ‘Shut Up and Kiss Me’ funciona en el mismo plano, porque aborda la felicidad emocional desde el único prisma en el que se puede romantizar: la exagerada parodia y el sano sarcasmo. Frente al laconismo de Morby, Olsen opta por la exageración retórica, por el histrionismo y por romper los papeles de la cordura y volarlos como confeti, por los aires, esclavos del viento. Es la otra cara de la terapia, de la angustia vital, de la vida devorada a bocados.

Y así, un año después del crush más desmpampanante que recuerda mi memoria, idealizado y sonoro, termina mi terapia. Hay preguntas pero sólo brumosas respuestas. Hay dudas pero sólo esquivas certezas. Hay dolor y sólo ocasional plenitud. Pero, ah, ¿qué es la felicidad? Y tú me lo preguntas. Felicidad es nada, es todo, es terapia.

Hardcore will never die, but you will.

  • Manu Boado Martín

    Un placer tenerte de vuelta entre nosotros, Mohorte.

  • Bad Twin

    Joder, qué alegría de vivir. ¿Tienes un pie en la tumba o qué?