Kiran Leonard y las múltiples identidades del hombre que huía de sí mismo

El más complejo y excitante acontecimiento musical del año.

kiran-leonard

De haber nacido en otra época, Kiran Leonard hubiera sido poeta maldito en el siglo de oro español, bohemio trovador en los años oscuros de Inglaterra, romántico revolucionario en el XIX francés, cartelista adicto en el París de Toulouse-Lautrec, creador absurdo en el Dessau de Moholy-Nagy, borracho exiliado de la Viena de los genios, fugitivo fronterizo en la América destinada o visionario queer en el San Francisco de Harvey Milk. Como es hijo cultural de las dos primeras décadas del siglo XXI, un estadio de la evolución humana donde hemos decidido arruinar a todos nuestros héroes épicos, Leonard tan sólo es un compositor desgarbado y semidesconocido de Liverpool. A cambio, ofrece un inusitado talento mimetizando doscientos millones de intérpretes e ideas y mimetizándolas en torno a canciones complejísimas pero coherentes.

Kiran Leonard podría haber sido todas esas cosas, y las podría haber sido a la vez. Un mero repaso a las referencias que The Quietus dedica a Grapefruit (Moshi Moshi, 2016), su enésimo pero más reconocido trabajo, revela la abrumadora talla del compositor británico: Rufus Wainwright, David Gray, Michael Buble, Britt Walford, Jonny Greenwood, Thom Yorke, Thurston Moore, Kevin Drew, Warren Ellis, Stuart Braithwaite, David Longstreth, Richard Dawson, H. P. Lovecraft, Dirty Three, Andrew Bird, Gareth Liddiard, Jeff Buckley, Glen Schenau, William Shatner, John Henry, Jason Molina y Garrett Dillahunt. En apenas un puñado de párrafos, Leonard se convierte en el hombre de las mil caras, un artista esquivo y vertiginoso al que asusta acercarse.


¿El natural producto de la exageración retórica de los críticos? No tanto. Veamos cómo trata de resumir él mismo todo lo que inspira o deriva en ‘Don’t Make Friends With Good People’, la pieza de diez minutos que vertebra el ecuador del disco tan sólo un peldaño por debajo de ‘Pink Fruit’, la obra de un cuarto de hora que coloca a Leonard a la cabeza de su generación. Dentro name-dropping:

fela; cj gocher; bob weston; “i don’t know if i can get over this” (r dawson, 2011); the stretch of road that connects greenfield with holmfirth; isobel who will not go you-know-where because of a drunken persistence; lizard lick towing; acrobatic tenement; d longstreth and a coffman’s guitar playing on rise above; zach hill’s drumming on the homeboy ep; bongo dave; arsenal fans; judee sill; hebden; roddy doyle; red bull te dá aaaaasas; harrop edge lane; on one’s own; shirking villainy & despondency


Eso-es-un-montón-de-información. Y todas esas referencias llevan aquí, a Grapefruit.

grapefruiti

Para tamaño arsenal de nombres resulta imposible encontrar una etiqueta que defina con precisión la música de Kiran Leonard. Sus canciones, a menudo largas, siempre estructuradas en torno a secciones dispares y que abren su rango creativo hasta límites exagerados, oscilan entre el Indie Rock clásico, el Post-punk, el Avant-folk, la música concreta, los Plunderphonics, la música de cámara, el tremendismo del trovador contemporáneo o el Hardcore. No es una exageración: sólo en ‘Pink Fruit’ es posible encontrar al menos algo de todo ello. La canción se inicia de forma elemental y evoluciona en su primer cuarto —el del videoclip— al modo de un poderoso medio tiempo Indie Rock. Resuenan los ecos de aquellos Radiohead primarios o de un Buckley menos etéreo. A la altura del minuto cinco la canción se frena, entran los violines y las trompetas y Leonard se embarca en un viaje impreciso hacia el Ambient, el Drone y la improvisación ruidista —con conversaciones de fondo—.

En apenas diez minutos ha condensado más ideas en (media) canción que el resto de grupos de su no-órbita en toda su carrera.

No termina ahí: Leonard retoma el tono y la estética del primer cuarto a través de un crescendo de carácter sonicyouthesco y que evoca claros paralelismos con ‘Paranoid Android’ —y quizá más brillantes—. Las guitarras se encienden, los coros necróticos dominan el ambiente, Leonard pierde el control de su voz, se arrastra hasta el histrionismo y alcanza uno de los momentos culmen de este 2016 y quién sabe si de la década. Una barbaridad donde se cruzan las capas de puro ruido y de guitarras —sin pedales: el espíritu Hardcore pervive aquí y en muchos otros lugares del disco—. Cuando la ascensión rompe en el clímax de ‘Pink Fruit’, Grapefuit roza el firmamento. Pero lejos de conformarse con ello, acto seguido Leonard deconstruye de nuevo la canción, introduce otra sección pausada, ruidista y experimental y se lanza primero a un episodio de Math Rock y después a un cierre baladesco al modo de The Drones absolutamente demencial. Todo esto en una canción. De dieciséis minutos. Pero en un todo.

grapefruitii

¿Cómo encontrar coto, límites a semejante torrente creativo? Pese al aspecto ambicioso de la música de Leonard, sus presupuestos son sorprendentemente punk, por otro lado: ‘Don’t Make Friends With Good People’ es un ciclo repetitivo de arriba-abajo, transiciones dinámicas que llevan la canción desde paisajes preciosistas en su ecuador —con juegos de cuerdas deliciosos incluidos— hasta arrebatos de furia al uso de At The Drive-In, donde la composición se autodestruye en un frenesí de violencia. Un vaivén permanente que parece resumir las dos almas de Leonard y su incapacidad total para resumirse en torno a una emoción u otra, en torno a una fase sonora u otra. Leonard siempre necesita explorar todos los rincones de su alma cada vez que compone una canción, y dado su descomunal talento, el resultado es a menudo satisfactorio.

¿Es huída o exploración interna? Es complicado decirlo, pero Grapefruit sí parece el producto de una mente que atraviesa con igual de efusividad el self-loathing y la celebración de las virtudes propias. Si es huida, no ha de interpretarse en términos negativos: Leonard convierte sus oscuras inquietudes y su indefinición permanente en una forma de elaborar canciones repletas de suites y secciones imposibles donde lo relevante es el torrente continuado de sensaciones, y no el resultado final.


Porque el resultado no siempre es tan excelso como en las dos canciones que definen Grapefruit. Hay otras menos inspiradas: le sucede a la frustrada hipervelocidad de ‘Exeter Services’ o al amaneramiento de ‘Secret Police’, una apertura que podría condenarle al olvido en cualquier oído mínimanente racional. Pero Leonard no está en absoluto interesado en explicar sensaciones tradicionales. Su aproximación a la composición musical siempre es un ejercicio de riesgo donde los extremos están en permanente maleación. Así, cuando adopta las enseñanzas de ‘Eleanor Rigby’ se las lleva al carrusel de subidas y bajadas en la escala musical que es ‘Caiaphas in Fetters’, un ejercicio de amabilidad Folk transformado en una compleja e intrincada balada incapaz de encontrar acomodo inmediato en la memoria. Es oscura y luminosa, regala rincones a los que no quieres regresar y a los que siempre deseas volver al mismo tiempo. Es una locura.

Lo mismo se puede decir de ‘Half-Ruined Already’ o del tremendo cierre de ‘Fireplace’. Leonard es un Buckley aún-más-atormentado y aún-más-consciente de su talento que no teme acudir a la exageración lírica y vocal de un modo que Buckley jamás imaginó. Grapefruit se deja llevar por excesos que otros artistas en los que el británico encuentra referencias nunca hicieron. Es parte de su indudable encanto, de la torcida e incandescente belleza que resulta tan nociva como atractiva, como la peor droga.

grapefruitiii

Habrá quien se atreva a resumirle a un mero Radiohead-meets-avant-garde, pero sería del todo injusto y simplista. Nadie está haciendo lo que Kiran Leonard tiene ahora mismo en la cabeza, y es una bendición, porque resulta impredecible conocer los caminos que atravesará en el futuro. ¿Se lanzará a los momentos puramente pop, por melódicamente irresistibles, escondidos en ‘Öndör Gongor’ u optará por la definitiva catarsis experimental esbozada a lo largo de todo Grapefruit? No lo sabemos, no podemos siquiera entrever la respuesta a la pregunta, y pocos atributos cotizan tan a la baja hoy en día como la imprevisibilidad, la capacidad de haber reinventado un género que llevaba años estancado en las mismas aguas.

Grapefruit es una experiencia agotadora que, al cabo de su escucha, torna en sensaciones contradictorias y pensamientos de lo más imaginativos. Su riqueza es tal que el mareo, el Stendhal pero también la náusea por tal vómito conjunto de ideas, es natural. A mí Leonard me ha agarrado por la pechera y aún no me ha soltado: encuentro en Grapefruit el conjunto adecuado de locura adaptada a la realidad terrenal, de abstracción artística hilada a emociones humanas —bajón existencial y emocional, euforia violenta ante acontecimientos nimios, dramatismo despojado de todo histrionismo lírico, amarga quietud en la belleza floral— que puede acompañar mis días. O los días de cualquiera. En esencia, el auténtico privilegio de Leonard es convertir la música experimental —porque lo es— en algo adictivo y recurrente, en algo a lo que deseas regresar por pura perversión o admiración, o por el resultado deforme de ambas. En convertir en pop la complejidad absoluta.

POST TAGS:

Hardcore will never die, but you will.