La Luz: alcanzar Benidorm sobre una gigantesca ola negra [Especial Fuzzville 2016]

Ese soplo de aire fresco que andabas buscando.

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El año pasado, pocos conciertos encandilaron tanto a la audiencia como el ofrecido por Allah-Las. Tras un día de trepidantes grupos tocando a la mayor de las velocidades posibles, desplegando un estruendoso ruido y provocando que el escenario grande de la sala KM se convirtiera en una insoportable sauna, Allah-Las tomaron por la fuerza de la delicadeza el corazón del personal. Suaves, elegantes, con una finura técnica encomiable, sus canciones —en sus discos, como vimos con motivo tanto del primero como del segundo, no especialmente singulares— sentaron como un soplo de aire fresco —literal—, como el necesitado impás surfero-californiano que todo festival de Garage necesita.

Pues bien, este año espero exactamente eso de La Luz.

Shana Cleveland, Marian Li Pino, Abbey Blackwell, Katie Jacobson tienen exactamente todo lo que ha permitido que Allah-Las llenen repetidas veces salas en España y se embarquen en portentosas giras europeas. El sabor de la California clásica de los sesenta, un tono Surf de aires góticos y oscurecido a propósito —el campanaamuertismo del Garage— y el aire colocado que parece insuflar el Pacífico a todos los grupos de la costa oeste estadounidense. La Luz son de Seattle, Washington, pero casan a la perfección tanto con la nueva como con la vieja escena californiana. Tanto que se mudaron a Los Angeles para estar más cerca del mello, de gente como Ty Segall, el omnipresente hombre-don del Garage de nuevo cuño, sobre cuyos hombros recayó la responsabilidad de producir el segundo disco de La Luz, Weirdo Shrine (Hardly Art, 2015).

La Luz venían de firmar un primer disco estupendo, muy fino. Aquel It’s Alive (Handly Art, 2013) contaba con todos los ingredientes estereotipados imaginables, pero los aplicaba con tino y gracia, especialmente en canciones como ‘Sure As Spring’ —y el espíritu tarantinesco— o ‘It’s Alive’. A lo largo de sus escuetas once canciones se escuchaban los ecos de toda la escena original e instrumental de Surf Rock, pero aderezados ahora con la melosa voz de Shanon Cleveland y con melodías pop dignas de unos Veronica Falls atrapados en la trampa de los sesenta. ¿Le faltaba recorrido a largo plazo a la fórmula de La Luz? Si era así, no lo aparentaba en It’s Alive, un disco al que se puede volver una y otra vez como quien recurre a las palomitas del cine: repetitivo, tradicional, zona de confort, pero siempre agradecido. Fuera así o no, Weirdo Shrine quiso dar un paso más allá.

La Luz podrían ser ese concierto que te sirve de remanso de paz y de apreciación melódica en un festival repleto de bandas anfetamínicas, sudor y volteretas por doquier. El descanso delicioso y obligado


Enfrentadas a la tesitura de producir un nuevo trabajo, se juntaron con Segall, quien insistió en añadir pedales fuzz a la guitarra principal y en producir el disco de un modo más orgánico y alborotado, bastante menos quirúrjico que It’s Alive. Weirdo Shrine salió bien, aunque en función de lo que busques puede que parezca un resultado menos logrado que It’s Alive: puestas ante la tesitura de la obligada evolución —ningún grupo sobrevive en 2016 estancado en el Surf Rock clásico, por más Pop que metas entre medio—, La Luz dejaron a un lado la proyección psicodélica —más abstracta— o la Country —que sí han probado ligeramente Allah-Las— y tiraron por la vía Segall. Más Rock, más guitarras bailando a su ritmo por doquier, más suciedad, más ritmo y baile. También menos puntería a la hora de dar con el golpe melódico de It’s Alive. Nada que se les pueda reprochar viendo el último disco de Segall.

Te quedes con su primera versión o con su segunda, lo cierto es que La Luz sigue siendo un grupo al que devorar por los pies. Y más en un festival como el Fuzzville, donde todos los demás van a ir dos o tres revoluciones por encima de lo recomendable —y nosotros que nos alegramos—. La Luz pueden ser aquel resquicio de paz y de babeo frente al escenario que regalaron Allah-Las el año pasado, de melodías que resuenen en las cuatro paredes de la KM y de teclados tocados con dulzura, y no con la virulencia química de John Dwyer y compañía. Ganas es poco.

*Contenido ofrecido por el Fuzzville!!!. En Benidorm, entre los días 9 y 10 de julio.

Hardcore will never die, but you will.