Thank You Scientist – Stranger Heads Prevail

En 67 minutos, el septeto de Montclair trazan un mapa de lugares inexistentes pero en los que me quiero quedar a vivir

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Este disco se lanzó el 29 de julio, por medio de Evil Ink Records, uno de esos sellos que llevan poquitas bandas, unas amigas de otras, todas de gran calibre. He tardado mes y medio en reaccionar y poner alguna idea sobre la mesa. Pero comparemos: el último disco de Thank You Scientist, una banda de Nueva Jersey que mestiza jazz rock y chicle pop en catorce segundos, se publicó hace cuatro añazos. Cuatro años para oficializar este delirio sinuoso de perfección matemática.

Dentro de Thank You Scientist conviven dos bandas: un cuarteto clásico en el rock (guitarra/bajo/batería/voces) y un terceto de coloratura más amplia (violín eléctrico, saxofón y Andrew Digrius, que igual coge una trompeta con sordina que te mete unos sintes sicodélicos). Con idéntica talla, ambos cohabitan dentro de la mezcla, siempre a mil por hora, y con cierto apetito por la excentricidad. Compararlos con Coheed And Cambria es tan acertado como con Snarky Puppy o, esto es mejor, Prince. Así que, en resumen, que la banda se enfunde el traje del math o el funk tanto da: lo suyo es un ejercicio de libertad creativa.

Stranger Heads Prevail es como ver en acción una máquina de Rube Goldberg en acción

Escuchar ‘Stranger Heads Prevail’ (2016) es como ver en acción una máquina de Rube Goldberg en acción —no en vano el octavo corte se llama ‘Rube Goldberg Variations’—: algo que te deja embobado hasta el final, algo de exacerbado esfuerzo y diseño milimétrico, para al final resultar en apariencia sencillo, hasta bobo. Como en la máquina en sí, la resolución es tan importante como el desarrollo, ese campo de minas que conforman las once canciones.

¿Acabas de escuchar eso de arriba? ¿No? Te espero y ahora seguimos. Bien. No voy a ser mezquino: no sabría explicar todo lo que pasa dentro de ‘Blue Automatic’, desde la guitarra pellizcada de los primeros versos, el roll de notas del bajo y ese estallido de vientos en una frase que bombardea el trabajo de esas-bandas-progresivas-de-las-que-no-vamos-a-hablar. Y luego esto: Toxic feeling / back and forth again. / The floor, the ceiling / Feel it closing in – this is the end. / O, lo que es lo mismo: derribar un muro, metáfora viejísima, para construir algo nuevo.

Sobre lo nuevo no hay nada escrito. Hay presunción, sospecha, intuición. Pongamos por ejemplo el ‘A Moon Shaped Pool’ —esa obra maestra de la que ya se ha olvidado todo el mundo—: mientras otros arquean cejas, decanos del gusto excelso, el resto disfrutamos como gorrinos. Las baterías de Odín Álvarez recuerdan a los años de The Mars Volta con Thomas Pridgen, cuando parecía que tocaban dieciocho percusionistas a la vez. La voz de Salvatore Marrano se da la vuelta y retuerce y salta de versos gritados a pleno pulmón, muy del gusto del Maynard James Keenan desbocado, a desvanecimientos histriónicos y teatralones. Todos los músicos están contándote una cosa dentro de su universo narrativo y estético, aquel motto de Kurosawa tan trillado: «en un mundo loco, sólo los locos están cuerdos».

También analizamos portadas

Echemos un ojo a la portada. Lo primero que destaca son las serpientes en la cabeza. En la cultura popular es una forma de decir que te la están pegando o que estás tarado. Remite indudablemente a Medusa, una de las tres gorgonas, monstruos martirizados que, contra lo que se cree, sirven para espantar el mal o proteger de él. Éstas de la carátula acaban en caballitos de mar, las rémoras de Poseidón, un tipo solemne y confiable, amigo de sus amigos.

Este disco está hasta arriba de mitología no para colgarse unas puñeteras gafas de pasta

Otra pista la tenemos en el tema ‘Psychopomp’, que abre con una arabesca y staccatos de énfasis. Psychopompós es una voz griega compuesta de psyche, «alma», y pompós, «el que guía o conduce». O sea, el que te acompaña hacia la muerte del alma. El final finalísimo. Siguiendo con la ilustración, justo debajo, unas alas mecánicas que imitan los artefactos voladores de Leonardo Da Vinci, a lo tonto uno de los postulados troncales de la aeronáutica. Los clásicos protectores de aviador steampunk de abajo tampoco engañan: el dibujo se debate entre el genio y la locura, la visión total y la pérdida de noción vital. Este disco está hasta arriba de mitología no para colgarse unas puñeteras gafas de pasta, sino para coger significantes e inocularlos entre riffs, diluir su forma, reformarse. Y debajo, cientos de dioramas y esquemas eléctricos.

Ahí lo tienen: una fanfarria, un riff de trompeta que evoca directamente al Crazy in Love de Beyoncé —un tema que tuvo sus problemas por su carácter marcadamente hortera—. Así se las gastan. Este motivo también se da en el tema anterior. Y, en otra tonalidad, se repite en otra sección posterior. Pero ya es problema de cada uno desmenuzar y hacer el ejercicio de los oficinistas.

9/10

Este disco está, a grandes rasgos, reventando las estadísticas. Del 4,5 hexágonos en HeavyBlog a las 5 estrellas de Sputnik. Igual estamos todos equivocados, atendemos a pretextos catedralicios para justificar imposibles… pero yo siento que hacía tiempo que no me tambaleaba tanto al escuchar un disco. Y os lo tenía que decir.

1985. Escribe cosas a todo volumen desde su cuartel general.