The Divine Comedy – Foreverland

Otro disco de The Divine Comedy igual al anterior, y al siguiente. Otro gran disco de The Divine Comedy.

The-Divine-Comedy-Foreverland

Una de las críticas más habituales que soléis dedicarnos es que, cuando elaboramos la reseña de un disco en concreto, nos dejamos llevar por nuestra opinión, y no somos excesivamente objetivos a la hora de analizar, en un alarde de control de impulsos, cada uno de los recovecos del trabajo en cuestión. Aunque es entrar un poco en bucle, el aquí presente, como mis compañeros, ya hemos dejado claro en infinidad de ocasiones que, efectivamente, nos declaramos incompetentes a la hora de juzgar a un disco sin que nos pueda la subjetividad, la pasión y en muchas ocasiones, efectivamente, la mala baba. Es por eso que nuestras opiniones, a menudo tan vehementes, puedan ser interpretados como dogmas de fe, cuando en realidad somos plenamente conscientes de que no vamos mucho más allá de un atajo de merluzos soltando blasfemas con cierta regularidad.

The Divine Comedy como siempre. Bien, gracias

Conviene aclararlo de nuevo hoy, día en el que me acerco a hablaros de The Divine Comedy y, más concretamente, de Foreverland (Divine Comedy Records, 2016), su undécimo disco de estudio. Y conviene aclararlo por una cuestión muy sencilla: Neil Hannon me cae la mar de bien. Muy muy bien. Eso, de alguna forma que quizás podría evitar pero que en el fondo no me apetece demasiado, implica que algo muy raro tendría que pasar para que uno de sus discos se llevase un suspenso por parte de este humilde editor. Y tampoco nos imaginamos a The Divine Comedy soltándose un Tame Impala. Ni siquiera un M83. Así que, dejando ya esto muy clarito, puedo decir que si alguien ha venido aquí para ver si un hipersónico crujía otra carrera musical sin atisbo de compasión, podéis ir abandonando esta lectura.

The Foreverland es un disco de The Divine Comedy. Afirmación imbécil y obvia, lo sé. Pero es que al final es eso: un poco el disco de siempre de The Divine Comedy. Con un Neil Hannon que sigue viviendo en su época particular, con sus aires de personaje de Ministerio del Tiempo recién salido de una puerta que lo trae de una época inespecífica del pasado y que, actualmente, lo tiene un poco despistado. Pero con todo, él es feliz, silbando en ‘Funny Peculiar’, y consigue irradiarnos un poquito de esa dicha cuando escuchamos sus trabajos. Más si cabe teniendo en cuenta que The Foreverland ha tardado ni más ni menos que seis años en llegar. Algo que debería estar prohibido para Neil Hannon. Que tendrá derecho a su ocio y sus cosas, pero que debería pensar más en nosotros a la hora de jugar a con esas maravillosas piezas de pop orquestal que, quizás, solo él sepa plasmar con tanto tino. Y, como siempre también, consiguiendo desdramatizar toda esa propuesta sonora con letras de enorme carga cómica e irónica. A The Divine Comedy hay que quererlo, no queda otra opción.

When you leave, I become a moron. A beer-swilling, time-killing moron. I surgically remove all of the green food from my diet.
I know I should be reading but I’m too lazy to try it. I keep the TV on all day to chase away the quiet when you leave

En una ‘Napoleon Complex’ que da comienzo al álbum de forma enormemente señorial, como si estuviésemos por fin invitados a la cena en la casa del embajador, Hannon acaba convirtiendo esa ampulosidad en una broma, sabiendo que es precisamente esa su gran virtud. Trascender al (notable) músico para conseguir convertirse en un (sobresaliente) personaje. Es por eso que sabiendo que lo que venga después, los coros de ‘Foreverland’, los cuentos de hadas de la maravillosa ‘Catherine the Great’, va a ser un poco lo de siempre, lo esperado, lo que vimos en el pasado y seguiremos viendo dentro de tres discos, no podemos hacer otra cosa que seguir rindiéndonos al genio de Irlanda del Norte. Como si fueses todas las noches al mismo salón de magia, pero el truco te siguiese pareciendo fascinante, una y otra vez. Además, así esas pequeñas sorpresas que contiene cada álbum, siguen resultando efectivas, como el entrañable aroma disco ochentero y mundano de ‘To The Rescue’, sacándonos del cuento momentáneamente para depositarnos en la nostalgia. O ese intenso aire tropical de ‘A Desperate Man’, grandiosa.

7.4/10

Foreverland consigue convertirse en lo que promete ser. Un mundo paralelo en el que abstraerse. En el que andar que apoyar los pies sobre la mesa y andar en calzoncillos en una casa desierta, como si habitualmente no pudieses hacerlo. Igual a eso se refiere un poco Hannon en ‘How Can You Leave Me on My Own‘, rebuznos iniciales incluidos. Porque entre tanto cuento, orquesta e imaginación desbordada, lo que queda necesariamente, ese factor común de todo aquel que escuche Foreverland, es el de la sonrisa medio ingenua, medio estúpida. Pero sonrisa al fin. Por fin. Aunque tenga su paréntesis en una cosa tan seria como es ‘My Happy Place’, lo que viene siendo un señor temazo, con un Neil Hannon empezando desde el misterio hasta acabar en todo lo que un perfecto caballero británico pueda desmelenarse. Ha tardado mucho, pero Foreverland ha llegado. Y ha traído lo que sabíamos que iba a traer. Lo que debe traer siempre.