The Fringe – The Fringe

The Fringe es una serie bastante maja de ciencia ficción. También son un trío de músicos impecables.

The Fringe

Pongámonos en esta situación: tres tipos hartos de tocar canciones larguísimas, de esas con muchos pasajes instrumentales, codas extenuantes y letras que hablan de todo menos follar —lo que vendría a ser el otro punto de un arco trazado entre Kanye West y Jon Anderson— se juntan. Se juntan y graban un disco de 42 minutos. Uno además sobresaliente.

Estos tres tipos son Nick D’Virgilio (ex-Spock’s Beard, Big Big Train), que se vino de las Américas con el Circo del Sol —true story—, baterista conocido en el establishment por colaborar en Calling All Stations (Virgin, 1997), ese disco de Genesis tan difícil, con tantos enemigos, que salva los muebles si me preguntas a mí. Jonas Reingold (The Flower Kings, Karmakanic, The Tangent), bajista y productor formado en la Malmö Academy of Music que, con casi 50 tacos, se ha dejado ver en formaciones de death metal, jazz latino y mucho rock sinfónico. Y Randy McStine (Lo-Fi Resistance), el cantante y guitarrista sobre el que se vertebra todo: la creación del grupo, el núcleo de la composición y la razón por la que esté aquí escribiendo esto. La banda se llama ‘The Fringe’ —algo que ofrece tantas lecturas como paciencia tengas en sacárselas—, un power trío de rigor; y el disco ídem (Reingold Records, 2016).

De fantasmas y canciones de amor

La raíz en ‘The Fringe’ nace con Kevin Gilbert. Gilbert fue un músico y productor conocido en los 90 por trabajar a la sombra de Madonna, Michael Jackson o Keith Emerson. Según a quién preguntes te dirá que arregló clásicos irrebatibles, que se limitó a limpiar pistas, o que prometía ser el nuevo David Bowie. Su muerte lo transformó en objeto de culto —un suicidio accidental vía asfixia autoerótica, con apenas 29 añitos—. Su vida privada abarca un anecdotario enfermizo: hubo un tiempo donde, en cada sarao celebrado en pleno Hollywood, él estaba en un rincón, bebiendo y cantando. Este tío era un genio.

Nick D’Virgilio, el batería de arriba, era íntimo suyo. Se responsabilizó en sacar adelante una ópera rock funesta e incompleta de su buen amigo, ordenando material, arreglando, cantando, produciendo, etcétera. Ambos eran fans confesos de Genesis y con ‘The Shaming of the True’ (KMG, 2000) pretendían parir el nuevo The Lamb Lies Down on Broadway (Charisma, 1974). Muchos años después aparece Randy McStine, un enfant terrible de 25 primaveras, y alguien dice: parece que el bueno de Kevin se hubiese reencarnado en este chiquillo para continuar su labor musical. D’Virgilio lo comparte. Se enamora de su trabajo y participa activamente en el debut de Randy. Vale, paremos un segundo. Primera conclusión: ‘The Fringe’ —el grupo, no la serie— está lleno de exorcismos.

En lo musical este es un disco derivativo, en tanto nace por y para satisfacer recovecos que han quedado sin cubrir. Las canciones son honestas, sobrias, sin aspavientos raros. Sólo hay que ver la carátura: el canadiense Hugh Syme, famoso por sus covers de Rush o Queensrÿche, traza una te y una efe sobre gris, rojo y negro. Qué fea es la pobre. La música, insisto, es magnífica. Un álbum lleno de medios tiempos sincopados, coros quintados sobre arpegios atmosféricos, ecos de blues, de rimas tontas. Y engancha.

Creo que la virtud de este disco está en hacer fácil algo muy jodido: puedes decir «eh, esto me suena de algo», que no vas a encontrar la referencia. Es algo único, muy personal. Imprime el nombre de tres personas que congenian. Las canciones cogen forma con cada escucha, son impredecibles según progresan, mutan con inteligencia y cada arreglo da un salto hacia otro escenario que no tenía nada que ver con el original. Esto es una forma de virtuosismo sin pretensiones, de cerebro sobre músculo y virtud sobre vicio.

Una forma de virtuosismo sin pretensiones, de cerebro sobre músculo y virtud sobre vicio

Al escuchar a ‘The Fringe’ se me viene a la cabeza ‘Flying Colors’, otra superbanda que decía «vamos a crear canciones». Entonces, ¿qué llevaban haciendo Steve Morse, Mike Portnoy, Dave LaRue, Casey McPherson y Neal Morse durante treinta años? La diferencia entre una y otra, pese a las aristas comunes del rock alternativo y el pop de radiofórmula ochentera, está en que ‘Flying Colors’ se jactaba de sus referencias y hacía una segunda piel con ellas. El ADN en ‘The Fringe’ está en los suburbios, en los trabajos menores de Chris Squire, Pete Townshend, Sting, Roger Waters o King’s X. No concibe el guiño como artefacto maniqueo: sabe liberarse de las sombras que arrojan esos popes para dibujar otra cosa.

8/10

‘The Fringe’ transmite esa sensación de no estar ante un proyecto paralelo, sino ante la grabación de una banda con solera en pleno apogeo. Una pena que sus fans duros den la espalda por tomar este desvío incómodo y el resto no sepan ni que existen.

POST TAGS:

1985. Escribe cosas a todo volumen desde su cuartel general.

  • Me ha encantado la referencia a Flying Colors, grupo que bebe de las mismas fuentes que este, pero que como bien dices no termina de cuadrar mientras que en este disco los temas vuelan.