El tamaño sí importa (XCIX): ‘Nothing But Heart’, de Low

La repetición hasta la extenuación como camino hacia maravillarnos

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Tan solo queda un post para alcanzar la centena en esta sección, y ya os vamos adelantando que estamos a puntito de matarla (esta vez no podréis acusarnos de falta de constancia). Y lo curioso es que, a medida que la horquilla de temas que se van más allá de los seis minutos debería empezar a estrecharse, más canciones tenemos la sensación de dejarnos en el tintero.

En un tiempo más o menos extenso, un músico puede tomarse con calma la procura de un clima necesario para alcanzar el éxtasis. Se escapa del encorsetamiento de intro-puente-estribillo-puente-estribillo. Se puede permitir un tiempo en el que tejer una red en la que ninguna sensación, suspiro o tributación sea capaz de escaparse. Y para ello, a veces, solo hace falta colocar una guitarra en las manos adecuadas, una austerísima percusión en otras, y lanzar casi una única frase repetida hasta el infinito como mensaje dirigido no sabemos bien a quién.

Esos, quizás no muchos más, son los ingredientes de los casi nueve minutos de la soberbia ‘Nothing But Heart’, una de las canciones estrella que casi cerraba aquel sobresaliente C’Mon (Sub Pop Records, 2011) de Low. Y es casi imposible que, todavía a estas alturas, no hubiésemos hablado de Low en El Tamaño. Concretamente en esta canción, en la que aquellos que hayáis visto a Low en directo más allá de aquel 2011 podríais observar cómo cada uno de los músculos de Sparhawk conseguían aportar la tensión necesaria para transmitir lo simple y desgarrador del anuncio.

Como la versión en estudio la conoceréis (si no habéis escuchado el noveno disco de los de Duluth merecéis el mismo destino divino que los votantes de Trump), arriba os dejamos una de estudio, seguramente más comedida de lo habitual, pero igualmente emocionante. Poca gente manejó y maneja el slowcore como la pareja formada por Alan y Mimi. Consiguen transformar la contención en grandilocuencia, lo doméstico en extraordinario y la rutina en fascinación. Consiguen casar sus voces, sus coros, sus frases a contratiempo, como si nadie más pudiese hacerlo de forma tan perfecta.

Por aquí abunda la idea de que los últimos trabajos de Low no lograron estar a la altura de sus predecesores. No consigo estar demasiado de acuerdo, aunque sí se acepte que será seguramente imposible recuperar la inspiración de Secret Name(Kranky, 1999) o The Great Destroyer(Sub Pop, 2005), pero acercarse a Low, por ejemplo hoy con la excusa de esta auténtica maravilla, jamás será una pérdida de tiempo. Independientemente de la época que queráis rescatar.