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Dotore Los veranos y los días

Me ha costado mucho hablar de Los veranos y los días, pese a que Dotore fueron mi nuevo grupo favorito hace tres años, cuando parecía criminal que la joya de pop reflexivo de Pablo Martinez Sanromá (ese Demonios Al Otro Lado Oceáno que entro en mi selección de mejores discos de 2007) no encontrase apenas altavoces. Quienes nos enamoramos de Demonios al otro lado del océano teníamos mucha más necesidad de gritarlo a los cuatro vientos entonces que ahora, cuando por fin parece que la gente se va fijando en Dotore.

Que no hay dicho nada antes no implica que no me guste. Alguno de los que nos leéis se ha preocupado por correo electrónico por entender las razones del silencio respecto a Los veranos y los días, y a veces simplemente pasa: por mucho que la actualidad vaya rápida y todos nos exijamos conocer el aquí y el ahora, hablar de él al mismo tiempo en que las cosas pasan, a veces es inevitable echar el freno y decir: “de esto no puedo decir nada todavía”.

Hay que reconocerle a Dotore y a sus discos esa capacidad para callar bocas y evitar discursos acelerados. Para sortear el zeitgeist y fijar al oyente en una posición al margen de lo actual, lo que se lleva o lo que HAY QUE escuchar.

Los discos de Dotore hay que escucharlos, pero como lo hagas por obligación no te sentirás cómodo en su ambiente. Ni siquiera en uno tan asimilable a primera escucha como Los veranos y los días, capaz de empezar su recorrido con esa ‘Nadie llora en Nanjing‘, pop expansivo, inflamado hasta el punto de que va a explotar pero sin hacerlo.

Digo que hay que escucharlos porque uno no se imagina que ahora mismo cualquier amante del pop de bajas revoluciones, de la introspección ligera, de las fábulas sobre el verano eterno (y sus consecuencias cuando se demuestra que de eterno, nada) pueda obviar canciones como ‘La Conversación’, ‘Las dudas’ o ‘Mejor que antes’. Todas ellas forman parte de una visión única del pop intimista, siempre a caballo entre derrumbarse por completo o mantenerse con mirada optimista. 

Los veranos y los días: ambiciones, equilibrios sobre el alambre

Que Pablo sabe atar sus canciones y evitar que no sean lo que no deberían ser es algo que cualquiera pudo intuir en su debut, pero que en este segundo disco queda más claro: hay más ambición y, con ella, mas equilibrios sobre el alambre. Si consigue emocionar y nunca cae en los excesos de una propuesta así (por un lado, el drama exagerado; por otro, el tremendismo forzado), parece claro que su pop podrá ser juvenil (que no jovial) y de dormitorio (que no apocado), pero que él, como compositor, ya es fruta madura.

Los veranos y los días tiene muchas cimas, pero Dotore vuelve a dar la talla de verdad  en sus paisajes más ariscos, donde su dulzura se derrama en canciones poco cómodoas, que no se pueden llamar slowcore, pero que harían grande a la etiqueta. Es lo mismo que ocurría con Red House Painters o con todas las grandes canciones que Kozelek ha ido desperdigando hasta en sus peores discos. Seguro que él firmaría a gusto una joya como ‘Ríes‘ o la misma ‘Septiembre‘, en la que recupera las guitarras y  los contrapuntos de tensión que hicieron tan especial su debut; ahí queda ese “sales del mar desnuda en septiembre”, que corona y parte en dos una de las canciones de 2010. Por supuesto, también ‘El Verano‘, casi un homenaje a ‘Summer Dress‘.

Hipersonica vota un 8,50Si, además, edita de nuevo Discos Primo, que son el sello con mejor gusto a la hora de empaquetar sus discos de aquí a Lima (los Taschen del indie, si nos ponemos a exagerar), la cosa queda de un redondo que me ha obligado a salir del silencio: aunque no tenga palabras para contar lo que quiero, he ahí mi discurso.

En Spotify | Dotore

 

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