
Reconozco que deseaba que llegara el nuevo disco de El Hijo como el que espera a pie de calle la lluvia. Y al final, como hoy, tormentas: terminas empapado y maldiciéndolo todo. Porque de Abel Hernández se puede esperar todo después de Migala, menos que te deje indiferente. Pero precisamente con Los Movimientos sucede eso: no llega nunca a arrancar el festival de emociones que sí conseguía Migala o incluso su tan bien criticado Madrileña.

A lo que íbamos, Los movimientos. Partimos de la base de un último disco grandioso en todos los sentidos como fue Madrileña. Por fin las cenizas de las que hablábamos ayer daban sus frutos y nos topábamos con un LP redondo, sutil en las formas pero que supo generar un microcosmos perfecto. Es decir, parece que habían dado con el sonido idóneo que querían alcanzar como banda (pese a ser un grupo tan “personal” en la figura de Abel Hernández, El Hijo es y quiere sonar como grupo completo), tienes el dinero para hacer lo que quieras y, además, tienes entre tus filas al productor que todo el mundo desea. Entonces, ¿qué puede fallar?
Y empezamos bien, como la lluvia de la que hablaba al principio. Hemos dicho que la situación es la idónea, sales con ilusión a la calle, “hoy me voy a comer el mundo, voy a estrenar chubasquero”. Eso es ‘Exteriorización del cuerpo astral’, un gran tema que inicia el disco con la esperanza de que todo suene más o menos parecido. Pero no, a partir de la segunda/tercera canción empieza el declive y los símbolos de decaimiento.
El caso es que podríamos hablar de un microcosmos certero y conseguido, de unos nuevos sonidos que buscan trascender las canciones, de los coros que acompañan nuevas vertientes… pero os estaría engañando. Salvando algunos picos como ‘Petrificado’ o ‘Gran sueño’, el disco suena anodino, lineal en las formas y en las voces, perfecto como hilo musical pero incompleto y carente de chispa. Todas las canciones tardan poco en desvanecerse, como saliva en una plancha.
Puede que esta sea la crítica abierta y fácil, carente de sensibilidad a toda la amalgama de arreglos y voces corales que sí ofrece el disco, pero es que se ha vuelto a caer en los mismos errores de Las otras vidas. Otro disco intimista de pop/folk/canción de autor, como ya quedó demostrado con Madrileña. Abel Hernández, hagas lo que hagas, vamos a seguir esperándote.
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