
Nacho Vegas, como cualquier tótem indie que se precie, tiene ya prácticamente configurada de anteriores entregas sus grupos de defensores y de azotadores, por lo que resulta bastante complicado intentar hacer cambiar de postura a cualquiera de ellos. No obstante, quizá se trate del disco del asturiano que mejor pueda servir como puerta de acceso a aquellos que no habían comulgado con él; se trata de, posiblemente, su disco más amable, accesible, sencillo y luminoso, tanto por la dirección musical (básicamente un disco de voz, guitarra acústica y teclados), como por unas letras (que ya no son tan dramáticas y descarnadas, como si quisiera despegarse la etiqueta de “perdedor maldito” que le acompañaba).
El caso es que este giro para mí ha supuesto una agradable sorpresa. Soy consciente de que muchos estaréis decepcionados con un álbum en el que no aparece la vertiente eléctrica y atormentada de Nacho Vegas, y que, entre otras cosas, os parecerá un disco aburrido. Pero, para todos aquellos que os aburría esa fachada de loser, siempre derrotado y a un paso de las drogas, aquí podréis encontrar a un hombre distinto, más cotidiano, relajado, y liberado de ese lastre de trascendencia oscura de habitante de antros que huelen a tabaco y whisky. Aquí, de haber ese whisky, se sirve con hielo, está en un salón de una casa rústica, con la chimenea encendida, en una tarde-noche de invierno, y en la versión más hogareña de Nacho (¿con bata de raso? ¿con jersey de cuello vuelto?).
Y para mí es un acierto. Las canciones, desnudas y directas, aprovechan el cálido colchón de piano y otros teclados que aporta Abraham Boba, y la sutileza de arreglos a la guitarra de Xel Pereda para que Nacho se centre en transmitir un magnetismo casi jovial, con una voz que, excepto en la fallida ‘Incendios’, destaca dentro de sus limitaciones, siempre al servicio de una vocación esencialmente narrativa. Conjuga la herencia folk que alcanzó una de sus cimas en el disco con Lucas 15, con una vocación cada vez mayor de cantautor-crooner, que podría agradar a fans de otros autores tradicionalmente más accesibles, como Quique González, o el Bunbury de Las Consecuencias.
Nacho Vegas – La gran broma final (Youtube)
El disco arranca con ‘Cuando te canses de mí’, segura de sí misma y que, con su alma de fado, transmite de una manera natural la manera de afrontar la soledad, destacando la fragilidad de las relaciones personales. Cuando en otros álbumes esto daría para una desgarradora canción, aquí el victimismo no hace acto de presencia, y se desprende un aroma a autoafirmación más que evidente. Sin dilación, llega una de las cumbres del álbum, el single ‘La gran broma final‘, tremendamente reconocible e identificable con la discografía del autor, pero que no por ello desmerece una canción en permanente expansión y que, supongo, se convertirá, a la larga, en uno de los emblemas de este álbum.
Nacho Vegas – Reloj sin manecillas (Youtube)
Tras una ‘Incendios‘, que para servidor es lo más flojo del lote (una canción a la que se le ven demasiado las costuras, y en la que peor canta de todo el disco), llega otro de los puntos álgidos, ‘Reloj sin manecillas‘, en la que la cadencia bailable del piano, la calidez de su guitarra y una voz envolvente de crooner, dibujan la canción más bonita del disco, en la que se agradece la concisión (2:20). Su cara opuesta es la larguísima ‘Taberneros‘, en la que a pesar de un estribillo que gana muchos enteros con la colaboración de Pauline en la playa, pero que agradecería, que sirve tanto como lamento en soledad, como tonadilla para proclamar la amistad al salir de los bares.
Nacho Vegas – Perplejidad (Youtube)
Además de los coros femeninos, Nacho aprovecha los coros infantiles (quizá un truco demasiado obvio, pero tremendamente efectivo) para enriquecer los estribillos de ‘Perplejidad‘, que refuerzan de manera vigorosa, o para inspirar ternura en la preciosa y emotiva ‘Lo que comen las brujas‘, separadas por la pesimista ‘La comedia humana‘, quizá demasiado apocalíptica para ir entre las dos canciones que contienen más esperanza del disco, y que empequeñece entre un positivismo inusitado en el gijonés.
Nacho Vegas – Cosas que no hay que contar (Youtube)
El final de disco lo marca la inclusión innecesaria y más por aposición que por relación y coherencia interna con el resto de canciones, la sinuosa ‘El mercado de Sonora‘, que en este disco está aislada, desconextualizada, y que, salvando las distancias, recuerda al Bunbury del Viaje a ninguna parte. Al ser la única canción mínimamente rockera y peligrosa, rompe la magia de un álbum cómodo y reconfortante. Que conste, no es una mala canción, pero estilísticamente no congenia con sus compañeras, y hubiese sido preferible dejarla para otro disco (álbum o EP). Sería mucho más sensato que el broche al álbum lo pusiese ‘Cosas que no hay que contar‘, lúgubre, profunda, y trascendente, casi a modo de declaración de intenciones.
Supongo que será cuestión del disco que cada uno esperaba de Nacho. Celebro el enfoque acústico porque está más lleno de matices con la aportación de su cada vez más estable socio (Abraham Boba), y porque la homogeneidad del álbum la interpreto como la expresión del folk como vocación, válida para el desahogo de un carácter afable al que la lamedura de heridas y el dramatismo de discos anteriores estaban agriando. Me gusta la madurez en el enfoque con la que asume esta nueva etapa, de una manera mucho más nítida que el desigual y algo inferior ‘El manifiesto desastre‘, pero es lógico echar de menos alguna sorpresa y algo de garra en el disco. Puede que ya no necesite quemar etapas y que, a partir de ahora, sólo deba ir retocando su fórmula y entregándonos periódicamente algunas canciones para mantener la fe en él. En este disco, hay las suficientes como para conservar la ilusión, y estoy más que convencido que ganarán mucho cuando sean interpretadas en directo. Así que sí, buenas noticias: Nacho sigue en forma.
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