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Sigur Rós

No cuántos bostezos me ha provocado Valtari. Perdí la cuenta cuando superé la centena. Entre todas las bandas post-rock que emergieron con notorio talento durante la pasada década, Sigur Rós siempre fue la más especial, pomposa, delicada y, en muchos sentidos, talentosa. Por desgracia, también fue (y es) la que más tiende a la autocomplacencia (y ya es mucho decir dentro de un género ya de por sí autocomplaciente). Los islandeses son víctimas de sí mismos más a menudo de lo que deberían. Y es entonces cuando aburren hasta el sopor o, peor aún, el sueño.

Valtari: canciones interminables

Valtari es el somnífero más potente que he probado en mucho tiempo. Sigur Rós siempre ha sido una banda que ha cuidado los detalles obsesivamente, pero en Valtari van dos o tres grados más allá. Los susurros, las delicadas percusiones casi imperceptibles, los minuciosos arreglos de piano o guitarra, las cuidadísimas atmósferas. Todos estos atributos se pueden encontrar en todos sus discos (muy especialmente en (), pero también en los justamente aclamados Ágætis Byrjun y Takk). Sin embargo, en Valtari no suponen un complemento a las canciones sino que se convierten en su soporte central.

El disco se articula en torno a las vocecillas campestres y los filtros sonoros. No hay nada detrás que sostenga las canciones. Ni la brillantez pop de Takk ni la densidad emocional de Ágætis Byrjun. Tan solo mimbres que componen un cuadro bellísimo pero vacío de contenido. Por eso las canciones de Valtari se hacen tan interminables. Ninguna baja de los seis minutos, como es habitual en Sigur Rós, pero esta vez se prolongan hacia el infinito sin que haya guía que trace su camino. Caminamos por Valtari a ciegas, sin saber muy bien hacia dónde nos dirigimos ni si el sendero merece la pena.

Todo lo anterior nos conduce a la capacidad somnífera de Valtari. Sigur Rós siempre ha sido un grupo blando que, no obstante, ha tenido ocasiones de subir el tono (especialmente en Ágætis Byrjun). En esta ocasión tan solo ‘Varúð’ rompe la tónica general del disco. Los demás cortes guardan la esencia paisajística de Sigur Rós despojados de toda robustez melódica, por lo que invitan inevitablemente al sueño. He bostezado a cualquier hora y en cualquier situación mientras escuchaba Valtari. Mis ojos han llegado a humedecerse de sueño. Es un disco que solo me sugiere dormir.

Si eres muy fan te gustará

Sigur Rós han alcanzado ese punto: hacen música únicamente para sus seguidores. Y hay que ser muy fan para disfrutar Valtari. No negaré sus virtudes si te desvives por la orfebrería rock, los arreglos cristalinos y los paisajes sonoros. Valtari es todo lo anterior elevado a la enésima potencia. De hecho, siendo benevolentes, hay canciones que funcionan por separado, como ‘Ég anda’ o ‘Rembihnútur’, probablemente porque terminan antes de emborracharse de su propia frugalidad.

Sin embargo, la mayoría son una caricatura de los propios Sigur Rós, por lo que se convierten rápidamente en más leña para el eterno fuego de sus detractores. No obstante, hay que aclarar que los islandeses se han comedido en su histrionismo emocional. Y seguramente sea la mayor crítica que se le pueda hacer a Valtari. No hay aquí las intensas olas que dominaban Takk o la franqueza sentimental de Ágætis Byrjun. Las canciones son más planas que nunca, el corazón no se estremece, la piel no se estira, el disco no envuelve. ‘Dauðalogn’ o ‘Ekki Múkk’, interminables, ejemplifican como Valtari es una enorme nada.

4Sigur Rós se acercan como nunca antes, de nuevo, a (). Es la versión de los islandeses que menos aprecio. No encuentro el modo de escapar de ‘Valtari’, por ejemplo, un obstáculo instrumental más cercano al ambient que al post-rock. O de su continuación, ‘Fjögur Píanó’, la pieza que cierra el disco con casi ocho minutos de piano apenas aderezado con dos o tres detalles. Al final, me cuesta discernir la una canción de otra y apenas encuentro momentos que ensalzar y recordar. Valtari no es un mal disco. No puedo decir que sea feo, carente de inspiración o esté mal interpretado. Solo es un ejercicio paisajístico de lo más aburrido.

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