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The Pastels

Hay pocos grupos que personifiquen tan bien la máxima de la imperfección natural del pop como The Pastels. Sus canciones siempre estaban mal enfocadas y, por supuesto, mal tocadas. Todos y cada uno de sus discos se publicaban cargados de errores que estaban ahí para deleitarnos en ellos. Esa imperfección bien entendida, que hacía de un grupo escasamente talentoso algo esencial para entender el jangle pop de finales de los ochenta, se manifestó en toda su plenitud en su primer disco, Up for a Bit With The Pastels. Antes que nada, conviene aclarar lo siguiente: esto no es una crítica. Esto es un paseo por el auténtico indie pop, el que se forjó desde el amateurismo y el boca a boca, el que hoy creéis conocer y sólo manoseáis.

Glasgow era el lugar

Hay que poner a The Pastels en su lugar: Glasgow, década de los ochenta, el mayor periodo de esplendor musical que ha vivido Escocia jamás. Más tarde llegarían Teenage Fanclub y Belle & Sebastian, pero en los ochenta Glasgow era el lugar de muchas cosas importantes en el mundo de la música. De allí surgieron The Jesus and Mary Chain para servir de referencia ineludible al posterior surgimiento del shoegaze a orillas del Támesis. De allí eran Primal Scream, cuyos primeros devaneos tuvieron algo que ver con el jangle pop (no en vano entraron dentro de la ya célebre recopilación C86 de NME, piedra filosofal del primer indie pop). Y de allí eran los dos grupos esenciales que conformaron Postcard Records, quién sabe si el primer sello que hizo del jangle pop una forma de entender la música. Orange Juice y Aztec Camera, junto a Josef K (de Edimburgo), sentaron las bases de lo que posteriormente harían The Pastels y un montón de grupos memorables.

Glasgow, y un poco más tarde Dunedine, serían las dos ciudades capitales del movimiento jangle pop, una hornada de chavales empeñados en derrumbar todos los clichés sobre los ochenta recuperando el espíritu veraniego y casi acústico de The Byrds y llevando el pop, de nuevo, a una dimensión de celebración e ingenuidad juvenil. El término indie pop es hoy despreciado y manoseado por grotescas manos cuya historia y originaria dimensión desconocen, pero hay que hablar de él porque es importante. El indie pop eran Another Sunny Day, The Orchids, The Field Mice, The Vaselines, Lloyd Cole and The Commotions y un montón de grupos más que apostaron por la introspección desde un punto de vista menos catastrofista que el post-punk y por las melodías alegres y las guitarras cristalinas. En definitiva, bandas que siguieron el halo de The Smiths.

Y si Glasgow era el lugar, o al menos parte del germen de la escena, The Pastels debían de ser la bandera. The Pastels se formaron tempranamente, ya en 1982, al mismo tiempo que Postcard Records editaba las primeras referencias de Aztec Camera, Orange Juice y unos prometedores The Go-Betweens, conexión básica entre las antípodas y las highlands. Por esa rendija abierta se colarían cuatro años más tarde The Pastels, formando parte del recopilatorio mediante el que NME nombraría, sin saberlo, todo un movimiento musical. El casete C86 incluyó temas de The Mighty Lemon Drops, Shop Assistans (también escoceses), Half Man Half Biscuit, McCarthy, y The Pastels, claro, con ‘Breaking Lines’. Un año después publicarían su primer disco: Up for a Bit With The Pastels.

Una vida repleta de fallos

The Pastels han vuelto. Década y media después de su último trabajo quieren regresar y ser tan falibles como siempre. Y eso es motivo de celebración, porque The Pastels siempre lo han hecho todo mal, por lo que no cabe la esperanza de que lo hagan mejor. Cuando tu actitud natural ante la vida es el error, pero no el fatalismo existencialista y dramático de ya sabéis qué otros géneros, vives con la seguridad de no fracasar jamás. Las expectativas son reducidas. Felizmente reducidas. Eso no era un problema en el indie pop, aunque ahora sí parezca serlo. Todas aquellas bandas, incluidos The Pastels, no jugaban a publicar los mejores discos, por lo que no podían defraudar jamás. Este y no otro es el único modo posible de acercarse a Up for a Bit With The Pastels.

He conocido pocas canciones que logren introducirse hasta lo más profundo del corazón como ‘Address Book’. Quizá sea la canción definitiva de The Pastels, la que mejor condense su universo sonoro, simbólico y todo lo que pueden llegar a significar. ‘Address Book’ es capaz de derribar todos los muros de los que se ha armado el corazón para llegar al punto exacto donde aún pervive el dolor y el hastío. Da igual que seas feliz, da igual que verdaderamente seas feliz. Ahí llegarán The Pastels para hacerte sentir como todas aquellas veces, y fueron muchas, que no lo fuiste. No importa demasiado que desafinen y sean una nulidad técnica frente a los instrumentos. Es esa falibilidad la que les impulsa hacia otro terreno de juego: el de las emociones, donde hay canciones que ejercen de maquinaria bélica indefendible.

One of these days I’m going to look at my address book and you won’t be there.

The Pastels también fueron especiales dentro del propio jangle pop, y de la generación C86, porque supieron tocar las teclas del alma adolescente como casi ningún otro grupo. Es posible que no fueran los más divertidos, ni quienes firmaran las canciones más célebres. Pero se plantaron allí, en medio de una ola de recuperación del pop, e hicieron lo único que importa en la música: disparar un montón de flechas a los corazones de miles de personas y guardarlas allí para siempre. Hacer canciones para vivir la vida, a ratos feliz, a ratos triste, pero vivida al fin y al cabo. Porque The Pastels eran de ratos: tan pronto se rompían el corazón como cantaban ‘I’m Alright With You’. La montaña rusa emocional, la vida sin pisar el freno.

8,1The Pastels también contaban con canciones vitalistas (‘Up for a Bit’), chungas y experimentales (‘Baby Honey’) o deliciosas en acústico (‘If I Could Tell You’). Pero ante todo, The Pastels contaban con ese gancho, esa pica, ese puente tendido a nuestra alma. Más tarde repetirían la jugada tanto en Sittin’ Pretty como en Mobile Safari. Cómo no amarles, con ese nombre, con ese aspecto lánguido y vagamente introspectivo, con esas canciones. Con esa capacidad de ponerse al borde del ridículo y salir airosos siempre, siempre. Cómo no amarles.

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