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Ty Segall White Fence

El, según como se mire, don de la hiperactividad parece consustancial a la escena garage-psicodélica. Si es que existe como tal, que es perfectamente discutible. En todo caso hay un gen que une a Ty Segall, White Fence o Thee Oh Sees. No es únicamente su evidente vinculación musical sino una cadena, a la que podríamos llamar vasos comunicantes, que nos lleva a Hair, el split compartido del propio Segall y Tim Presley (White Fence), que siendo un derroche de creatividad, frescura y buen gusto puede pasar desapercibido ante la avalancha de trabajos que tanto ambos como otros grupos relacionados están publicado.

Hair: vasos comunicantes para un mundo ya creado

White Fence es el proyecto en solitario de Presley, guitarrista tanto de los Strage Boys como de Darker My Love. El año pasado publicó su segundo trabajo y este año se ha marcado dos discos en uno bajo el nombre de Family Perfume. Presley viene de Woodsist, el imprescindible sello creado por Jeremy Earl, líder de los también indispensables Woods, quienes publicarán en septiembre su habitual referencia anual y quienes han colaborado este mismo año con Amps For Christ. Las líneas a seguir son muy evidentes: Presley aporta la psicodelia empapada y alucinada de Woods.

Ty Segall es otro derroche de creatividad imposible de seguir que acaba de publicar su primer disco como Ty Segall Band, que dentro de poco se marcha de gira con Thee Oh Sees y que, como todos los grupos anteriormente citados, publica al menos una referencia al año. Además de una vitalidad inusitada y muy de agradecer en una época en la que los grupos cada vez espacian más sus trabajos, tanto Segall como Presley como todos los demás comparten el mismo amor por el sonido gargero de los sesenta y la psicodelia de todos los colores, a ratos violenta, a ratos lúcida, a ratos ácida y a ratos ruidosa.

En el tándem improvisado que White Fence y Ty Segall han creado este último aporta la agresividad y el descomunal talento que atesora. Si a Presley se le quedan las canciones cortas, endebles, pero muy bañadas en todo tipo de alucinaciones veraniegas, Ty Segall es la contundencia, el carácter rock frente a la languidez lo-fi de su compañero. Lo gracioso es que cada uno lima los defectos del otro y el invento resulta maravilloso, porque, pese a la evidente tendencia farmacéutica de ambos, Segall pierde la cabeza menos de lo que debería porque Presley se la sujeta, y viceversa.

Hair no es nada que no hayáis escuchado ya antes y sin embargo debéis acudir a él porque es todo lo que ya habéis escuchado. Un simposio, o un tratado si nos ponemos académicos, de cómo aunar la agresividad más pura de los Stooges o las flipadas inconmensurables de los 13th Floors Elevators. Traducido en un lenguaje contemporáneo que suena añejo y a a la vez comunica en tiempo presente. Ni siquiera es un revival porque es lo mismo de siempre, sólo que más, y para otra generación.

La euforia y la melancolía juvenil

Es probable que el espíritu de Hair quede resumido en la espléndida ‘The Black Glove/Rag’, donde Segall y Presey aúnan sentimientos contradictorios. Nos llevan desde la melancolía juvenil, que es la mejor de todas porque acaricia, es autocomplaciente y nunca es punzante, por lo que nunca duele, hasta la euforia absoluta y adolescente, alocada, probablemente sin sentido pero feliz y desdichada. Esa forma de esconder dos canciones, dos historias, en una sola, siempre bajo el mismo patrón, se repite a lo largo de todo el disco. Por eso sus ocho canciones parecen más y siempre se hacen cortas.

Hay que pensar en la alocada ‘Crybaby’, que comienza con unas carcajadas delirantes y una velocidad, un reverb y un sonido de otra década, muy lejana ya en el tiempo. Es la vida al ritmo de los años cincuenta, sólo que desde un garage del siglo XXI. Y con todo tipo de drogas sobre la mesa. Hasta ahí conduce el organillo de feria soterrado en la muy brillante ‘I Am Not a Game’, que es un vuelta a empezar y otra vez tropezar sobre los mismos defectos, los nuestros, los peores, los que no cambiaríamos ni por nuestras mejores virtudes.

El tono desértico y monolítico de ‘Easy Rider’ contrasta con la acidez lacrimógena, tan bien explorada por Pond este mismo año, de ‘Time’, que cambia de tercio al principio y al final, por lo que al final parece extraída de un mal o buen sueño, según como se mire. Sé que estoy abusando de las comas y de las subordinadas pero la agresividad efervescente y caótica de ‘(I Can’t) Get Around You’ me empuja irremediablemente a ello, sin dejarme un sólo segundo para respirar. Otro ejemplo es ‘Scissor People’, que muy comprensiblemente encajaría en cualquier disco de Thee Oh Sees. O viceversa.

8,25Hair es un disco de viceversas. Escuchado al revés, en conjunto o por separado, siempre es el mismo. Cuando creías haberlo superado por completo se vuelve a aparecer. No en vano ‘Tongues’ no es un cierre, sino una jam session que siempre, de forma inevitable, deriva de nuevo en ‘Time’. Y es un espejo en el que sentirnos jóvenes, que a fin de cuentas es de lo que trata toda esta historia del garage psicodélico, porque diseña un camino que no lleva a ninguna parte. A ninguna. Sin más. Hacia la nada total. Lo cual está genial porque nada de esto tenía que llevarnos a alguna parte.

Ty Segall & White Fence – Hair tracklist

  • 01) Time
  • 02) I Am Not a Game
  • 03) Easy Ryder
  • 04) The Black Glove/Rag
  • 05) Crybaby
  • 06) (I Can’t) Get Around You
  • 07) Scissor People
  • 08) Tongues

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