
La última jornada del Primavera Club madrileño dejó más público en la sala principal y un resultado mucho más irregular que la del día anterior. Pese a todo hubo tiempo para certificar que, en efecto, The Dodos tienen un directo intimidatorio, de esos a los que da gusto llegar sin expectativas previas porque es muy fácil entrar en ellos.
Creo que nadie tuvo más problemas de sonorización que el trío, pero eso no impidió que su actuación dejase un gran sabor de boca. Sigo pensando que, como en el disco, en vivo lo suyo también va más de sonido que de canciones y que si tuvieran un par más a las que agarrarse no tendrían ciertos momentos de monotonía. Pero, ay, eso acaba importando poco ante una actuación donde menos es mucho más. Un batería que hace fácil lo difícil y un guitarrista compenetrado a la perfección con el estilo de tocar de su compañero (al del xilófono, lo siento, pero apenas se le oyó) dan como resultado un gran directo.

Lo de Isobel Campbell y Mark Lanegan es más difícil de defender. Si ya en disco me parecen tomas frías de presuntos drama musicales, en vivo no mejor. La cosa se queda en unos Tindersticks de baja intensidad pero con mejor cantante (Mark Lanegan) y una corista. Sí, sí, corista, porque hay que ver cómo se le viene encima el escenario a Isobel. Supongo que no debe de ser fácil tener al lado una voz tan intensa como la de Lanegan, pero, vamos, el ex-Screaming Trees se la merienda con patatas con sólo plantarse, con su hiératica e impresionante pose habitual, frente al micro.
Sigo pensando que esto es un juguete para Lanegan, mientras que Isobell se lo toma muy en serio. Lo que pasa es que a mí no me divierte nada de nada.
Y Deerhoof se confirmaron para quienes ya saben que son un grupo grandísimo, pero además solventaron las dudas que el resto pudiera tener. Su formación actual, con dos guitarras, hace que clásicos como ‘Twin Killers‘ suenen más ricos que nunca y, claro, ellos no dejan escapar ni uno: sonaron la mayoría de los que podrían recopilarse en un cd mí-ti-co. Quizás los más cercanos en el tiempo, los que en disco llevan teclados, suenan mucho más básicos, pero esa sensación no hay que meterla en el saco de los defectos.
Teníamos dudas sobre si el Nasti no sería demasiado pequeño para ellos, pero al final acabó funcionando. La sala impuso una cercanía con el grupo que con Deerhoof se agradece, ya que en persona ellos estuvieron simpatiquísimos y su música más rockera que nunca. Está claro que no son de los que dejan demasiado al azar, pese al alto grado de improvisación de sus canciones. Hay quien dice que en vivo parecen la versión punki de Allman Brothers y tiene su sentido.. Espectacular.