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Raphael Bilbao

Pocas veces me he sentido tan fuera de lugar como el pasado domingo en el concierto de Raphael. Desde el mismo momento en el que entré en el Teatro Arriaga y al acercarme al puesto de merchan me vacilaron diciendo que me comprara un abanico pues no me podía imaginar la temperatura que se podía alcanzar dentro con tantas señoras. Señoras que gritan al artista como si estuvieran en su casa anunciando la cena, señoras que se hace tarde y se quedan dormidas, señoras que sacan el visón del armario y se llevan a los hijos y a los nietos, señoras muy fans de Raphael.

Y ahí estaba él, vestido de negro, como siempre, la camisa desabrochada hasta el tercer botón y esa sonrisa en la boca sin la que no sería él. ¿Os lo imagináis de mala leche? Y yo sigo pensando que es nuestro Bowie, que fue todo un adelantado a su época (en su medida hasta transgresor) y que de haber nacido en Londres o EEUU, en vez de en España, estaría en el top ten de las estrellas internacionales, si es que no lo está ya. Nadie podrá negar que tiene un estilo muy propio y sobre todo, mucha voz.

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Como a Mick Jagger, Bowie o James Brown me hubiera gustado verle de jovencito, en los años 60, gesticulando hasta el infinito y retorciéndose por el escenario, pero a sus 69 años adquiriría un cariz bastante cómico por lo que se agradece verle más comedido, aunque de vez en cuando le salga el ramalazo a aquella época tan marca de la casa.

Me dio la sensación de que esta vez vino a demostrar que sigue estando bien y aclarar todas las dudas que han podido surgir sobre su estado de salud. Acompañado únicamente por Juan Manuel Pietranera al piano de cola y atreviéndose incluso a prescindir de él y hasta del micro en el fragmento de una canción.

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Dos horas y media sobre el escenario dan para mucho. Para empezar con ‘Mi gran noche‘, ir repasando cronológicamente todas sus etapas, desde los 60 de la enorme ‘Digan lo que digan‘ tan Tom Jones y la yeye ‘Todas Las chicas me gustan‘, los años 70 y todos sus grandes éxitos de los 80 como ‘Qué Sabe Nadie‘, ‘Estar enamorado‘, ‘En carne Viva‘ o ‘Sigo siendo aquel‘ que él mismo definió como las joyas de la corona.

Hubo tiempo también para jugar con una enorme radio antigua y hacer un dueto con Carlos Gardel en ‘Volver‘, rarezas como esa ‘Balada de Trompeta‘ en la que se convirtió en Tom Waits, recordar su gran hitazo de los 90 ‘Escándalo‘ y repasar alguna de las canciones de su último disco El Reencuetro algo subidas de tono como ese ‘Sexo Sentido‘ que puso el Arriaga a 40 grados y yo sin abanico y despedirse, como no, con ‘Como yo te amo‘. Convencidos.

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ocho con ochentaA mí me dio por contar las veces que decía la palabra “Amor” y cuando llevaba más de 80 perdí la cuenta, empecé a imaginarme lo que podía haber sido si le hubiera dado por el rock y aquello era muy bestia, me fui de nuevo al puesto de merchandising porque tenía la sensación de que lo que había visto de refilón a la entrada no podía ser real, pero allí estaba. Abanicos, llaveros, bolsos dorados y plateados y hasta un neceser. Señoras y señores, ¡un neceser de Raphael! ¿Se puede ser más digan lo que digan? Sí, hacer una crónica de Raphael en Hipersónica.

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