
Spyro Gyra es una de esas bandas que a los que no están en el mundillo jazz suena, quizás la hayas escuchado en la consulta de tu médico o en el hilo musical de tu ascensor, pero nunca han tenido la ocasión de hincarle el diente a alguno de sus discos. Los de Buffalo llevan veintiséis discos de estudio, el último de ellos Down the Wire publicado en abril.
A pesar de jugar en la primera división desde hace años, una división de honor que no es la de las radiofórmulas, Spyro Gyra no van ni de estrellas ni de divos estúpidos que eluden el más mínimo roce con sus seguidores.
Al contrario, en un momento de su recital en la Plaza de Toros de El Bibio de Gijón Jay Beckenstein, saxo alto y fundador del grupo en 1974 con el teclista Tom Schuman, anunció que tras el mismo iban a estar firmando discos y departiendo con aquél que quisiera acercarse hasta el puesto de merchandising.
Eso se llama fidelizar a los incondicionales, a un público al que Spyro Gyra siempre ha tendio a bien darle más en compensación a lo que ha recibido: en resumen 11 millones de discos vendidos en todo el mundo y más de 5.000 conciertos.
Estos puretas como los definirían algunos son uno de los principales valedores de lo que se llama jazz fusión, una etiqueta tan pegajosa como escurridiza en el que entrarían artistas y bandas de las que ni siquiera merece la pena dar el nombre.
Spyro Gyra no me sorprendieron en esta actuación que cerraba el Festival de Jazz de Gijón, que el próximo año volverá a su lugar natural, la remozada platea del vetusto y coqueto Teatro Jovellanos. Igual fue debido a que el concierto se celebró en el coso de El Bibio y el ambiente no era tan caluroso como a la puerta cerrada del coliseo.
No fue por el sonido, excepcional a todas luces gracias a un técnico o ingeniero, no sé como calificarlo, al que habría que haberle dado las gracias al final del recital. Quizás lo fue porque ese smooth jazz, esa fusión de jazz, pop y sonidos latinos no me llegó, ni me llenó, como casi todo el resto de temas que Spyro Gyra escogió esa noche. Ese toque caribeño fue aportado por el guitarrista cubano Julio Fernández, que incluso cantó y protagonizó casi por completo una pieza compuesta para su madre, ‘De la luz’, perfecta en ejecución pero poco más.
Beckenstein con su saxo alto me aburrió mucho, incluso me hizo bostezar cuando peligrosamente rozaba el terreno pisado y ensuciado por ese freak, que me perdonen sus fans, de pelo ensortijado llamado Kenny G. Puro mainstream, en definitiva.
Tanto el batería Bonny Bonaparte a quien el resto dejó sólo para abrumar con su prodigioso toque en ‘Make it mine’, como el bajista Scott Ambush, que antes usó y abusó del tapping en ‘Down the wire’, se ocupan de una sección rímica que no ha sido fija a lo largo de los años de este grupo. Pero para ser justo es de recibo decir que estuvieron soberbios, lo mismo que Schuman, que pareció ser quien decidía como debería sonar el quinteto encima del escenario.
No se olvidaron de ‘Morning dance’, ese éxito con el que Spyro Gyra titularon su segundo, y recomendable, disco de 1979 y tiene entrada propia en la Wikipedia. Aunque en resumen puedo concluir que la música del quinteto es lo más aséptico, y asequible, que puede encontrarse dentro de los top de gama del jazz, llamémoslo popular, del circuito internacional.
Sitio oficial | Spyro Gyra
Más en Hipersónica | Festival de Jazz de Gijón
Comentarios
Felicidades por el Bolg!!!!! Lo sigo desde hace bastante y me gusta de cojones.
http://erredemusica.blogspot.com/
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