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Nick Cave

El segundo tramo de la discografía de Nick Cave acumula grandes canciones, discos en los que el personaje de siempre deja paso a nuevas caras, nuevos papeles que interpretar y las idas y venidas entre el rock y el cantautor maduro. ¿Miedo? No tanto.

Tender Prey (1988): el glamour de no ser predecible

Que el crescendo hacia la silla eléctrica de ‘The Mercy Seat’ vampirice este disco no puede ocultar otras virtudes y canciones de un disco muy maduro y, sobre todo, muy diverso. Quizás sea que a los teclados y a las guitarras entro Kid Congo Powers, que se había curtido en los Cramps y en The Gun Club. Quizás sólo que Nick Cave quería ser menos él mismo y empezar a jugar más cosas.

El cabaret oscuro de ‘Up Jumped The Devil’, la juerga de bar de ‘Deanna’ (digna de estar en listas de éxitos), el piano decadente de ‘Watching Alice’ e incluso el estilo Bacharach revisitado de ‘Slowly Goes The Night’ conforman uno de los discos más variados y menos predecibles de Nick Cave.

Por eso es uno de mis favoritos. Por eso y porque Mercy es una de las más bellas canciones de toda su discografía. Si fuese una película sería Por un puñado de dólares en versión de Terrence Malick.

The Good Son (1990): belleza robada

Nick Cave se convirtió en padre y ese personaje drogadicto, extremo, siempre al límite comenzó a derivar en una persona adulta, estable, madura y con mucho que cantar al piano. Es decir, que pasó de entertainer post-punk a crooner.

Es una camino que ya venía haciendo, pero, cuando editó The Good Son, Cave puso los cimientos definitivos para su estabilidad (quizás también para la peor losa de su futuro, pero ésa es otra historia).

No sólo eso, sino que además creó uno de los discos de belleza más pura. Veamos:

  • Foi Na Cruz’, misa blanca que pone los pelos de punta sin forzar la máquina.
  • The Good Song’, gospel-rock que rompe prejuicios.
  • Sorrow’s Child’ o ‘The Weeping Song’, la mejor canción de Tindersticks no podrá llegar a tanto.
  • The Ship Song, una canción para enamorarte de ella cada día (Come sail your ships around me And burn your bridges down)

Ni una de las canciones de este disco es prescindible: es más, todas son magníficas. Romántico disco diez (romántico al estilo Scott Walker; el clásico, no el nuevo clásico).

Si fuese una película sería Casablanca vista en un cine (pero formando parte de Antes del Amanecer).

Henry’s Dream (1992): retrato normalizado de un asesino

Tras la excursión amorosa y de raíces crooner de su anterior disco, Cave y los Bad Seeds regresan al rock furioso, como si aquello hubiese sido un sueño, agradable pero sueño, al fin y al cabo.

Por contra, Henry’s Dream es un disco violento en música y letras, atravesado por asesinos en serie y violentos impulsos sexuales incontrolables. Con un sonido denso (el silencio, al contrario que en otros discos de los Bad Seeds, queda sepultado por guitarras frenéticas, baterías marciales y bajos sin descanso), Henry’s Dream está bien como versión depurada del estilo del grupo, aunque no sea una cumbre.

Lo que pasa es que en la orografía de este territorio llamado Cave & The Bad Seeds tampoco hay valles demasiado profundos (al menos, no hasta la recta final de su carrera). Brillan con luz propia ‘Straight To You’ y ‘Jack The Ripper’.

Si fuese una película, sería ‘El Talento de Mr. Ripley’ hecha jirones por el Martin Scorsese menos brillante.

Live Seeds (1993): peajes del rock

Con el grupo ya convertido en culto obligatorio para los seguidores del lado más oscuro de la vida, los Bad Seeds pagan el correspondiente peaje del directo con nota alta.

No es perfecto, pero contiene toda la magia que el grupo destila en los discos en estudio. El dramatismo de Cave, necesario para llevar a buen puerto estas canciones, no es para nada efectista en directo.

Tupelo’, ‘The Mercy Seat’ o ‘Jack The Ripper’ destacan por su sonido fiero. Este disco jamás sería una película.

Let Love In (1994): ¿me amas de verdad?

Tercer disco absolutamente imprescindible de Nick Cave. Album bipolar, lleno de versos de amor y también de deseos de muerte, se abre con la pantanosa ‘Do You Love Me?’, balada de piano, órgano y guitarras torturadas, características que comparte con la imprescindible ‘Loverman’: inolvidables sus sus coros siniestros, que repiten de manera obsesiva:

How much longer?

Nobody’s Baby Now’ explota su lado más íntimo y sentimental, aferrada a la Biblia como medio de revelar el misterio, pero ‘Janglin Jack’ o ‘Thirsty Dog’ son una bofetada eléctrica que duele incluso aunque seas uno de sus fans de toda la vida. Y para los amantes de la épica queda la titular.

Sin embargo, las cumbres son la segunda versión de ‘Do You Love Me?‘, una apisonadora sonora que te pone contra la pared, y, sobre todo, ‘Red Right Hand‘, que consigue con escasos recursos una atmósfera tan inquietante.

Ésta última formó parte de las bandas sonoras de ‘Scream’ y ‘Expediente X’, pero si Let Love In fuese una película, sería una hipotética adaptación del Santuario de Faulkner realizada por Tarantino.

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