¿Vivirá el Saturday Night Fiber una segunda edición? Parece complicado decirlo, porque las cifras de asistencia (aumentadas al final gracias a ofertas 2x1 de última hora) no fueron, desde luego, las que la organización esperaba. Si la idea del FIB era desdoblarse y poner un hermano gemelo a Benicassim, también tengo mis dudas de que Madrid sea el mejor lugar para celebrarlo.
Hubo mucho cemento visible en el Auditorio Juan Carlos I, que se reveló como un lugar adecuado para organizar un evento así, pero que nos hizo sufrir más calor del necesario. Con cuarenta grados a la sombra, la pista del auditorio se convirtió en un horno que sólo se enfrío con algunas actuaciones.
Por ejemplo, con la de los Babyshambles. Pete Doherty, ídolo juvenil, demostró que lo último que le interesa es componer canciones y tocarlas en directo. Llega un momento que con él no sabes si la desgana es pose o actitud vital. Y si fuera esto último, ¿de qué le sirven los conciertos? Desde luego, en vivo no va a ganar afiliados a su causa: todo suena tan mal como uno espera. Cierto que muchas de sus canciones piden justamente eso, pero también es verdad que los Babyshambles, a día de hoy, parecen más una banda en el local de ensayo que un grupo con ganas de convencer.
Tras ellos salió Siouxsie: amable, simpática y embutida en unas mallas horrorosas. Dio un concierto plano, que contentó a sus muchos incondicionales, pero que tampoco logró traspasar las barreras de los fans. Sí, cayeron bastantes de sus canciones míticas, lo cual no evitó que, durante muchos minutos, bastantes asistentes pidiéramos que concluyera ya su actuación, que se hizo larga y demasiado “normal”. Justamente lo que no deberían ser los directos de Siouxsie.
Y entonces llegó Morrissey. Era su primera cita con Madrid desde 1985, como se encargó de recordar (“¿Por qué no he venido desde entonces?”, preguntó; “¡Por la pasta!”, le respondieron gritando a mi lado), y ofreció un buen concierto, que supo nadar por todas las épocas de su carrera musical (también por los Smiths, curiosamente con elecciones nada tópicas como Death of a Disco Dancer). Sin embargo, personalmente no me quedé del todo satisfecho: aquello fue bueno, pero no excelente, y, desde luego, muy lejos del cuento de hadas que muchas veces hemos leído. En este caso, puede que el problema fueran mis expectativas (demasiado altas, llevaban la etiqueta de mito).
Tras él, hubo desbandada y el que quiso pudo atreverse sin problemas a entrar en las primeras filas de My Bloody Valentine. Y mereció la pena: 16 años después, la leyenda del ruido sigue viva. Esto no fue como los conciertos de regreso de tantas bandas, en los que apenas hay poco más que nostalgia. No: MBV ofrecieron un directo fantástico, que no metió en una bola de ruido hermoso y de la que sólo salimos pare decir que habíamos escuchado la Palabra. Sus distorsiones diluidas, la tremenda fiereza en vivo de su sección rítmica, las capas de ruido metidas con tanta sensibilidad como ninguna otra banda que hayamos escuchado.
El concierto del grupo (tremenda Bilinda Butcher, un pilar más inmenso del que imaginábamos) fue excitante y directo a las vísceras: a mí me retumbaba la garganta desde la tercera canción por culpa de sus canciones. El final, con ‘You Made Me Realise’ convertida en una un torbellino ruidoso en el que uno podía ver la belleza del caos, hizo honor a la leyenda. My Bloody Valentine son un grupo difícilmente igualable y, después de lo visto el sábado, los más claros merecedores de ostentar el trono del noisepop.
Tras ellos, hubo otra parte de gente que no quiso escuchar nada más. No me extraña: era difícil que ningún otro artista pudiera igualar el estado de excitación el que nos habían dejado MBV. Pese a todo, Hot Chip hicieron un concierto divertido, al que sólo se le puede achacar que fuera cortísimo y que destrozaran Ready For The Floor, su mejor canción: si otros se pasan de revoluciones, ellos no llegaron a lo que consiguen en disco con un temazo indiscutible.
Y Mika, para mi sorpresa, estuvo excelente: es una estella del pop y se comporta como tal. Sus conciertos son divertidos, festivos, hedonistas y casi perfectos técnicamente (hay quien piensa que en ‘Relax’ hizo playback). En vivo, Mika quita cualquier objeción a sus canciones para llevarte por a su cabaret de barrio popular.