Aunque los detractores de Slash le consideren el Burger King de los guitarristas, no sin algo de razón, de sus dedos han nacido algunos de los riffs y solos más inconfundibles de la historia del rock, y su pasado le da rédito suficente como para prestar toda la atención posible a su debuto en solitario con todas las de la ley. Por desgracia, al igual que le ocurriera a su “amigo” Axl Rose con su particular obra del Escorial titulada Chinese Democracy, el brillo del pasado no es suficiente para iluminar la mediocridad del presente.
Cuando el guitarrista anunció el elenco de colaboradores que se había agenciado para este proyecto, me aventuré a pronosticar que tanta heterogeneidad podría acabar jugando en su contra, pues difícilmente puedes contentar a todos los oyentes si mezclas en el mismo saco a Ozzy Osbourne y a Fergie, de Black Eyed Peas. Para ello, Slash tendría que haber conseguido dotar al conjunto de cierta unidad, ya no solo estilística sino también de calidad, pero mucho me temo que no lo ha conseguido en absoluto, ofreciéndonos un disco plagado de altibajos y muy difícil de disfrutar en conjunto.
En lugar de actuar como el director de orquesta que se debe ser en estos casos, sabiendo sacar lo mejor de cada uno de los colaboradores en su provecho, Slash parece conformarse con adaptarse a lo que cada uno trae ya de casa, dando como resultado una amalgama de propuestas de todo tipo que no siempre cuajan. Sólo cuando la unión consigue hacer verdadera fuerza, como en el potente arranque que se marca junto a Ian Astbury en ‘Ghost’ (YouTube), es cuando encontramos ciertos destellos de brillantez:
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