Sr. Chinarro

Me gustan los discos que exigen la participación del oyente, que le implican. No quiero decir con esto que sólo me gustan los que tienen apariencia de música interesante. Es más, odio la música con “apariencia de”. Lo que quiero señalar es que prefiero que los discos me obliguen a estar dentro de ellos cuando los escucho y no simplemente a mirarlos desde la barrera.

Ronroneando es uno de los que no te exigen nada. Es, de largo, el disco más sencillo de Sr. Chinarro, músical y líricamente. Tanto que en no pocas ocasiones parece como si Antonio Luque hubiese puesto el piloto automático. El músico andaluz ha descubierto que hay un tipo de canción pop que le sale bien y lleva más o menos tres discos haciéndola una y otra vez. Vale, admitamos que no es siempre la misma canción, pero sí el mismo patrón. Mientras antes cada disco era un sorpresa, porque nunca sabías por donde iba a salir el Chinarro, ahora es al contrario: antes de ponerlo ya sabes cómo va a ir la cosa.

Luego lo pones y es peor: a mi esto de que se le entienda qué canta no me convence en absoluto. Es como si Syd Barrett se hubiese puesto a hacer las letras de los Beatles después de haber cantado lo del ratón y y la bici y el elefante efervescente. Lo digo otra vez: yo necesito que los discos me impliquen. Y los de Chinarro lo hacían porque me dejaban espacios vacío que rellenar con mis propios significados, con mis vivencias. Antes sus letras sugerían; ahora dictan el significado con vara de mando de tirano. Antes, Chinarro era sus canciones; ahora es su nuevo personaje; esa especie de geniecillo del pop patrio que se ha puesto el traje del emperador mientras algunos le jalean con entusiasmo (y otros, gracias a Dios, se preocupan).

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